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Francia e Italia: un clásico europeo en reconstrucción

Francia e Italia vuelven a cruzarse en la Nations League, pero el contexto ya no es el de aquellas noches de gloria compartida. El duelo entre dos gigantes históricos llega en un momento de transición para ambos, aunque con sensaciones muy distintas a cada lado de los Alpes.

En Francia, el cambio de era ya tiene nombre propio: Zinedine Zidane. Tras la eliminación en semifinales del Mundial 2026 ante España (2-0), el seleccionador que lo ganó todo como jugador tomó el relevo de Didier Deschamps y ha empezado su mandato con una hoja de ruta clara: solidez, control y victorias. De momento, pleno. Dos partidos, dos triunfos por 1-0 frente a Bélgica y Turquía.

No es un inicio espectacular en lo numérico, pero sí contundente en el mensaje. Francia manda en el Grupo 1 con seis puntos, aunque con un dato llamativo: ha generado menos goles y menos disparos que Italia. Aun así, la sensación es de equipo que sabe exactamente lo que quiere.

Zidane, pragmatismo y talento de sobra

La gran estrella, Kylian Mbappé, apunta a baja, pero el potencial ofensivo francés sigue imponiendo respeto. Michael Olise, Ousmane Dembélé y Désiré Doué ofrecen una mezcla de desequilibrio, velocidad y uno contra uno que muy pocas selecciones pueden igualar.

Las bajas no se detienen ahí. William Saliba e Ibrahima Konaté también están fuera, un golpe sensible para la zaga. Aun así, el fondo de armario francés permite mantener un nivel alto sin perder autoridad competitiva. Tercer país en el ranking mundial, jugando en casa y con un proyecto recién relanzado, Francia afronta el duelo con el papel de favorito muy marcado.

Las casas de apuestas lo reflejan sin matices: la victoria local se paga a 1.40, una cuota propia de un equipo que no solo aspira a ganar, sino a imponer jerarquía.

Italia, entre la nostalgia y la duda

Enfrente aparece una Italia que vive atrapada entre su peso histórico y su presente incómodo. Tres Mundiales consecutivos sin clasificación han golpeado la autoestima de una nación que se acostumbró a pelear por todo. Ese vacío ha devuelto al banquillo a Roberto Mancini, el técnico que levantó la Eurocopa en 2021 y que ahora intenta reconstruir un proyecto roto.

Su segundo ciclo ha arrancado con señales mixtas: derrota por 2-0 ante Bélgica y reacción con un 4-1 frente a Turquía. Dos partidos, dos caras. La cuestión es cuál de ellas se verá en París.

El talento individual existe, pero más disperso y menos intimidante que en otras épocas. Gianluigi Donnarumma, ahora en Manchester City, sostiene la portería. Alessandro Bastoni lidera la defensa de Inter, y Sandro Tonali aporta carácter en el centro del campo con Newcastle United. Nombres importantes, sí. Pero el gran problema de Italia no es quién juega, sino cómo juega.

Cuando el nivel del rival sube, la azzurra se descompone. Sus tres últimos encuentros ante selecciones situadas entre las 18 mejores del ranking se saldaron con tres derrotas y un balance demoledor: 9-1 en contra. Demasiado castigo para una camiseta que históricamente se alimentó de partidos grandes.

Un viaje incómodo al Stade de France

Visitar a la tercera selección del mundo en el Stade de France, con Francia en plena euforia por el nuevo ciclo de Zidane, es una prueba casi cruel para una Italia frágil. El recuerdo del título mundial de 2006, conquistado precisamente ante los franceses, contrasta con la realidad actual: hoy Italia llega como clara víctima.

Las cuotas lo subrayan: la victoria visitante se paga a 7.00. Es el tipo de cifra que retrata el momento de una selección. Hace dos décadas, un Francia–Italia era un cara o cruz. Hoy, el desequilibrio es evidente.

El partido, sin embargo, ofrece algo más que tres puntos de Nations League. Para Francia, es una oportunidad de confirmar que la era Zidane no solo suma resultados, sino también autoridad frente a los viejos colosos del continente. Para Italia, es casi un examen de conciencia: medir hasta qué punto puede seguir considerándose parte de la élite o si su declive ya es algo más que una mala racha.

En París no solo se juega un clásico. Se mide el presente de dos campeonas del mundo y, quizá, se asoma el futuro inmediato del fútbol europeo.