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La Copa de la Liga y Everton: una historia de fracasos

La Copa de la Liga y Everton nunca han hecho buenas migas. Más bien al contrario. Desde que el torneo nació en la temporada 1960-61, el club de Goodison Park solo ha pisado dos finales… y perdió ambas. Primero ante Aston Villa en 1977, en una eliminatoria interminable que necesitó tres partidos y se decidió en el último minuto de la prórroga del tercero. Después, frente a Liverpool en 1984. Dos oportunidades, dos cicatrices.

Los años 90 no arreglaron nada. Al contrario: dejaron algunas de las noches más sonrojantes del club en el torneo, con eliminaciones ante rivales de categorías inferiores como Portsmouth, Millwall, York y Oxford. Tropiezos que aún se recuerdan cada vez que el sorteo empareja a Everton con un equipo de fuera de la élite.

Desde aquella final de 1984, solo tres veces han alcanzado las semifinales. La última, en 2016, acabó con otro golpe: un 3-1 a favor en el global ante Manchester City que se esfumó entre las manos. En la década posterior, el techo ha sido tres cuartos de final. Demasiado poco para un club de su tamaño. El dato que más duele: en cuatro de las últimas cinco temporadas no han pasado de tercera ronda, y en cinco de las últimas ocho han caído en los penaltis.

Con este historial, la pregunta se impone sola: ¿por qué este año debería ser distinto?

Un viejo duelo en un nuevo contexto

La visita a Preston este miércoles llega con cámaras de Sky pendientes de cada detalle. No es casualidad. Huelen posible sorpresa. Y, después de las llamativas declaraciones de David Moyes, parte de la afición de Everton también.

El técnico dejó caer una especie de elección binaria entre avanzar en la copa o asegurar la permanencia en la Premier League. Un mensaje que muchos hinchas han interpretado como una rebaja pública de ambición. Y eso, en un club hambriento de alegrías, escuece.

Sobre el papel, Everton tiene argumentos para tomarse el torneo en serio. No juega competición europea, así que la plantilla debería tener margen para absorber partidos extra. Un buen recorrido copero puede encender el vestuario, contagiar confianza y arrastrarla al campeonato doméstico. La inercia cuenta. Y mucho.

Pero el recuerdo de la temporada pasada pesa. Moyes tiró por la borda una opción clara de meterse en cuarta ronda con una batería de rotaciones en el campo de Wolves, un equipo que llegaba con cinco derrotas en sus seis primeros encuentros. Everton se marchó eliminado y con la sensación de haber regalado la noche. Sus palabras de esta semana apuntan a un guion similar. Otro experimento, otra alineación alternativa. Si el resultado no acompaña, parte del buen clima generado por la victoria en el debut liguero ante Crystal Palace se puede evaporar en una sola noche.

Preston, un clásico que quiere ruido

El cruce tiene aroma antiguo. Preston v Everton es uno de los enfrentamientos más viejos del fútbol inglés, pero casi ha desaparecido del mapa desde que el color llegó a la televisión. Ambos fueron miembros fundadores de la Football League en 1888. Preston firmó entonces una gesta histórica: ganó la primera liga y la FA Cup, completó el doblete doméstico y lo hizo sin perder un solo partido de liga. De ahí nació el apodo de los “Invincibles”, un logro que solo ha igualado Arsenal en 2004.

Aquel Preston dominador encadenó otro título liguero al año siguiente y tres subcampeonatos consecutivos poco después. Después, la fuente de grandes trofeos se secó. Solo una FA Cup en 1938 rompió la sequía. Aun así, el club se mantuvo como habitual de la máxima categoría hasta su descenso en 1961. Aquella temporada dejó otra marca: fue la última vez que Everton disputó un partido oficial en Deepdale.

Desde entonces, apenas dos duelos, ambos en Goodison y con el mismo marcador: 2-0 para Everton, en FA Cup y en la propia Copa de la Liga.

El sueño del regreso a la élite se ha escapado a Preston por poco en dos ocasiones recientes, con derrotas en las finales del play-off de ascenso en 2001 y 2005. La primera, con un protagonista que hoy se sienta en el banquillo rival: David Moyes. Antes de aterrizar en Everton, el escocés pasó cinco años como jugador y cuatro como entrenador en Preston, al que llevó al ascenso a la entonces Division One —actual Championship— en 2000 y a la final del play-off un año más tarde.

La ironía no termina ahí. El actual recorrido copero de Preston ya tiene un guiño a Everton: su victoria en primera ronda ante Huddersfield llegó en Goodison Park, ya que el césped de Deepdale no estaba listo. Desde entonces, el equipo ha encadenado dos derrotas ligueras, ante Bolton y Wolves. Llega herido, pero con la Copa como vía rápida para cambiar el ánimo.

El último precedente

Hay que retroceder hasta el 27 de octubre de 2004 para encontrar el último cara a cara entre ambos. Aquella noche, Everton se impuso 2-0 a Preston en tercera ronda de la Copa de la Liga, con goles de Lee Carsley y Marcus Bent. Dos nombres que sitúan la eliminatoria en otra época, pero que recuerdan que el favoritismo, históricamente, ha caído del lado de los de Liverpool.

Rotaciones sí, pero ¿cuántas?

Moyes prepara cambios. Eso se da por hecho. La cuestión es cuán profundo será el giro respecto al once de liga, y ahí es donde la paciencia de la grada se pone a prueba.

Tyler Dibling, Carlos Alcaraz, Beto, Brennan Johnson y Jake O'Brien apuntan a tener opciones reales de entrar en el equipo. Nombres que pueden aportar energía fresca, piernas y un punto de hambre competitivo, pero que también pueden convertir el partido en un ejercicio de encaje si la estructura colectiva se resiente.

La memoria reciente no ayuda. Tras lo vivido en Wolverhampton la temporada pasada, muchos aficionados miran cualquier rotación masiva con recelo. No es solo una cuestión de nombres, sino de mensaje: ¿la Copa es una oportunidad o un estorbo?

La respuesta de Moyes

El propio técnico quiso defenderse con contundencia cuando se le cuestionó por su enfoque hacia los torneos coperos:

«Esta es una pregunta que todos los periodistas hacen a todos los entrenadores y, en cierto modo, pienso: “¿Son esos periodistas medio tontos? ¿Creen que ningún entrenador quiere ganar las copas?”».

Y lanzó su dilema al entrevistador:

«Si yo te preguntara: “¿Sería más importante que mantenerse en la Premier League?”, ¿cuál sería tu respuesta? Tu respuesta contestará a medias tu propia pregunta».

Después, remató la idea:

«No se me ocurre ningún entrenador que no quiera una buena racha en una competición de copa».

Sus palabras no han calmado precisamente el debate. Para una parte de la grada, la dicotomía entre supervivencia liguera y ambición copera no debería ni plantearse en público. Para otra, el pragmatismo es inevitable en un club que ha coqueteado demasiado con el descenso.

Una noche cargada de tensión

Lo que sí parece claro es que la interpretación de esas declaraciones ha tocado nervio. Ha molestado a muchos hinchas y, de rebote, ha subido la presión sobre el propio equipo. El margen de error se estrecha. Una eliminación ante un rival de categoría inferior, con cámaras nacionales pendientes y con el pasado reciente de la Copa de la Liga como telón de fondo, no se vería como un simple tropiezo de agosto. Sonaría a déjà vu.

Everton llega con el impulso de su triunfo inaugural ante Crystal Palace. Preston, con dos derrotas ligueras seguidas. El guion lógico apunta a los de Moyes. Pero la Copa de la Liga, y la historia de este club en ella, rara vez han seguido la lógica.

La sensación en el ambiente es clara: hay nervios. Y, con ese pasado a cuestas, quizá no sea para menos.