Steve Corica y su llegada a Yokohama F·Marinos: un nuevo reto
En el lobby del hotel, antes del primer viaje liguero, Steve Corica entendió de golpe dónde se había metido. Un directivo del club se le acercó con discreción, lo llamó “Gaffer” y le preguntó qué ropa y equipamiento personal necesitaría para la concentración. Al día siguiente, tras un trayecto relámpago en el tren bala con la plantilla, el técnico llegó a su habitación: su maleta ya estaba allí, enviada por adelantado.
Pequeño detalle, enorme mensaje. Esto es Yokohama F·Marinos, uno de los gigantes de la J-League, en la liga más potente de Asia después del millonario campeonato saudí. Aquí todo es grande. Y todo está pensado.
Un club a otra escala
“Todo es de otra escala… mucho más grande de lo que estamos acostumbrados”, admite Corica. No exagera. En la concentración de pretemporada en Miyazaki viajaron 75 personas: jugadores, cuerpo técnico, personal de oficina, directivos. Todos. Hasta el último eslabón de la cadena.
El australiano, que tiene a Danny Hay como asistente, se encontró con una estructura que multiplica la realidad de la A-League. Hay no es solo su número dos: bajo él trabajan cuatro entrenadores más. El club pone a disposición del cuerpo técnico recursos que en otros lugares son un lujo. Desde la logística hasta la alimentación, pasando por un staff amplio y especializado. Todo orientado a que no haya excusas.
En Miyazaki, a 1200 kilómetros de Tokio, se alojaron en un resort de alto nivel. Los aficionados se presentaban a diario en los entrenamientos. En el comedor, la escena era casi surrealista para ellos.
“Había tanta gente que teníamos que hacer dos turnos para la cena”, recuerda Corica. “Primero entraba el grupo principal, cuando terminábamos entraba otro, gente de oficina, otros empleados. Era una locura, y nos llevó tiempo aprender quién era quién”. Otro contraste: en los desplazamientos, cada jugador tiene su propia habitación. Nada de compartir.
Vida nueva en Yokohama
El periodista los encuentra en el centro de Yokohama, cerca del puerto y a un paseo del famoso Chinatown. Tras unas primeras semanas de hotel, Corica y Hay ya se han instalado en sus propios apartamentos. Se nota que se sienten cómodos.
“Nos encanta”, dice Corica. “La comida, el estilo de vida… la gente ha sido fantástica. Sabemos perfectamente que el reto es enorme, y por eso estamos aquí. Hay mucha expectativa en este club y vienen de unos años flojos. Llegamos con los ojos abiertos, sabiendo todo esto. Ahora se trata de darle la vuelta. De momento, va bien”.
Japón vibra con el fútbol. Desde el nacimiento de la J-League en 1993 y el impulso del Mundial 2002, el país ha levantado una estructura única: tres divisiones profesionales, 60 clubes, unos 1500 jugadores con contrato profesional. De ahí se alimenta la selección y la exportación de talento a Europa, que se ha disparado en la última década.
Para Corica y Hay, el salto desde la A-League es evidente. “Está en otro nivel”, resume Hay. El campeonato japonés se considera, junto al saudí y al coreano, la referencia del continente y suele aparecer entre las 15 mejores ligas del mundo. Eso se ve en todo: en las gradas, en las plantillas, en los salarios.
La suya es un buen ejemplo. Corica maneja un grupo de 34 futbolistas, sin contar cantera ni filial. “Cuando jugábamos 11 contra 11 en los entrenamientos [en la A-League], no nos sobraban muchos jugadores y a veces tirábamos del equipo reserva”, explica. “Aquí se quedan seis o siete fuera del partidillo, y aún tienes otros cinco lesionados o en rehabilitación”.
El ruido del idioma y el orden en el caos
El gran muro, al principio, no fue táctico. Fue lingüístico. Reuniones de equipo, charlas individuales, instrucciones en el entrenamiento, mensajes en pleno partido. Todo necesita traducción.
“Hay tres traductores designados y al menos un par más que pueden ayudar”, detalla Corica. “Hay jugadores que no entienden nada de inglés, y si quieres que el mensaje llegue, todo el mundo se pone en marcha”. El resultado: vestuarios y zonas técnicas llenas de gente, una especie de caos organizado.
En Auckland, Corica y Hay estaban acostumbrados a vestuarios con presencia muy limitada de personal. En Yokohama, el día de partido es otra historia: ayudantes que corren a la banda para traducir indicaciones, intermediarios que llevan mensajes a los suplentes que van a entrar. Mucho movimiento alrededor de la línea de cal.
La logística también marca diferencias. El equipo suele concentrarse en un hotel junto a la estación de Shinkansen de Yokohama. Desde ahí, tren bala a la ciudad del partido y otro hotel cercano. “Es mucho más cómodo que volar”, apunta Hay. Mientras tanto, el autobús oficial del equipo viaja la víspera para estar listo a la llegada de la expedición.
En el centro de entrenamiento, la organización roza el lujo. Un equipo de cocineros prepara el almuerzo diario: sopa de miso, barra de ensaladas, fruta y tres platos principales —pescado, pollo o ternera y pasta o fideos—. “Los jugadores pueden comer los tres”, comenta Hay entre risas. “A nosotros solo nos dejan dos porque nos miran y dicen: ‘No necesitan más’”. Nadie pasa hambre en Marinos.
Los entrenamientos abiertos congregan a varios cientos de aficionados. Las ruedas de prensa entre semana reúnen a 10-15 periodistas. En los partidos, el número se duplica.
La herencia de Ange y el vacío cultural
Yokohama forma parte del ADN de la J-League desde su fundación en 1992, pero la historia se remonta a 1972, cuando nació como Nissan Motors Football Club. El vínculo con el gigante del motor sigue vivo: la empresa continúa como accionista mayoritaria. El palmarés impresiona: nueve títulos de liga, cinco en la era J-League.
El recuerdo reciente es aún más poderoso. Con Ange Postecoglou, Marinos rompió una sequía de 15 años y se proclamó campeón en 2019. Luego llegó un subcampeonato en 2021. Kevin Muscat mantuvo la línea: campeón en 2022, segundo en 2023. Después, el desplome. Desde comienzos de 2024, cinco entrenadores distintos —incluidos los australianos Harry Kewell y Patrick Kisnorbo— y dos temporadas discretas, terminando novenos y decimoquintos.
Para el periodista japonés Wataru Funaki, la clave no es solo futbolística: “Perdieron la cultura fuerte que construyó Ange. Y llegaron jugadores de otros clubes que quizá no tenían la calidad. Steve Corica nos ha dicho que quiere hacer fuerte de nuevo esa cultura”.
Ese es el encargo. Corica sabe que no parte de cero, pero tampoco con una plantilla diseñada a su medida. “Tenemos buenos jugadores”, concede. Su primera misión, junto a Hay, ha sido clara: elevar el nivel físico y endurecer la mentalidad del grupo.
“Nos hubiera gustado tener más tiempo de pretemporada, pero estamos aprendiendo mucho”, reconoce Hay. “Estamos conociendo al staff, a los jugadores, su mentalidad, quién se compromete con la idea, en quién puedes confiar”.
Un adolescente irrumpe en escena
El australiano no tardó en dejar su sello. En el primer partido de liga alineó al centrocampista Shin Miidera, de 16 años, que se convirtió en el jugador más joven en disputar un partido inaugural de temporada en la J-League. No solo jugó: marcó. Y en la tercera jornada firmó el gol de la victoria ante Vissel Kobe, campeón en dos de las tres campañas anteriores.
“Tuvo una gran pretemporada”, recuerda Corica. “Dejé a un par de extranjeros en el banquillo y le di la oportunidad. Le resbaló todo como si nada. Es un jugadorazo, pequeño pero top”.
Hay subraya el mérito del técnico: “Nos han dicho que si Steve no estuviera aquí, Miidera quizá seguiría este año en el equipo sub-18”.
El debut soñado del chico no evitó un golpe duro en el estreno: derrota 4-3 tras ir ganando 3-1 en la segunda parte, ante 65.000 aficionados y un ambiente espectacular. “Fuimos muy buenos durante 60 minutos y luego se nos cayeron las ruedas”, admite Hay. Siete jugadores sufrieron calambres. Aviso físico, aviso mental.
La reacción llegó rápido. Triunfo 0-1 a domicilio la semana siguiente, victoria ante Kobe con una volea preciosa de Miidera y una sensación clara: Marinos empezaba a reconocerse. Tras ocho jornadas, el equipo es sexto en una tabla apretada, a cinco puntos del liderato y a un solo puesto de las plazas de Asian Champions League.
Una ciudad que engancha y una presión que no se esconde
Fuera del césped, la vida ayuda. Yokohama ofrece la energía de una gran metrópoli, pero sin la intensidad asfixiante de Tokio. “No me canso de esto”, confiesa Corica. “Es muy diferente a lo que estábamos acostumbrados y mira lo que tenemos a la vuelta de la esquina. Bajas dos minutos al metro y en 45 minutos estás en Shibuya. Es fantástico”. El único pero es el de siempre para un técnico expatriado: la familia queda lejos. “No puedes escaparte a Sídney de un salto”.
En la grada, la paciencia tiene límites. La afición de Marinos está acostumbrada a pelear por títulos. Funaki, que sigue al club de cerca, percibe buenas señales: “He visto una buena reacción de los hinchas. Creo que es el mejor entrenador para reconstruir el equipo. Es muy realista y tiene gran experiencia, sobre todo en Auckland FC, donde levantó un club desde la nada”.
Desde los despachos, Corica y su staff cuentan con un cierto margen. Todos entienden que hay mucho trabajo por delante tras dos años de turbulencias. Ese colchón, sin embargo, no será eterno.
“Siguen teniendo expectativas”, reconoce el entrenador. “Quieren entrar en Champions League este año, y va a ser difícil. Lo estamos disfrutando, pero al final todo se reduce a los resultados, y por eso te juzgan. Somos conscientes… ahora se trata de poner en marcha al equipo”.
El tren bala ya va lanzado. Falta saber si este nuevo Marinos tiene combustible para volver a la cima o si el proyecto de Corica quedará como otra estación de paso en un gigante que no se conforma con mirar el pasado.






