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La tragedia de James Hitchcock: un legado en el fútbol

La voz de un padre roto se quiebra antes de terminar la frase. “Aún ahora, más de 18 meses después, no termina de asimilarse. Veo al pequeño Freddie crecer y me golpea con una fuerza brutal”.

Chris Hitchcock habla de su hijo James, portero de Barton Town, un club modesto del fútbol no profesional inglés. Un solo puñetazo, por la espalda, en un andén de estación. Un ataque sin provocación. Y una vida apagada.

Tenía 32 años. Era padre desde hacía seis meses. Se preparaba para su primera Navidad con su hijo. Nunca llegó a celebrarla.

El último partido de Hitchy

En Barton todos le llamaban “Hitchy”. Compañero querido, bromista, siempre con una sonrisa. El día antes de la agresión, defendió la portería en un 1-1 ante Bottesford Town, en la Northern Counties East League Premier Division.

“Cuando salía del campo le dije: ‘gran parada, Nigel Martyn’, porque era hincha de Leeds y se rió”, recuerda el entrenador de Barton, Anthony Bowsley. Nadie en ese campo imaginaba que estaba viendo su último partido.

Veinticuatro horas después, de regreso de un día de amigos en York, James caminaba por la estación de tren. Un puñetazo por detrás, en el lado derecho de la parte posterior de la cabeza. Cae al suelo. Fractura de cráneo. Daño cerebral. Murió en el hospital.

Una familia destrozada, un club en duelo

En la grada del pequeño estadio de Barton, con capacidad para unas 3.000 personas y a la vista del Humber Bridge, el vacío se palpa. El sábado, su viuda, April, y su hijo Freddie, ahora de dos años, estarán allí para el duelo de la FA Cup, tercera ronda clasificatoria, ante Chorley. Uno de los partidos más grandes en la historia del club de novena categoría. Y, sin embargo, lo primero que se mira no es la portería rival. Es el hueco que dejó James.

“Es muy triste mirar dónde James se ponía bajo palos y decir: ‘¿dónde está?’”, cuenta April, de 32 años. “Debería estar ahí”.

El vestuario también sigue en shock. “Fue una sensación de entumecimiento. No crees que algo así pueda pasarle a uno de tus colegas”, admite el defensa Jack Bulless.

Él jugó con James en Bridlington Town y luego en Barton. Tenía que haber estado en esa salida navideña a York. Una simple enfermedad de última hora le hizo quedarse en casa.

Quien sí compartió ese día con James fue Andy Norfolk, amigo de toda la vida y compañero de equipo. “Recuerdo el derbi de Manchester puesto en los bares en los que entramos”, rememora. “Era la típica quedada navideña, una excursión, nada exagerado. Volvimos pronto a la estación para regresar”.

Norfolk decidió tomar un taxi a Hull al ver que el tren tardaría una hora. “Recuerdo a Hitchy diciendo que iba a por algo de comer”. Fue la última vez que lo vio.

La llamada que lo cambió todo

En casa, April acababa de acostar a Freddie cuando sonó el teléfono. “Me dijeron que a James le habían pegado, que estaba inconsciente y camino del hospital”, relata.

Su primera reacción fue pensar en algo leve. “Creí que tendría una conmoción y que tenía que hacerle una bolsa porque estaría ingresado un día o dos”.

Cuando llegó al hospital, la realidad se impuso sin compasión. Le explicaron que debían trasladarlo a cuidados intensivos en Hull Royal Infirmary. James quedó conectado a una máquina. Luchó. No fue suficiente. Murió asistido por un respirador.

En julio de 2025, Leeds Crown Court condenó a Mckenzie Dicicco, de 22 años en el momento de los hechos, a seis años y ocho meses de prisión tras declararse culpable de homicidio. El juez Guy Kearl calificó el golpe como “un ataque cobarde, deliberado y brutal contra un hombre que no tuvo ninguna opción de defenderse ni de prepararse”.

Tras la sentencia, April habló de sentirse “perdida y sola, porque el amor de mi vida me fue arrebatado de forma tan egoísta”.

El padre de James, Chris, que lo llevaba de niño a Elland Road para ver al Leeds de David O’Leary a finales de los 90, resume el impacto en una frase que hiela: “Ya no vivo, existo”.

“Intento ser feliz, intento hacer cosas y poner buena cara. Pero nunca volverá a ser lo mismo para mí”, confiesa.

Un nombre cosido a una camiseta

En Barton Town la memoria de James no se diluye. Se ve, se toca, se siente. En la parte alta de la espalda de la camiseta, sobre el dorsal, se lee “Hitchy #1”. No es un detalle decorativo. Es un compromiso.

“Siempre está con nosotros”, subraya Bowsley. “Es algo precioso llevarlo en la camiseta”, añade Norfolk, que en apenas dos años y medio compartió con él despedida de soltero en Benidorm, boda cerca de York y, demasiado pronto, funeral.

“Antes de cada partido miro la parte de atrás de la camiseta y tengo mis 10 segundos con Hitchy antes de ponérmela”.

En la entrada del túnel de vestuarios, una placa recuerda al portero. Al lado, historias que se repiten una y otra vez en el bar del club, como si contarle al mundo quién fue James fuese una forma de no dejarlo ir.

“Podías oírlo antes de verlo por su risa tan característica”, dice Bulless. Norfolk asiente. “Su risa era increíblemente contagiosa. Todos la llamábamos ‘la carcajada’”.

Bowsley lo describe como “siempre con una sonrisa en la cara” y “un poco bromista”. En lo futbolístico, un portero moderno para el nivel en el que jugaba: “Era muy buen parador y muy bueno con los pies. Estuvo en la academia de Leeds y luego jugó en ligas locales de Hull antes de ir a Bridlington y después a Barton”.

Bulless se queda con una escena de vestuario que se ha convertido en anécdota recurrente. “Siempre había un par de bolsas de chucherías en el vestuario, pero Hitchy siempre llevaba la suya. No le decía a nadie que las tenía. De repente se oía el paquete sonando justo cuando el míster intentaba dar la charla… o cuando iba a echarle una bronca a alguien. Hitchy en la esquina, haciendo ruido con la bolsa y comiendo”.

Un trofeo, una causa, una comunidad

Dos de sus antiguos clubes, Bridlington Town y Barton Town, se enfrentan cada año en el James Hitchcock Memorial Trophy. No es solo un homenaje. Es una recaudación de fondos para el Victim Support National Homicide Service, un apoyo concreto para otras familias golpeadas por la violencia.

En un fútbol de élite dominado por cifras astronómicas, este trofeo de barrio, jugado por semiprofesionales, habla de otra cara del juego: la de una comunidad que se niega a olvidar.

“Cuando pasa algo así, las conexiones se hacen más fuertes”, explica April. “Somos muy afortunados porque la comunidad del fútbol y Barton Town no se han olvidado de James”.

Lo nota en cada gesto. “Todo el mundo sigue con su vida y avanza. Pero para mí, la comunidad del fútbol, especialmente Barton Town, ha sido: ‘hagamos cosas, vamos a involucrarte’”.

Fueron ellos quienes pidieron permiso para llevar el nombre de James en la camiseta. “Que mantengan viva su memoria lo dice todo. Eran un grupo de amigos muy unidos. Freddie y yo tenemos la suerte de no haber perdido eso… y ellos no han perdido el contacto con nosotros”.

Un niño, un balón y un legado

April conoció a James hace 12 años, a través de amigos comunes. Lo recuerda con una palabra: “adorable”. “Siempre tenía una sonrisa y una risa contagiosa. James iluminaba una habitación y tenía tantos amigos que acabaron siendo parte de nuestras vidas, de nuestra rutina”.

Ahora, su rutina pasa por llevar a Freddie al campo. “Quiero criar a mi pequeño en un mundo en el que sepa quién era su padre”, dice. “Ya tiene un buen pie derecho. Quiero asegurarme de que está tan involucrado como lo estuvo su padre”.

En Barton, cada vez que el balón vuela hacia la portería local, hay quien mira un segundo al cielo antes de seguir la jugada. La vida sigue. La temporada avanza. La FA Cup ofrece un partido histórico para un club diminuto.

Pero en un rincón del vestuario, en una placa junto al túnel y en la espalda de cada camiseta, un nombre recuerda que el fútbol, a veces, es también un acto de memoria y resistencia ante una pérdida que nunca debió ocurrir.

La tragedia de James Hitchcock: un legado en el fútbol