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John Paul Hale: del fracaso en Glasgow al profesionalismo

La decisión estaba tomada mucho antes de que sonara la última campana en Glasgow. Para John Paul Hale, dejar atrás el boxeo amateur no fue un salto al vacío, sino el siguiente paso lógico de una carrera que ya había exprimido casi todo lo que podía dar en ese campo.

Campeón irlandés de élite en 2021, seis veces monarca de Ulster, olímpico de la Commonwealth en 2022 y 2026. A los 25 años, el púgil de Belfast sentía que el ciclo estaba cerrado. Lo único que faltaba era ese broche en forma de medalla en los Juegos de este verano. No llegó. Y la forma en que se le escapó todavía le escuece.

Glasgow, la herida abierta

Su debut en estos Juegos de la Commonwealth terminó de la forma más amarga: derrota en la primera pelea ante el inglés Patris Mughalzai, en un combate marcado por las deducciones de puntos. Dos en contra de Hale, uno para su rival. Demasiado castigo para el norirlandés, que abandonó el ring entre frustración y rabia.

Su gesto lo dijo todo: un dedo al aire hacia los oficiales, la misma señal que su nuevo mánager, Michael Conlan, había lanzado al mundo en Río 2016 tras su polémica derrota ante Vladimir Nikitin. La historia se repetía, distinta ciudad, mismo sabor de injusticia.

“Es raro, porque fue la primera vez que no estaba enfadado conmigo mismo”, explicó Hale a BBC Sport NI al recordar aquella tarde de julio. Había trabajado duro, había vencido ya a Mughalzai en el pasado y sentía que el guion debía ser similar. Entonces el árbitro le había permitido trabajar por dentro, advertido por agarrar, dejado que la pelea fluyera. En Glasgow, todo lo contrario.

Entró al combate con la convicción de que el resultado volvería a caer de su lado. Salió convencido de que el árbitro se lo había arrebatado. Más que una derrota, lo sintió como el cierre forzado de su etapa amateur. “En el fondo sabía que era mi última oportunidad de lograr lo que me había propuesto”, confesó.

Viejos vicios en un nuevo sistema

El caso de Conlan en Río ayudó a dinamitar la credibilidad del entonces organismo rector del boxeo olímpico, AIBA, hoy rebautizado como IBA. La irrupción de World Boxing, reconocido por el Comité Olímpico Internacional, ha provocado una fuga masiva hacia la nueva estructura, que ya estuvo al frente del torneo de Glasgow.

Pero para Hale, el cambio de nombre no ha traído necesariamente un cambio real sobre el ring.

“No siento que haya cambiado nada pese al paso a World Boxing”, opinó. Se suponía que los jueces iban a premiar a los boxeadores más agresivos, un criterio que encajaba con su estilo. No fue la sensación que tuvo. Al contrario, percibió el mismo caos de siempre.

Cuando el nivel es élite, las escuelas se mezclan: estilistas a la contra, presionadores que caminan hacia adelante, fajadores, boxeadores de piernas rápidas. Y, sin un criterio claro, todos pueden salir perjudicados. Hale lo ve cada día: algunos ganan yendo hacia atrás y no se les reconoce, otros se dejan la piel avanzando y tampoco reciben el veredicto.

Apunta a ejemplos cercanos. Cita lo ocurrido con Jude Gallagher en los propios Juegos de la Commonwealth. Recuerda a varios púgiles escoceses que también acabaron “asqueados” por decisiones que no entendían. El problema, a su juicio, sigue ahí, incrustado en el corazón del boxeo amateur.

Adiós a Los Ángeles, hola a The Devenish

Con ese contexto, la idea de estirar la carrera amateur hasta Los Ángeles 2028 nunca le sedujo de verdad. Lo había valorado hace un par de años, cuando ya le rondaba la cabeza el salto al profesionalismo, pero decidió esperar. No quería irse con la sensación de no haberlo intentado todo en el campo olímpico. Glasgow le dio esa última experiencia, intensa y, pese a todo, valiosa.

Ahora, con la madurez de sus veintitantos, siente que el reloj marca otra hora. Llega el momento de la paga, del guante pequeño, de las noches largas y los asaltos duros. Y lo hace de la mano de alguien que conoce cada curva del camino: Michael Conlan, excampeón mundial amateur y dos veces aspirante a títulos profesionales.

“Es una pasada tenerlo a mi lado, porque sabe muchísimo de boxeo profesional y es genial contar con alguien con ese conocimiento detrás de mí”, resume Hale. No es solo un nombre potente en el cartel. Es un guía que ya vivió el tránsito, que sufrió el sistema amateur y se reinventó en el campo rentado.

Hale arrancará su trayectoria profesional en el peso wélter, pero no piensa romper con sus raíces. Seguirá entrenando en el Star ABC, en el barrio de New Lodge, al norte de Belfast. Su casa. Su base. El lugar donde se forjó el amateur que ahora quiere transformarse en un profesional temible.

Un debut con historia en Belfast

El 27 de noviembre cruzará la ciudad para subir por primera vez a un ring profesional en The Devenish. No es un escenario cualquiera. Allí debutó Anthony Cacace, hoy campeón mundial del peso superpluma. Allí también fue construyendo su carrera James Tennyson, que llegó a disputar un título mundial.

Hale conoce bien ese simbolismo, pero no se deslumbra. “Si rindo, los grandes escenarios y las grandes noches llegarán”, afirma. No tiene prisa. Prefiere empezar desde abajo, sin focos desmedidos, sin saltos artificiales. Le gusta la etiqueta de tapado, de hombre que viene desde el fondo del cartel para ganarse su sitio a golpes.

“Puedes saltar demasiado pronto y sentirte abrumado”, advierte. Él quiere otra cosa: una progresión sólida, combates en veladas pequeñas, noches en las que el boxeo se huele a pocos metros del ring y se escucha cada indicación desde la esquina. Sabe que muchos grandes profesionales comenzaron en escenarios modestos. Lo ve como parte natural del oficio.

Su debut promete ambiente. Mucha gente que lo siguió como amateur quiere comprobar cómo se adapta al profesionalismo. Será, como él mismo anticipa, “una buena noche”. Una de esas veladas en las que una carrera cambia de rumbo sin estruendo, casi en silencio, pero de forma definitiva.

En Glasgow, John Paul Hale levantó un dedo al cielo para denunciar lo que considera una injusticia. En Belfast, ese mismo puño se cerrará dentro de un guante profesional. La etapa amateur ya es pasado. La pregunta ahora es cuán rápido podrá convertir toda esa rabia contenida en victorias y, algún día, en noches de campeonato.