Tottenham y el placer de pasar desapercibido en Sydney
El cuerpo pide cama, pero el calendario exige kilómetros. Tottenham ha cruzado medio planeta este verano y Roberto De Zerbi lo está pagando en primera persona. Más de 11.400 millas desde Enfield hasta Auckland, Nueva Zelanda, más de 30 horas de viaje con escalas, y de ahí otro salto de tres horas hasta Australia para medirse a Sydney FC y Chelsea. Un tour extenuante… con un curioso premio para los jugadores.
“Solo trabajar y dormir, intentando dormir, porque estoy sufriendo mucho con el jet lag. Ningún restaurante, nada. Solo preparar a los chicos para jugar lo mejor posible y tratar de dormir algo más de tres o cuatro horas”, reconoció De Zerbi. Directo, sin adornos. El técnico vive en carne propia el peaje de estos viajes.
Dinero, marca… y algo más
Las giras veraniegas de los clubes de la Premier League tienen una lógica clara. Primero, el dinero: millones que entran en las arcas gracias a promotores y patrocinadores. Después, la expansión de la marca: cada vuelo es también una campaña de marketing para ganar aficionados en nuevos mercados. Y, por último, un gesto hacia quienes ya son fieles a miles de kilómetros, aficionados que quizá nunca puedan pisar el estadio del equipo, pero que por unos días ven cómo el club se instala en su ciudad.
Cualquier entrenador preferiría tener a su plantilla encerrada en el campo de entrenamiento, sin cambios de huso horario ni aviones interminables. Pero, una vez superado el golpe del viaje, estas giras también unen. Los jugadores conviven, los fichajes se integran, el grupo se aísla del ruido habitual y el trabajo se concentra. Es pretemporada, sí, pero también es un laboratorio social.
Y hay otro matiz que, para el futbolista moderno, vale oro: la posibilidad de ser anónimo.
Sydney, donde el fútbol va a rebufo
Tottenham tiene una base de seguidores importante en Australia. El grupo oficial OzSpurs presume de miembros y pasión. Sin embargo, en una ciudad de 5,6 millones de habitantes como Sydney, el fútbol europeo vive a la sombra. El deporte rey allí se llama Rugby League o Australian Rules Football. El balón redondo va varios escalones por debajo en la jerarquía local.
El nombramiento de Ange Postecoglou como entrenador de Tottenham colocó al club en los titulares australianos y elevó el interés, pero la realidad sigue siendo tozuda: mucha gente en Sydney no sabría nombrar a un solo jugador de los Spurs ni reconocer su cara por la calle.
Ahí aparece el “beneficio oculto” de este viaje. Para los futbolistas, y para el propio De Zerbi, la ciudad se convierte en un parque de atracciones sin agobios. Pueden caminar, mirar, perderse entre la multitud. Sin móviles en la cara, sin una cadena de selfies cada diez metros. Un lujo que en Londres casi no recuerdan cómo se siente.
Dos promesas, una noche cualquiera en el puerto
La escena lo resume todo. Noche de lunes, alrededor de las 21.30, la zona del Sydney Harbour rebosa turistas. Al fondo, la silueta inconfundible de la Sydney Opera House. Entre la marea de gente, dos jóvenes caminando tranquilamente, sin escolta, sin gritos, sin revuelo.
Son Archie Gray y Lucas Bergvall, dos centrocampistas llamados a ser parte del futuro de Tottenham. Visten de blanco, con chándal y pantalón corto del club, aprovechando el invierno suave de Sydney. Van de paseo, como cualquier visitante más.
Nadie les detiene. Nadie les pide una foto. Nadie les mira dos veces.
Al día siguiente, los dos se animan con un paseo en bicicleta por la ciudad. De nuevo, libertad total. Mientras tanto, otros jugadores aparecen de vez en cuando reconocidos por algún aficionado aislado, igual que algunos miembros del consejo de administración o incluso de la familia Lewis, propietaria del club. Alguna foto, algún saludo, poco más.
El cuerpo técnico también se reparte por la ciudad. Se les ha visto en los jardines botánicos de Sydney, caminando, charlando, aprovechando la tregua que da el calendario. De Zerbi, móvil en mano, sigue pareciendo algo aturdido por el desfase horario, pero se mezcla con el entorno como un turista más.
El valor de ser “nadie” por un rato
Ser futbolista de élite tiene privilegios evidentes: contratos millonarios, estadios llenos, fama global. Pero también una presión constante. La vida diaria se reduce a espacios controlados: el coche, la ciudad deportiva, el estadio, algún restaurante donde todos saben quién eres. La intimidad se negocia a cambio de exposición.
Por eso, caminar por Sydney sin que nadie gire la cabeza debe sentirse como una bocanada de aire fresco, tan limpia como la brisa que llega del puerto. Ver mundo, conocer otras culturas, poder hacerlo sin el peso de la celebridad encima. Para los más jóvenes, como Gray y Bergvall, también es una ventana a algo que el fútbol no siempre permite: vivir un poco como chicos de su edad.
Tottenham ha cruzado el planeta para cumplir con obligaciones comerciales, para reforzar su marca y para acercarse a sus aficionados australianos. Pero, entre entrenamientos, ruedas de prensa y compromisos, el equipo ha encontrado un pequeño tesoro inesperado: unos días en los que sus estrellas pueden ser simplemente personas caminando por la ciudad.
Cuando regresen a Londres, las cámaras volverán, las peticiones de fotos también, y el anonimato se esfumará en cuanto pisen el aeropuerto. Quizá entonces recuerden estas noches en Sydney, mezclados con los turistas frente a la Opera House, como uno de los pocos lujos que el fútbol moderno apenas concede: el de pasar desapercibido.






