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Mikel Merino: del autobús al Mundial en una carrera contra el reloj

Mikel Merino habla de fútbol, pero su historia empieza mucho antes de levantar una Copa del Mundo con España o de celebrar una Premier League con Arsenal. Empieza en un autobús, de noche, camino a un partido de Champions con el Borussia Dortmund. Y con una decisión mínima, casi banal: cambiar de asiento porque tenía las piernas cargadas.

Tenía 20 años. Era 2017. El Dortmund se dirigía al Signal Iduna Park para jugar la ida de las semifinales de la Champions contra el Monaco cuando tres explosivos, cargados con clavos y ocultos en un seto, estallaron al paso del autobús. El ruido fue ensordecedor. El vehículo casi vuelca. El fútbol dejó de importar en un segundo.

Merino solía sentarse siempre en el mismo sitio. Aquella noche, no. Sus piernas “se sentían un poco tensas” y decidió irse a los asientos delanteros, que se reclinaban. Después supo que un enorme trozo de metralla quedó incrustado en el reposacabezas de su plaza habitual.

“Me salvó la vida”, admite en una entrevista con The Players’ Tribune. Habla de un “ángel en el hombro”. No es una metáfora ligera. Es la constatación de que, por centímetros, por un gesto mínimo, hoy puede contarlo.

El centrocampista recuerda sangre en el suelo, el olor a humo, los gritos. Recuerda el desconcierto, el silencio posterior, el viaje al hospital para acompañar a su compañero Marc Bartra, operado de una fractura en la muñeca. Aquel partido ante el Monaco se aplazó solo 24 horas, una decisión que entonces criticó con dureza el técnico del Dortmund, Thomas Tuchel, hoy seleccionador de Inglaterra.

El autor del atentado, Sergei Wenergold, un alemán de origen ruso, ingresó en prisión en 2018 tras admitir el ataque. El caso se cerró en los tribunales, pero no en la memoria de quienes iban en ese autobús. “Nos marcó a todos”, resume Merino. Y esa cicatriz mental reaparecería años después, cuando su carrera volvió a asomarse al abismo.

Del quirófano al Mundial

Febrero. Pie derecho. Fractura por estrés. El diagnóstico del médico fue frío, quirúrgico: seis meses de baja. Merino hizo el cálculo al instante. El Mundial, a cuatro meses vista. Su cerebro entendió la sentencia antes que su corazón.

Cuando se lo contó a su mujer, Lola, se derrumbó. No era solo una lesión. Era el riesgo real de ver pasar otro gran torneo por la ventana. Ya había jugado las clasificatorias para el Mundial de 2022 y se quedó fuera de la lista final. No quería revivir ese vacío.

Entonces apareció el recuerdo del autobús de Dortmund. Si estaba vivo, se dijo, era por algo. Si había salido de aquello, no iba a rendirse ante una fractura. “Las cosas pasan por una razón”, explica. No lo dice como eslogan; lo usa como combustible.

Los médicos le ofrecieron una opción agresiva: colocar dos tornillos en el pie para darle más soporte. Él no dudó. Aceptó la cirugía, aceleró la rehabilitación, exprimió cada día. “Lo dimos todo”, viene a decir, tirando de una expresión muy suya: “Puse toda la carne en el asador”.

Mientras tanto, Arsenal volaba en la Premier League. Sus compañeros firmaban una temporada histórica, rumbo a un título que el club no levantaba desde hacía 22 años. Merino lo vivía desde la banda, celebrando, sí, pero con la cabeza en otra parte. Su objetivo no era solo volver. Era estar en la lista de Luis de la Fuente para el Mundial.

La batalla por 30 minutos

La fecha clave no era una final, ni un clásico. Era un Crystal Palace – Arsenal el 24 de mayo. Un partido de cierre de temporada que, para Merino, valía como un examen final ante el seleccionador. De la Fuente anunciaría la lista del Mundial al día siguiente. Él llegaría con cero minutos en cuatro meses.

“¿Cómo llamas a un jugador así?”, se preguntaba. La duda no era retórica. Era el argumento que escuchaba a diario de médicos y técnicos. El plan del cuerpo técnico, con Mikel Arteta al mando, era más conservador: apuntar a la final de la Champions ante Paris Saint-Germain el 30 de mayo. Incluso eso se consideraba arriesgado.

Merino no se conformó. Discutió toda la semana con el entrenador y los fisioterapeutas. No buscaba un gesto simbólico, sino una oportunidad real de demostrar que estaba listo. Media hora. Solo pedía eso. Al final, arrancó un sí. Treinta minutos contra Palace. Treinta minutos para un Mundial.

Ese día jugó como si no hubiera mañana. Porque, para él, no lo había. Cada balón, cada carrera, cada choque, eran un mensaje dirigido a una sola persona: Luis de la Fuente. Terminó el encuentro con la sensación de haber cumplido. No con seguridad, porque esa nunca llega en estos casos, pero sí con la íntima convicción de haberse puesto en el escaparate en el momento justo.

La llamada en la viña

La escena final pertenece más a una película que a un parte médico. Al día siguiente, Merino se sentó en el sofá, encendió la televisión española y esperó. Nada de filtraciones, nada de mensajes previos. Solo la emisión en directo de la lista del seleccionador.

“Por favor, por favor, por favor”, repetía para sí mientras pasaban los nombres. De repente, en la pantalla apareció la imagen de una mujer en un viñedo. Y entonces, su nombre: Mikel Merino.

No hubo discursos. Hubo abrazos. A Lola. A su hijo Marco. El teléfono empezó a vibrar sin descanso. Mensajes, llamadas, felicitaciones. La confirmación de que la carrera contra el reloj, la operación, las discusiones, las dudas, habían merecido la pena.

Había salido vivo de un atentado. Había desafiado un diagnóstico de seis meses para llegar a un Mundial en cuatro. Había pasado de un reposacabezas atravesado por metralla a levantar la Copa del Mundo con España y festejar una Premier con Arsenal.

La pregunta, ahora, ya no es qué le queda por superar. Es hasta dónde puede llegar alguien que, dos veces, se negó a aceptar que su historia estaba escrita.