Kevin De Bruyne y su compromiso con Bélgica
Kevin De Bruyne habló claro antes del duelo de Nations League entre Bélgica e Italia. Nada de descansos pactados, nada de priorizar el club por encima de la selección. El centrocampista de Napoli, a sus 35 años, se plantó en rueda de prensa con un mensaje directo: él no piensa ausentarse.
Mientras el debate en Bélgica sigue girando alrededor de la ausencia de Thibaut Courtois, que sí ha contemplado saltarse partidos de la Nations League, De Bruyne se colocó en el lado opuesto. Quiere estar. Quiere seguir. Y, sobre todo, quiere ayudar a que el relevo generacional no se convierta en un salto al vacío.
“Quiero estar aquí y ayudar al equipo, pero los jugadores jóvenes también tendrán que asumir más responsabilidad”, explicó. Una frase sencilla, pero cargada de intención: no se aferra al trono, lo señala y empieza a empujar a los que vienen detrás.
El último latido de la generación dorada
De Bruyne, Courtois y Romelu Lukaku forman ya un pequeño club dentro de la selección: son los supervivientes de la llamada generación dorada belga, la que deslumbró durante la década de 2010 y se quedó, para muchos, a medio camino de lo que prometía.
Con Axel Witsel retirado del fútbol internacional y Thomas Meunier fuera de la última lista, el liderazgo recae de forma natural en De Bruyne y Lukaku. Son las dos grandes voces del vestuario, los referentes a los que miran los jóvenes cuando el partido se tuerce o la grada aprieta.
El propio De Bruyne dejó entrever que el final está más cerca que lejos. Apuntó a la Eurocopa de 2028 como posible punto final a su trayectoria con la selección, aunque evitó cerrar la puerta del todo. No se comprometió, no puso fecha en piedra, pero sí dibujó el horizonte. Y eso, en un jugador de su peso, ya es un mensaje.
La transición, por tanto, no es una teoría. Está en marcha. Y el belga quiere vivirla desde dentro, no como una leyenda retirada que observa desde la distancia, sino como un capitán que acompaña a los suyos hasta la orilla antes de marcharse.
Un líder en reconstrucción en Napoli
Su discurso con la selección llega en un momento particular de su carrera en clubes. De Bruyne afronta su segunda temporada en Napoli tras su salida de Manchester City, un cambio de escenario que, hasta ahora, no ha sido un camino de rosas.
La Serie A le ha recibido con golpes duros: lesiones, interrupciones constantes, falta de continuidad. La pasada campaña solo pudo disputar 21 partidos, aunque incluso a medio gas firmó cinco goles y cuatro asistencias. Números respetables, pero lejos del impacto devastador que acostumbró en Inglaterra.
Esta temporada, al menos, el cuerpo empieza a responder. Lleva seis encuentros, un gol y una asistencia. Está de vuelta sobre el césped, con ritmo competitivo, aunque él mismo asume que todavía no ha alcanzado el nivel que busca. Napoli, mientras tanto, navega en la mitad baja de la tabla, noveno en la Serie A, muy lejos de las alturas recientes.
En ese contexto, la selección se convierte casi en refugio y responsabilidad a la vez. Un lugar donde, pese a la edad y las cicatrices, su palabra pesa y su talento todavía marca diferencias.
Entre el presente y el futuro
La situación de Bélgica es delicada: ya no es la selección de moda, ya no encabeza las quinielas de favoritos, pero tampoco ha perdido del todo el brillo. Se mueve en un terreno intermedio, donde el pasado reciente aún condiciona y el futuro todavía no termina de definirse.
Ahí aparece De Bruyne, en pleno cruce de caminos. Sabe que no puede sostenerlo todo para siempre. Sabe que los minutos no se negocian con el calendario. Por eso insiste en la responsabilidad de los jóvenes. No es una queja, es una invitación. Una advertencia amistosa: el tiempo de aprender mirando desde la banda se ha acabado.
El duelo ante Italia no solo mide el momento competitivo de Bélgica. También sirve como termómetro de esa nueva etapa, con un veterano de clase mundial que ha decidido no esconderse. No pide privilegios. No busca excusas. Quiere estar en la transición, no que se la cuenten.
Cuando llegue 2028, si finalmente decide colgar las botas internacionales, Bélgica sabrá si aprovechó hasta el último día el liderazgo de Kevin De Bruyne o si dejó pasar, otra vez, la oportunidad de convertir una generación brillante en algo más que un recuerdo dorado.





