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Southampton en el ojo del huracán por el escándalo de espionaje

Se suponía que el drama estaba en el césped. Que el dolor de Middlesbrough llegaría con el gol definitivo de Southampton en la prórroga, con el 2-1 en St Mary’s que cerró la puerta del ascenso. Pero cuando Kim Hellberg habló de corazón roto, no miraba al marcador. Miraba al escándalo que ahora sacude a todo el Championship.

El técnico sueco no se refería a la eliminación. Se refería al ‘Spygate’ versión 2024: Southampton acusado por la English Football League de vulnerar la normativa al espiar una de las últimas sesiones de entrenamiento de Boro antes de la ida de la semifinal en el Riverside.

“Si no hubiéramos pillado a ese hombre al que mandaron cinco horas en coche, ustedes estarían diciendo ‘bien hecho’ a Southampton en el aspecto táctico y yo me iría a casa sintiendo que he fallado”, lamentó Hellberg. Y fue más allá: cuando alguien decide no analizar sólo los partidos, sino enviar a alguien a grabar tus entrenamientos y cruzar los dedos para que no le descubran, “te rompe el corazón en todo aquello en lo que crees”.

Una final que existe… pero no del todo

En cualquier otra temporada, el foco ya estaría en Wembley, en esa final del 23 de mayo por un billete a la Premier League. Esta vez, la historia es distinta. Hay un Hull City esperando rival. Hay entradas que vender, viajes que planear, un estadio reservado. Y, sin embargo, no hay certeza absoluta de que el partido vaya a jugarse tal y como está programado.

Southampton ha pedido retrasar el proceso para completar una investigación interna. El EFL no tiene ese lujo. El reloj corre. La final está a 10 días y la temporada entera de dos clubes pende ahora de lo que decida una comisión disciplinaria independiente.

Mientras tanto, el guion se parte en dos.

En la costa sur, el mensaje oficial es de normalidad. El martes, las celebraciones por el pase estuvieron inevitablemente rebajadas. El miércoles por la mañana, el club lanzó en su web una línea de merchandising específica para la final, aunque sin ruido en redes sociales. Este jueves deben salir a la venta las entradas para Wembley. Los aficionados podrían estar comprando un viaje a un partido al que quizá no se les permita asistir.

Tonda Eckert, al menos, tiene algo tangible a lo que agarrarse: un rival que preparar, un plan de partido que pulir. Entrenar, analizar, repetir. Fingir que todo es normal.

En Teesside, no hay nada de eso. Hay vacío.

Boro, en un limbo intolerable

Middlesbrough vive suspendido en una especie de purgatorio deportivo. El equipo no seguirá entrenando con la intensidad habitual de cara a una final que puede no existir. Según entiende BBC Sport, la plantilla tendrá unos días libres, pero con una condición: todos deberán estar localizables. Nada de escapadas a Dubai, Ibiza ni destinos exóticos habituales en el final de temporada. El teléfono debe estar encendido.

El mensaje del club ha sido claro desde el principio: esperan una sanción deportiva para Southampton. No les basta con una multa. No consideran aceptable que todo se salde con un castigo económico mientras el rival mantiene la opción de ascenso.

Steve Gibson, propietario de Boro, se ha movido rápido. Ha recurrido a Nick De Marco, uno de los abogados deportivos más influyentes en casos ante los organismos que gobiernan el fútbol. De Marco fue clave para que Sheffield Wednesday arrancara la próxima temporada sin una deducción de 15 puntos que parecía segura.

Esta vez, su misión es la contraria: no eliminar una sanción, sino conseguir que la haya. Y una de peso.

Si la comisión independiente no dicta lo que Gibson considera una resolución justa, la batalla podría continuar por otros cauces. Boro ya ha estado aquí. En 2021, el club inició acciones legales contra Derby County, alegando que las irregularidades financieras de los Rams les habían costado un puesto en el play-off de 2018-19. Ambas partes alcanzaron una “resolución” que, según cree BBC Sport, supuso un pago de unos 2 millones de libras a Middlesbrough.

Si Southampton mantiene su plaza en el play-off y asciende, nadie se sorprendería si Gibson recorre de nuevo el camino de la compensación económica.

Una decisión en manos de tres personas

El EFL quiere cerrar la herida cuanto antes. Ya no manda. El caso está en manos de una comisión disciplinaria independiente gestionada por Sport Resolutions, una entidad de mediación externa.

El panel suele estar formado por tres miembros. Un presidente —normalmente juez, abogado o barrister con rango de KC o QC— y dos vocales, expertos en derecho deportivo, mediación o abogacía. Su elección depende de su idoneidad y, sobre todo, de su disponibilidad inmediata. Este caso no admite demoras.

La comisión fija el calendario, pero nunca lo hace público. Lo que sí está claro es que la final no se puede mover con facilidad. Wembley está reservado el fin de semana siguiente y, después, los jugadores se marchan con sus selecciones. La ventana es mínima. Todo debe quedar resuelto bastante antes del 23 de mayo.

El EFL ha pedido una vista acelerada. Southampton reclama tiempo para su revisión interna. La primera audiencia debe celebrarse pronto, porque cualquier parte con “interés” en el caso —categoría en la que podría entrar Middlesbrough— tiene derecho de apelación. Y el fallo de esa apelación será definitivo. El reglamento del EFL no permite llevar el caso al Tribunal de Arbitraje Deportivo.

En paralelo, asoma otro problema muy terrenal: si Boro termina entrando en la final por una decisión de despacho, tendría que vender su cupo de entradas en un margen de tiempo mínimo. Un quebradero de cabeza logístico añadido a un contexto ya explosivo.

¿Qué castigo vale para un caso sin precedentes?

La gran incógnita es qué sanción considerará adecuada la comisión, si declara culpable a Southampton. No hay un precedente directo. No hay una tabla de equivalencias entre delito y castigo como en los casos de ‘profit and sustainability’. El fallo, en la práctica, creará doctrina.

La referencia más cercana en Inglaterra es el ‘Spygate’ de Leeds United en 2019. Entonces, el club de Marcelo Bielsa fue multado con 200.000 libras por espiar un entrenamiento de Derby County. Pero el contexto era otro.

Primero, porque en aquel momento no existía una norma específica que prohibiera observar entrenamientos del rival en los días previos al partido. Leeds fue castigado por vulnerar la regulación E.4, que exige a los clubes actuar con la “máxima buena fe” entre ellos.

Después de aquello, el EFL introdujo la regulación 127, mucho más directa: “ningún club observará (ni intentará observar), de forma directa o indirecta, una sesión de entrenamiento de otro club en las 72 horas previas a un partido”.

Southampton está acusado de incumplir ambas normas. Y no ha intentado negar los hechos.

La segunda gran diferencia es el momento. Bielsa fue descubierto en enero, en plena temporada, pero lejos de un punto crítico. Los Saints, en cambio, afrontaban una semifinal de play-off, uno de los partidos más trascendentes del curso. El impacto potencial es infinitamente mayor.

En Middlesbrough existe una convicción clara: si Southampton derrota a Hull y asciende, los millones de la Premier League compensarán cualquier multa. De ahí que exijan una sanción deportiva. Quieren que Southampton sea expulsado del play-off.

La vía más directa sería otorgar a Boro una victoria por 3-0 en la ida, lo que le daría un 4-2 global en la eliminatoria. No sería algo habitual en el fútbol inglés, pero no sería inédito. En 2002, West Bromwich Albion recibió un 3-0 administrativo después de que su partido ante Sheffield United se suspendiera cuando los Blades se quedaron por debajo del mínimo de siete jugadores tras tres expulsiones y dos lesiones sin cambios disponibles.

Otra opción es la deducción de puntos. Un castigo intermedio: no expulsar a Southampton del play-off, pero sí imponer un daño deportivo tangible. Si el equipo asciende, el EFL no puede aplicar directamente la sanción en la Premier League, aunque sí puede recomendar a la liga que arrastre la penalización a la máxima categoría.

La comisión debe encontrar un equilibrio: un castigo que sea justo, pero que también actúe como aviso serio para cualquier club tentado de cruzar la línea, especialmente antes de un partido de esta magnitud.

Silencio en Southampton, presión sobre el banquillo

Desde el St Mary’s, el silencio es casi total. El club ha blindado a su entrenador. El responsable de comunicación cortó en seco los intentos de preguntar a Eckert por el caso. Pero las cuestiones siguen en el aire.

¿Quién sabía qué, y desde cuándo? ¿Hubo retransmisión en directo del entrenamiento? ¿Se subieron las imágenes a alguna plataforma interna? ¿Quién dio la orden?

Southampton podría intentar argumentar que el espía actuó por su cuenta, una especie de “lobo solitario” que decidió por iniciativa propia conducir hasta Rockliffe Park 24 horas antes de que la expedición de Boro volara al sur. Hellberg no compra esa versión. Tras el partido del martes, fue contundente: “hay alguien que toma la decisión de ir e intentar hacer trampas”.

El fútbol ya ha visto algo parecido este mismo año, en el caso de espionaje más sonado a nivel internacional. En el torneo femenino de los Juegos Olímpicos de París 2024, la Fifa sancionó a Canadá con una deducción de seis puntos por espiar a Nueva Zelanda con un dron. Tres miembros del cuerpo técnico, incluida la seleccionadora, recibieron un año de suspensión de toda actividad futbolística.

La pregunta se traslada ahora a Inglaterra: ¿podría la comisión disciplinaria aplicar sanciones personales a miembros del cuerpo técnico de Southampton? ¿Habrá manos duras, además de un posible castigo colectivo?

Entre la justicia y el ‘salvaje oeste’

Hay un argumento que se escucha con fuerza: la afición de Southampton no merece pagar este precio. Han seguido al equipo por todo el país, han empujado durante 48 partidos de liga y play-off para ganarse el derecho a soñar con la Premier League. Castigarles con la expulsión o con una deducción que frustre el ascenso parece, para muchos, excesivo.

Pero hay otro ángulo, igual de poderoso. Si no hay sanciones deportivas contundentes, el mensaje al resto de clubes es peligroso. El riesgo de convertir el Championship en un ‘far west’ competitivo, donde el espionaje o cualquier otra trampa se perciba como un riesgo asumible, es real. ¿Qué frena a nadie si, al final, el premio es la Premier y el castigo se reduce a una multa asumible?

El caso no va sólo de un play-off. Va de qué tipo de competición quiere ser el fútbol inglés.

Mientras tanto, Middlesbrough espera una llamada que puede cambiarlo todo. Southampton prepara una final cuya legitimidad pende de un informe. Hull City observa desde la banda, sin saber aún a quién se enfrentará ni qué peso tendrá el contexto en el césped de Wembley.

El balón está lejos de rodar. La temporada del Championship se decidirá, por ahora, en una sala de reuniones, ante tres personas y un expediente. Y la verdadera cuestión es si, cuando todo termine, alguien creerá que el castigo habrá sido suficiente.

Southampton en el ojo del huracán por el escándalo de espionaje