La capitana de Israel promete revancha contra Irlanda: "Somos diez veces mejores"
La noche en el Nagyerdei Stadion dejó un marcador claro y un pospartido aún más ruidoso. Irlanda arrolló a Israel en la Nations League con una primera parte feroz y una declaración de intenciones que se tradujo en el césped: goles de Troy Parrott, Adam Idah y Jack Moylan en el tramo inicial y un encuentro prácticamente sentenciado antes del descanso.
Pero el eco del partido no llegó solo desde el césped. Llegó, sobre todo, desde el vestuario israelí.
Irlanda golpea pronto, Israel se descompone
El plan irlandés fue sencillo y despiadado: intensidad máxima desde el primer minuto. La presión alta, las segundas jugadas y la verticalidad de los hombres de ataque desbordaron a una selección israelí que nunca encontró su sitio.
Parrott abrió el marcador, Idah amplió la ventaja y Moylan puso la guinda a un tramo de dominio absoluto de los Boys in Green. En ese lapso, Irlanda no solo marcó; impuso jerarquía, ritmo y carácter. Israel, en cambio, acusó el contexto, la tensión y la carga emocional que rodea a cada una de sus apariciones recientes.
Mientras el marcador se inclinaba de forma contundente, sobrevolaba otra historia: la propia decisión de Irlanda de jugar el encuentro.
Un vestuario irlandés dividido antes de salir al campo
Horas antes del pitido inicial, la selección irlandesa había tenido su propio partido, a puerta cerrada. Los jugadores votaron el sábado por la mañana si disputar o no el encuentro. La mayoría optó por jugar. Una minoría significativa se posicionó en contra.
Ni la FAI ni el seleccionador Heimir Hallgrimsson han hecho público el número exacto, pero los informes hablan de entre seis y ocho futbolistas opuestos a saltar al césped. Un dato que ilustra el clima de tensión y debate interno que rodeó la preparación del choque.
Esa fractura no se notó en el arranque. Irlanda salió unida en el campo, concentrada, implacable. El marcador lo certificó.
Lo que venga ahora dependerá también de cómo evolucione esa conversación dentro del grupo. No está claro si futuras discusiones entre los jugadores podrían cambiar posturas de cara a los próximos compromisos.
Manor Solomon: orgullo, rabia y una promesa
Tras el pitido final, la figura que acaparó los focos no fue un goleador irlandés, sino la capitana de Israel, Manor Solomon, futbolista del West Ham en la Championship, con pasado en Tottenham y Leeds United.
Su análisis del partido fue rápido. Su mirada, directamente puesta en la revancha.
“Estoy esperando el próximo partido contra ellos, será un partido completamente diferente”, lanzó, sin rodeos.
Y después llegó el mensaje que encendió la mecha:
“Ellos no me interesan. Tenemos un país diez veces mejor que el suyo, más fuerte, un país increíble con gente increíble. Estamos orgullosos de llevar la camiseta del equipo y de ser israelíes. Estamos orgullosos de nuestro Estado y de nuestros soldados”.
Solomon no rebajó el tono.
“Pueden hacer todos sus trucos. Somos israelíes y amamos el país. Y eso siempre será así. Si digo lo que pienso de ellos, probablemente me suspenderían unos cuantos partidos. Obviamente ellos nos odian. Nosotros no los queremos”.
Palabras duras, cargadas de orgullo nacional y de resentimiento deportivo, que convierten el próximo duelo en algo más que un simple partido de la Nations League.
Ran Ben Shimon asume la culpa
Mientras su capitana miraba ya a Serbia con espíritu de revancha, el seleccionador Ran Ben Shimon optó por otro registro. Más frío, más autocrítico.
“Enorme decepción, la culpa es mía”, reconoció. “Pensé que nos habíamos preparado bien. No lo hicimos”.
Su lectura fue clara: el equipo no soportó el peso del momento.
“No manejamos bien la presión, esto es muy evidente. No entendimos lo que llevábamos sobre los hombros; fallamos mental y tácticamente”.
Israel no solo perdió un partido. Perdió el control emocional en los momentos clave, se vio superada por el contexto y por un rival que sí supo convertir la tensión en energía competitiva.
Un calendario apretado y una revancha cargada de tensión
El calendario no espera. En unos días, Israel volverá a verse las caras con Irlanda, esta vez en Serbia, mientras que los irlandeses tienen entre medias una cita con Austria en Dublín. Todavía hay interrogantes sobre el encuentro previsto en Backa Topola, con dudas que planean sobre la organización y el contexto del choque.
Ben Shimon lo sabe: no hay tiempo para lamentos.
“En unos días hay otro partido contra Irlanda y hay un partido con Kosovo. Tenemos que encontrar la energía para despertarnos, levantarnos de nuevo, intentar manejar la presión de otra manera”.
El mensaje es casi una súplica interna: resetear, recomponer la cabeza y competir.
Del otro lado, Irlanda llega con confianza, pero también con un vestuario que no está alineado al cien por cien en todo lo que rodea a estos compromisos. La votación previa al partido abre una grieta silenciosa que podría reaparecer en cualquier momento.
En el césped, sin embargo, la historia fue otra: un equipo que pegó primero, fuerte y tres veces. Y una rival que ahora promete que “será un partido completamente diferente”.
La Nations League no suele regalar grandes relatos. Esta vez, entre goles, votos internos y declaraciones incendiarias, la próxima cita entre Irlanda e Israel ya parece algo más que un simple partido de grupo.






