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Emmanuel Latte Lath: De Costa de Marfil a la Bundesliga

A los ocho años, Emmanuel Latte Lath entendió que su vida ya no sería la misma. Lo supo en un avión, mirando alrededor, viendo rostros distintos al suyo y sintiendo miedo. Dejaba Costa de Marfil, dejaba amigos, dejaba la calle donde el fútbol era libertad, para empezar de cero en Italia.

Tenía seis años cuando le dijeron que se iría a Europa. El viaje se concretó dos años más tarde. El destino no era solo un país nuevo: era su padre. Aquel hombre al que casi no conocía porque se había marchado antes, buscando una vida mejor.

“Cuando nací, no era una relación tan cercana”, recuerda el delantero de Union Berlin. Su padre ya estaba en Italia, y el contacto se limitaba a llamadas esporádicas. “Me faltaba esa parte de mi padre”, admite. El reencuentro lo cambió todo. Nuevo país, nuevo idioma, nuevo fútbol… y, sobre todo, una nueva oportunidad de ser hijo.

“Cuando lo vi fue como una vida nueva, una nueva motivación para estar cerca de mi padre, y entonces todo empezó otra vez. Parece que he tenido dos vidas”, cuenta. Aquella segunda vida comenzó lejos de Abiyán, lejos de las canchas de tierra donde se forjó su carácter competitivo.

Porque antes de las botas, antes de las academias y los sistemas tácticos, estuvo la calle.

Él y cinco amigos. Un equipo improvisado. Retos contra chicos de otros barrios, sin árbitros, sin camisetas numeradas, sin padres en la grada. “No había presión, nada”, dice. Solo diversión, aunque el ambiente se calentaba rápido. “Era bastante competitivo porque casi siempre terminaba en peleas, eran reglas de la calle. Yo era de los más competitivos”. Lo dice con nostalgia. “Lo echaba de menos. Siempre juntos, con mis amigos. Era realmente, realmente divertido”.

Ese fútbol sin red, sin estructura, fue su primer refugio. El segundo lo encontró en Italia. Allí, el niño que jugaba descalzo se vio por primera vez con botas, con entrenadores, con normas. Antes de llegar, nunca había formado parte de un equipo oficial. El salto fue brusco, pero lo asumió como un reto.

“Era emocionante aprender y mostrar mi potencial”, explica. El problema no era el balón, era el idioma. No entendía nada, no podía expresarse, y los días eran simples: entrenar, volver a casa, esperar. “No tenía muchos amigos allí. Pero yo estaba solo para jugar al fútbol y luego irme a casa, sabía que el momento llegaría”.

Ese momento empezó a tomar forma en 2015, cuando entró en la prestigiosa academia de Atalanta. Uno de los viveros de talento más respetados de Europa. Dos años después, el chico que llegó asustado en un avión marcaba contra Juventus en la Coppa Italia, en apenas su tercer partido con el primer equipo.

“Es increíble, inolvidable. La emoción que tuve entonces sigue siendo la misma cuando pienso en ello ahora”, confiesa. La escena se había imaginado una semana antes, en casa, entre risas con su familia. “Decían: ‘imagina si voy, imagina’. Y una semana después pasó”. Un gol soñado, una noche perfecta… y también el principio del final de su etapa en Bérgamo.

Ese tanto fue el único que anotó con la camiseta de Atalanta. También fue la última vez que la vistió en partido oficial. A partir de ahí comenzó una travesía que muchos jóvenes conocen en el fútbol italiano: cesión tras cesión, ciudad tras ciudad, intentando encontrar un hueco que nunca termina de abrirse. En cinco años, ocho clubes distintos.

Para Latte Lath, no fue solo una cuestión de oportunidades, sino de contexto. “El fútbol italiano siempre ha sido uno de los entornos más difíciles porque hay muchas tácticas, muchas reglas también”, explica. Es un fútbol que ordena, que encorseta. “No te deja expresarte porque tienes que jugar con demasiadas, o muchas, reglas”. Avanzar era complicado. Mantener cada pequeño paso adelante, todavía más. Esa sensación de freno constante le empujó a buscar otra vía. “Esto me dio fuerza para tomar una decisión diferente”.

La puerta se abrió en Suiza, con un préstamo prolífico en St. Gallen. Goles, confianza, continuidad. Desde allí se trazó la línea que lo llevó a Inglaterra, al norte industrial y futbolero, a Middlesbrough y al Championship.

Allí se encontró con Michael Carrick. No solo un entrenador, también una figura clave en su madurez. “Encontré un buen entrenador y una buena persona. Me dio confianza de inmediato”, recuerda. Carrick, tranquilo hasta el extremo, fue el contrapunto perfecto a un delantero intenso, ansioso por demostrar. “Era una persona calmada, un entrenador calmado, a veces quizá demasiado, pero lo necesitábamos. Siempre sabía cuándo y qué decirte en el momento difícil o en el bueno. Para mí, en ese punto de mi vida, fue muy importante”.

Esa calma encendió su mejor versión. En Middlesbrough, Latte Lath firmó 29 goles en 67 partidos y se ganó un salto que parecía definitivo: Atlanta United, en la MLS, convertido en el fichaje más caro de la historia de la liga en ese momento. Un título simbólico que traía consigo una mochila de expectativas.

La realidad no acompañó al ruido. Su paso por Estados Unidos no alcanzó lo que se esperaba. No hubo catástrofe, pero tampoco explosión. Sin embargo, el delantero ya había aprendido a vivir con giros bruscos. El siguiente lo devolvió a Europa, cedido a Union Berlin.

En la capital alemana se encontró con algo distinto, casi brutal: la intensidad de una afición que vive cada partido como un manifiesto. “Llegué aquí y me sorprendí porque la pasión de los aficionados es una locura. Es algo nuevo para mí”, admite. Esa energía, dice, le da “un músculo extra, otra fuerza para hacerlo bien”.

Y luego está la ciudad. Berlín, enorme, diversa, imprevisible. “Berlín es enorme, me encantan las culturas diferentes, y aquí puedes encontrar distintas culturas y gente”, explica. No es solo una cuestión de estilo de vida; es una sintonía personal. “Creo que puedo encajar porque crecí con amigos y culturas diferentes”.

De la calle africana a la pizarra italiana. De la noche mágica ante Juventus a los años de maletas siempre listas. De la calma de Carrick a la caldera de Union Berlin. Emmanuel Latte Lath mira atrás y ve dos vidas. Quizá tres. Y todavía le quedan muchas páginas por escribir.