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Celtic cae ante LASK: el colapso de un equipo en crisis

Callum McGregor salió del vestuario con fuego en la mirada y hielo en la voz. Había vivido muchas noches europeas humillantes con Celtic, pero pocas veces se le había escuchado así. Llamó a sus propios compañeros “pasivos” y “asustados” tras el derrumbe histórico ante LASK. Y dejó una frase que sonó a ultimátum: “Ahora veremos de qué está hecha la gente”.

No fue un exabrupto. Fue un veredicto.

Un 4-0 que se convirtió en pesadilla

La noche empezó como un sueño. McGregor abrió el marcador con un disparo desviado y Celtic se colocó 4-0 arriba en el global. LASK había arrancado con brío, tuvo ocasiones en Glasgow y volvió a tenerlas en los primeros minutos en Linz. Y, sin embargo, se veía cuatro goles abajo.

Parecía el golpe definitivo al estómago del equipo austríaco. ¿Cuántos golpes puede encajar un rival antes de rendirse? Muchos más de los que Celtic imaginó.

Porque el equipo escocés les tendió la mano. Y luego les abrió la puerta. Y al final, prácticamente les acompañó hasta el vestuario.

El primer temblor llegó con una acción que retrató el cambio de ánimo. Un pase absurdamente blando de Benjamin Nygren, sin presión, directo al rival. De ahí nació el 1-1 de la noche. Minuto 32. En el global, 4-1 para Celtic… y, sin embargo, ya se intuía el miedo.

Sonaba a locura, pero era real: con 4-1 en la eliminatoria, Celtic no parecía cómodo.

Miedo, piernas de gelatina y un colapso total

Tres minutos después del descanso, el segundo mazazo. Auston Trusty fue superado con una facilidad alarmante, literalmente apartado del balón. 4-2 en el global y las piernas empezaron a temblar de verdad.

Trusty fue un problema constante. No el único, pero sí un foco de debilidad que LASK atacó una y otra vez.

Diez minutos más tarde, llegó el tercero de los locales. A esas alturas, demasiadas piezas de Celtic ya estaban en modo pánico. El derrumbe, que al principio parecía lento, empezó a acelerarse.

Camilo Duran, héroe del primer partido, desapareció. Kasper Høgh corrió, presionó, pero sin peso real en el juego. Los pases se perdían, las ideas también. Celtic se quedó sin brújula. Era un equipo sin dirección, atrapado en su propia ansiedad.

Ni siquiera McGregor, habitualmente el hombre que ordena el caos, logró apagar los incendios. Intentó sujetar al equipo, pero la tensión lo devoró todo.

En la banda, Martin O’Neill envejecía a ojos vista. Él mismo lo admitiría después: una de las peores noches de su carrera. Asumió la responsabilidad, pero no puede cargar solo con ella.

Su reacción fue vaciar el banquillo en un intento desesperado de frenar la sangría: cinco cambios en doce minutos. No cambió nada. Ni el ritmo, ni la dinámica, ni la sensación de que el partido se les escapaba entre los dedos.

Un asedio sin respuesta

El dato lo resume todo: Celtic no realizó un solo disparo a puerta en toda la segunda parte ni en la prórroga. Estaba en el campo como un hombre colgado de un precipicio, agarrado a una roca que se resquebraja. Solo había una forma de que aquello terminara.

El cuarto de LASK llegó en el minuto 90, pero hacía tiempo que se mascaba. Para entonces, los austríacos ya sumaban 33 disparos, camino de los 40 con los que cerraron la noche, después de los 20 que habían intentado en Glasgow. Un asedio en toda regla.

Cameron Carter-Vickers cojeaba, Høgh también. Y ante las oleadas finales, Celtic se defendía con una zaga improvisada: Anthony Ralston, Dane Murray, Trusty y Liam Scales. Esa era la línea defensiva en un partido que valía cerca de 40 millones de libras.

El quinto tanto fue casi un acto de misericordia. Otro error grosero, esta vez de Luke McCowan, en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Como Nygren. Como Trusty. Otro regalo, otra decisión fatal. Y adiós a la Champions League.

El encuentro se arrastró hasta el final. LASK aún falló un penalti para el 6-1. Hubo tiempo para que Miguel Freckleton, recién llegado de St Mirren, se colara en el área de Celtic con una facilidad que rozó lo caricaturesco. Por momentos, pareció una estrella consolidada. No lo es. Pero que lo pareciera, aunque fuera por unos minutos, también dice mucho.

Las viejas heridas, otra vez abiertas

Celtic terminó la noche descompuesto. Asustado, superado físicamente, derrotado en cada duelo. El equipo que en Glasgow había deslumbrado con goles y atrevimiento se reveló como un espejismo que ocultaba fragilidades mentales profundas.

Nadie podía imaginar un derrumbe así con 4-0 a favor. O quizá sí, si se repasa la hemeroteca europea del club.

McGregor lo ha visto todo. Estuvo en la eliminatoria contra Kairat Almaty, cuando Celtic pasó 210 minutos sin marcar y luego falló tres de cinco penaltis en la tanda. Sufrió el 7-1 contra Borussia Dortmund y el 6-0 ante Atlético de Madrid. Vivió la caída en el play-off de Champions contra Midtjylland y los dos 4-1 frente a Sparta Praga en la Europa League. También las eliminaciones previas ante Ferencváros, AEK Athens y Cluj. Y, más atrás aún, el 7-1 frente a PSG y el 7-0 contra Barcelona.

Lleva casi una década siendo el mejor jugador del equipo, levantando trofeos y acumulando cicatrices.

Pero pocas veces se le había visto tan furioso como en Linz. No levantó la voz. No lo necesitó. Habló con calma, y eso hizo que sus palabras pesaran más. Estaba indignado por otra eliminación, por ver a compañeros paralizados cuando el partido pedía carácter, por la sensación de orgullo profesional pisoteado en directo.

Un club que no hizo los deberes

El análisis es tan evidente como incómodo. Celtic necesita un lateral izquierdo suplente para Kieran Tierney. No lo tiene. Necesita, con urgencia, un mediocentro con físico, presencia, jerarquía. Un jugador que no se deje intimidar como el equipo se dejó intimidar en Austria. Tampoco lo tiene.

Se han hecho buenos fichajes, sí, pero insuficientes. El balance del mercado estival es positivo en lo económico. Y ahí aparece la palabra prohibida: ambición.

Cuando un club termina un partido de este calibre, con este botín económico en juego, con una defensa formada por Ralston, Murray, Trusty y Scales, el mensaje es inequívoco: no se ha trabajado bien. Ni en la planificación ni en la ejecución. Ni en el césped ni en los despachos.

Cada una de las derrotas europeas recientes ha tenido un coste enorme, no solo financiero, también en autoestima. Se creía que el club había dejado atrás la etapa de Kairat, Midtjylland, Ferencváros, Cluj y AEK Athens como verdugos inesperados.

Sin embargo, la realidad es otra. El tablero de la Champions League vuelve a estar lleno de tachones, de proyectos interrumpidos, de noches que dejan huella.

Y ahora, increíblemente, otro nombre se suma a esa lista: LASK.