Tottenham se encierra en Marbella para recuperar la unidad
Tottenham ha cambiado el frío y la tensión del norte de Londres por el sol de Marbella. No se trata de unas vacaciones. Es un intento desesperado de Roberto De Zerbi por frenar una caída que ya asusta: colistas de la Premier League, seis jornadas sin ganar y unos 380 millones de libras invertidos en diez fichajes de verano que, de momento, no han encajado.
El italiano ha entendido el viaje como algo más que un simple “stage” de buen tiempo. Ha querido tocar la fibra del vestuario. Y ha empezado por lo básico: cortar el cordón umbilical con el teléfono móvil.
Móviles prohibidos y conversaciones obligatorias
En Marbella, el balón comparte protagonismo con la mesa. Y en la mesa, nada de pantallas. De Zerbi impuso una norma clara: prohibidos los móviles en todos los momentos de comida en grupo, desde el desayuno hasta la cena. La idea es tan simple como contundente: si los jugadores no se miran a la cara fuera del campo, difícilmente se entenderán dentro.
“Trabajamos en el campo, estuvimos juntos; quitamos los teléfonos del desayuno, la comida y la cena para estar juntos porque ahora es como [teléfono] todo el tiempo”, explicó el técnico ante los medios, subrayando la necesidad de una conexión real entre piezas que apenas han tenido tiempo de ensamblarse.
El viaje no ha sido un retiro espiritual, sino una especie de terapia de grupo con botas de fútbol. De Zerbi reconoció que en España se celebraron “dos o tres reuniones importantes” para hablar de fútbol, de la situación del equipo y de la responsabilidad individual de cada uno. Cara a cara. Sin excusas.
Hubo cenas solo para jugadores. Cenas solo para el cuerpo técnico. Espacios separados para que cada grupo pudiera hablar sin filtros. El mensaje del entrenador es directo: todos deben mirarse al espejo, incluido él.
“Como entrenador entiendes que tienes que mejorar, que tienes que cambiar la situación y tratas de encontrar todas las soluciones”, admitió, asumiendo también su parte del problema.
Un método ya probado
El plan no es improvisado. De Zerbi ya había recurrido a este tipo de concentraciones intensivas en dos ocasiones cuando dirigía a Marseille. Según él, funcionó. Por eso no dudó en plantearlo al club. Habló con Vinai Venkatesham, con Johan Lange, con el propietario. La decisión fue conjunta.
No lo vende como algo revolucionario. Lo presenta casi como un regreso a lo elemental: “No es nada especial. Es solo pasar más tiempo juntos porque en pretemporada no pudimos”. Entre fichajes de última hora y jugadores que regresaban del Mundial, la base del equipo se armó tarde y mal. Ahora, tres o cuatro días sin familia, con el club como prioridad absoluta, se convierten en un lujo necesario.
Eso sí, no se trata de un régimen cuartelario. De Zerbi dejó claro que, fuera de los momentos marcados, los jugadores tenían libertad para moverse por la ciudad. “Sí, con libertad. Sin reglas militares. Amo la libertad”, remarcó. Control en lo esencial, aire en lo demás.
La grieta llamada Richarlison
Mientras el técnico intenta construir unidad dentro del grupo, hay una historia que va en dirección contraria y que ya se ha convertido en un punto negro de su etapa en Tottenham: el caso Richarlison.
El brasileño ha sido borrado del mapa de la Premier League. Fuera de la lista del primer equipo, relegado al conjunto sub-21 después de que sus intentos de salir en verano no llegaran a buen puerto. Para un jugador de su carácter, la humillación es evidente.
La situación ha provocado reacciones fuera del club. Duncan Ferguson, que lo dirigió en su etapa en Everton, no se mordió la lengua al valorar el castigo: “No sé si han tenido una gran pelea, y conociendo a Richy probablemente la han tenido, pero tienes que ponerle el brazo por encima del hombro. No dejas fuera a un jugador así a menos que haya habido un verdadero asesinato”, lanzó el escocés.
Richarlison no tardó en respaldar públicamente esas palabras. Lo hizo a su manera, en redes sociales, con un mensaje claro: “Thanks @duncan9ferguson, you are right”. Un dardo directo hacia la gestión del club y del entrenador, aunque sin nombrarlos.
“No es mi problema”
Lejos de apagar el fuego, la respuesta de De Zerbi añadió otra capa de frialdad a la relación. Preguntado por el asunto el domingo, el técnico zanjó el tema con una frase seca: “Ya no es mi problema. Tenéis que preguntar a Vinai o a Johan. No es mi problema”.
La declaración dibuja un escenario llamativo: un entrenador que reclama responsabilidad colectiva, que exige que todos se impliquen, pero que al hablar de uno de los casos más delicados del vestuario se aparta a un lado y deriva la cuestión a los despachos.
Mientras el equipo se aísla en Marbella, sin móviles en la mesa y con reuniones para limpiar la conciencia, el nombre de Richarlison sigue flotando sobre el proyecto. De Zerbi apuesta por el grupo, por la convivencia y por la disciplina silenciosa. El tiempo dirá si ese silencio también se tragará a un talento que hoy observa la escena desde fuera.





