Logotipo completo Tribuna Gol

José Mourinho regresa al Camp Nou: de traductor a salvador del Madrid

José Mourinho regresa al origen. Treinta años después de llegar al Camp Nou como joven traductor de Bobby Robson, y más de una década después de marcharse convertido en el entrenador más famoso del planeta, el portugués vuelve a Barcelona al mando de un Real Madrid que le ha entregado de nuevo la misión que un día juró que nunca aceptaría: intentar destruir al Barça.

El hombre que proclamó “hoy, mañana y siempre, Barcelona en mi corazón” y que aseguró que solo iría al Madrid para destruirlo, dirige ahora el proyecto construido precisamente para tumbar al club que un día defendió desde dentro. El fútbol tiene memoria, pero también un gusto especial por la ironía.

El clásico que lo envuelve todo

Mourinho lo dijo el miércoles con la franqueza que lo ha acompañado siempre: “El clásico es solo otro partido del campeonato, pero decir que es un partido como cualquier otro sería mentir, totalmente irreal”. Él sabe lo que significa. Lo ha vivido en carne propia, lo ha incendiado, lo ha marcado para siempre.

Al otro lado, la nueva joya del Barça, Lamine Yamal, casi lo espera con una sonrisa. “Me encanta el pique. La era Mourinho-Guardiola, me encantaba todo eso. Eso es fútbol. El deporte es serio, pero yo quiero espectáculo y así nos divertimos más”, confesó. El adolescente que lidera al equipo de Hansi Flick creció viendo aquella guerra total entre banquillos. Ahora entra en ella.

Hay Champions, hay París, hay Roma, hay Leipzig. Pero esta semana todo giró alrededor de otra cosa. Cada alineación, cada rotación, cada gesto se interpretó mirando al domingo. El partido. El clásico. El duelo que en España no se juega, se habita.

De la “décima” al vacío

Desde la última vez que Mourinho pisó el Camp Nou como técnico del Madrid, el club blanco ha construido una dinastía europea casi irrepetible: la ansiada décima, seguida de la undécima, duodécima, decimotercera, decimocuarta y decimoquinta en solo diez años. Una secuencia descomunal en la que el Barça apenas ha existido a nivel continental. No se ve un clásico europeo desde aquella semifinal de 2011, cuando el hombre al que Pep Guardiola llamó el “puto amo” estalló con su célebre “por qué”, acusando a la UEFA de favorecer al Barça.

Sin embargo, ahora mismo nada parece más grande que este partido. Ni siquiera la visita del Barça al Parc des Princes. La semana se ha leído en clave de clásico, como si todo lo demás fuera un prólogo.

El origen de este regreso también está ahí. En 2010, el día que Mourinho ganó la Champions con el Inter, ya estaba en marcha su fichaje por el Madrid. Su carrera por el césped del Camp Nou, dedo alzado al cielo, celebrando la eliminación del Barça, fue la escena que Florentino Pérez necesitaba: el técnico que había demostrado cómo frenar a un equipo que parecía invencible. El presidente lo llevó en su coche al salir del Santiago Bernabéu aquella noche. El mensaje era claro: “haz lo mismo aquí”.

El presidente, el guerrero y la guerra

Florentino había vuelto en 2009 tras el fracaso del primer proyecto galáctico. Y lo hizo para ver cómo el Barça dominaba todo. Liga, Champions, juego, relato. Tenían el núcleo duro de la selección campeona del mundo en 2010: seis titulares en la final. El Madrid, nada. Hacía falta algo más que fichajes: hacía falta un choque de culturas. Un entrenador capaz de imponer jerarquía en el vestuario y convertir cada partido en una batalla.

“Este año el galáctico es José Mourinho”, sentenció el presidente. No era un eslogan; era un plan de guerra.

Tres años después, el técnico se marchó dejando un club dividido, un vestuario partido y una sensación de desgaste extremo. Él mismo los definió como “tres años intensos, casi violentos”. Y, sin embargo, Pérez nunca dejó de sentirse atraído por él. Ni siquiera en los momentos más beligerantes. Quizá precisamente por ellos.

Florentino siempre sostuvo que Mourinho devolvió al Madrid a su “lugar natural”. Tras cada título europeo, el presidente lo llamaba para recordarle que “todo empezó contigo”. Los números decían otra cosa: su primer clásico fue un 5-0, su última temporada acabó sin títulos, y Guardiola levantó el doble de trofeos que él. Pero también era cierto que, de las cuatro competiciones que se le escaparon a Pep en el Barça, tres se las arrebató Mourinho.

Un Madrid herido, un viejo remedio

El tiempo ha pasado, los protagonistas han cambiado, pero el patrón se repite. El Madrid encadena dos temporadas sin títulos. En la primera, el Barça ganó la liga con dos jornadas de margen, completando un triplete doméstico y aplastando al Madrid cuatro veces, con 16 goles a favor. En la segunda, sentenció el campeonato tres semanas antes del final, otra vez con un clásico incontestable, mientras los problemas del club blanco se aireaban en público.

España ganó el Mundial con ocho jugadores del Barça en la lista. El único representante del Madrid, Marc Cucurella, llegó al club cuando el torneo ya había empezado. El contraste dolía en Chamartín.

Si eso no era una crisis, se le parecía mucho. Y en el Madrid, cuando hay crisis, el nombre de Mourinho siempre aparece. El paso del tiempo limó sus aristas en la memoria colectiva. Volvió el mito, se atenuó el recuerdo de sus excesos. Se buscaba un hombre con autoridad y, sobre todo, al que se le concediera autoridad. Alguien dispuesto a ir a la guerra. Con todos. Y especialmente con el Barça.

La diatriba pública de Florentino en mayo, cargada de conspiraciones, campañas y agravios, sonó a terreno conocido. El presidente dijo en voz alta lo que otros susurraban. Y el Negreira case se convirtió en el eje de todo.

El Madrid sostiene que hay base real para sus quejas: el Barça pagó más de siete millones de euros al entonces vicepresidente del comité técnico de árbitros, José María Enríquez Negreira, entre 2001 y 2018. El club azulgrana niega la corrupción y afirma que se trataba de servicios de asesoría. Pero para el Madrid, ese caso es ahora el centro de su discurso, muy lejos de la imagen de aliados que ambos clubes intentaron proyectar con la Superliga. El clima se envenenó aún más cuando el presidente de LaLiga comparó el canal de televisión del Madrid con la propaganda de Joseph Goebbels.

Que haya o no fundamento hoy en cada queja concreta es casi secundario. El relato conspirativo ya está instalado. Cada error arbitral –y hasta decisiones que no lo son– se presenta como parte de un plan maquiavélico. Las insinuaciones son constantes, cuando no directas.

El viejo Mourinho, de vuelta

Mourinho llegó diciendo que estaba “más mayor, más tranquilo”. Duró poco. La derrota ante el Betis activó el primer “por qué”. Protestó una decisión que, reglamento en mano, era correcta. Frente al Atlético apareció con una hoja impresa, datos en mano, para denunciar agravios. Después, directamente no se presentó a la rueda de prensa tras el partido ante el Villarreal.

Ese día, había saltado al césped para abrazar a Vinícius Júnior después de que el brasileño marcara. El gol fue anulado y Vinícius acabó expulsado por tirar del pelo a Nathan Saliba. Resultado: cuatro partidos de sanción. El brasileño se pierde el clásico.

El motivo del plantón a los medios fue simple: Mourinho no quería arriesgarse a decir algo que le costara un castigo y le dejara fuera del banquillo en el Camp Nou. Para él, todo se ordena en función de ese partido.

Y, sin embargo, algo ha cambiado en las últimas dos semanas. Aunque sea ligeramente. Cuando el sábado pasado el Barça firmó su undécima victoria en once jornadas de liga, con más de cuatro goles de media por partido, el diagnóstico era casi unánime: el clásico estaba decidido antes de jugarse, y con él, el título. El equipo de Flick volaba, liderado por Lamine Yamal. El Madrid, con dos derrotas, no terminaba de arrancar. El fútbol brillaba poco.

Un equipo que empieza a asomar

El miércoles anterior, el Madrid había protagonizado otra de esas remontadas que parecen desafiar la lógica: de 3-1 a 3-4 en Roma en apenas siete minutos. La cuestión era si había algo más que épica en ese final. La respuesta llegó después.

En esos minutos en el Olímpico jugaron Arda Güler, Yan Diomande, Fede Valverde como lateral derecho… y no jugó Vinícius. La mezcla funcionó. Pareció evidente. También para Mourinho.

Repitió la apuesta. Y el Madrid le hizo cuatro goles al Sevilla el domingo, tres de ellos bellísimos. Cuatro más al Leipzig el miércoles, con Diomande firmando una volea fabulosa justo después de que Vinícius abandonara el campo. Veinticuatro horas antes, el Barça había encajado cuatro en París.

Hansi Flick admitió que priorizó el clásico por encima de la eliminatoria ante el PSG. Dejó fuera a Rodri, retiró pronto a Pedri y Raphinha, pensando en el Camp Nou y en un partido que puede condicionar toda la temporada. El técnico alemán tiene problemas atrás y ha avisado a los suyos: 15 goles encajados son demasiados.

Mourinho, fiel a su personaje, no desaprovechó la ocasión para quejarse por el día menos de descanso con el que llega el Madrid al clásico. El calendario, el enemigo invisible. Un argumento que se matiza al recordar que los blancos jugaron en casa ante el Leipzig y el Barça viajó a París. Pero el mensaje ya está lanzado. Una pieza más en el relato de que “ellos” siempre salen perjudicados.

Un título en juego, una identidad en disputa

“Necesitamos recortar la distancia y solo podemos hacerlo ganando”, avisó Thibaut Courtois sobre los seis puntos que separan a ambos equipos. “Vamos con confianza”. La sensación en Valdebebas es distinta a la de hace apenas dos semanas. La derrota ya no se percibe como inevitable. El título, que parecía una quimera, vuelve a estar, al menos, al alcance de la imaginación. Y, sobre todo, empieza a intuirse algo parecido a un equipo.

“Tenía que conocerles”, explicó Mourinho el miércoles. “Llevo aquí solo 105 días; no es mucho tiempo”. No lo es. Pero en el Madrid, y más aún en un clásico, 90 minutos pueden acelerar o destrozar cualquier proyecto.

Treinta años después de llegar al Camp Nou como traductor y tres meses después de regresar al Bernabéu como salvavidas, Mourinho vuelve al escenario donde empezó todo. Esta vez no viene a traducir a nadie. Viene a escribir, otra vez, su propia versión de la historia. Y la pregunta ya no es “por qué”. Es si el fútbol español está preparado para vivir de nuevo bajo su tormenta.

José Mourinho regresa al Camp Nou: de traductor a salvador del Madrid