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Egipto e Irán: un duelo clásico en el Mundial

El descanso para la hidratación se anuncia y el estadio estalla… a medias. Los aplausos compiten con los abucheos, casi a la misma altura, como si nadie quisiera que esta batalla se detuviera ni un segundo. Sobre el césped, Egipto e Irán se reparten golpes con una intensidad que no entiende de pausas ni de jerarquías tradicionales. No hay potencias europeas ni sudamericanas, pero el ambiente es de gran noche mundialista.

El arranque es vertiginoso. En apenas un cuarto de hora ya ha pasado de todo: gol de Egipto, penalti fallado por Irán, respuesta inmediata del conjunto asiático y un ida y vuelta que no concede respiro. La presión es casi simétrica, cada ataque encuentra réplica al otro lado. Nadie se esconde.

La grada iraní marca el tono. Ruge con cada recuperación, se desata con cada avance y celebra casi con la misma pasión cada vez que la defensa frustra un intento egipcio en el área. No solo empuja en los ataques: disfruta defendiendo, saboreando cada despeje como si fuera media ocasión de gol.

El momento clave llega cuando Egipto, ya por delante en el marcador, se topa con un Irán que se niega a caer. El portero Mostafa Shobeir firma una parada extraordinaria, abajo a su izquierda, que parece desbaratar una ocasión clarísima. Pero la jugada no muere ahí. El balón queda vivo en el segundo palo y aparece Ramin Rezaeian, el hombre de moda del ataque iraní.

Casi sin ángulo, desde una posición que invita más al centro que al disparo, Rezaeian decide desafiar la geometría. Arma la pierna y suelta un latigazo ascendente que se cuela en la red desde una esquina imposible. Golazo. Partido encendido. El 1-1 hace justicia a lo que se ve sobre el campo y confirma el momento dulce del lateral, que ya había firmado un doblete ante New Zealand y suma así su tercer tanto en este Mundial, erigiéndose en máximo goleador de su selección en el torneo.

Egipto acusa el golpe, pero no se descompone. Irán, en cambio, huele la sangre y acelera. La sensación es de clásico instantáneo: dos gigantes de sus continentes, sin complejos, lanzados a por el partido desde el primer minuto. Y todavía queda mucho por contar.

New Zealand–Bélgica: una lección en las áreas

En el otro partido, el guion es distinto, pero la tensión es la misma. New Zealand sobrevive como puede ante una Bélgica que, esta vez sí, muestra otra marcha. Hay una energía diferente en el conjunto europeo, más dispuesto a correr, a mandar, a instalarse en campo rival.

Kevin De Bruyne se mueve con libertad, flotando entre líneas, apareciendo donde duele. Jeremy Doku cambia de banda, ataca por izquierda y por derecha, obliga a girar el cuello a los defensores. El resto del equipo mantiene la estructura, sólido detrás de los dos talentos encargados de romper el partido. Bélgica sabe cómo protegerse y, a la vez, cómo dejar que sus estrellas improvisen.

El primer gran punto de fricción llega con el videoarbitraje. Un balón impacta en el brazo de Finn Surman dentro del área. La primera decisión señala penalti. El suspense se instala. Pero la revisión muestra un detalle clave: el brazo está pegado al cuerpo, la pelota habría golpeado el costado. El colegiado rectifica. No hay pena máxima. Ni siquiera córner. Simple bote neutral para el guardameta. Bélgica protesta, el público murmura, la portería de New Zealand sigue viviendo de prestado.

La sensación, sin embargo, es que el gol europeo está al caer. Bélgica aprieta, acumula llegadas, obliga al rival a replegarse cada vez más cerca de su área. Y entonces, el castigo llega desde la pizarra… y desde un error básico.

Córner al segundo palo. El balón viaja alto, lento, anunciándose. Tim Payne, defensor de New Zealand, comete el pecado capital en este tipo de acciones: da la espalda al balón. Lo pierde de vista justo cuando más debería fijarlo. La pelota le rebota, descontrolada, y cae muerta en el área pequeña. Allí espera Leandro Trossard, que no perdona. Control mínimo, disparo máximo: remate potente al techo de la red desde muy cerca. 0-1.

Es un gol que duele porque resume una lección de manual: en los córners, el defensor nunca puede girarse, nunca puede dejar de ver al rival y al balón. Dion Dublin lo subraya desde la cabina: con la posición correcta, Payne habría despejado sin complicaciones. En lugar de eso, Bélgica celebra un tanto que llevaba varios minutos anunciando, sin que ni siquiera la pausa para la hidratación lograra enfriar su empuje.

El partido sigue, New Zealand se aferra a la esperanza y Bélgica insiste con esa nueva intensidad que la acerca, otra vez, a la etiqueta de aspirante serio. Entre errores puntuales y destellos de calidad, el Mundial va escribiendo sus propias jerarquías, lejos de los nombres de siempre, pero muy cerca de la emoción que define a los grandes torneos. ¿Quién se atreve ahora a decir que estos encuentros son de segundo plano?

Egipto e Irán: un duelo clásico en el Mundial