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Bruno Guimarães: Del rechazo a la gloria en Arsenal

Bruno Guimarães ya no espera llamadas. Ahora las provoca.

Hace seis años y medio, en Curitiba, pasaba noches en vela pegado al teléfono. Había dominado el centro del campo de Athletico Paranaense y tenía la cabeza —y el corazón— puestos en un traspaso que prometía cambiarle la vida: Atlético de Madrid. Había un acuerdo de 26 millones de libras en marcha. Tanto, que se despidió entre lágrimas contenidas de la hinchada del Furacão tras un 1-0 ante Santos. Llegó la Navidad, se abrió oficialmente el mercado de enero… y el futuro seguía en el aire.

Atlético dudaba. Benfica ya había puesto una oferta sobre la mesa. Y entonces apareció un tercer nombre, anunciado por el presidente Mario Celso Petraglia: Arsenal.

El tren que pasó… dos veces

Edu, director técnico del club londinense, llevaba tiempo siguiendo la explosión de Guimarães: cuatro títulos con Athletico, incluida la Copa do Brasil y la Copa Sudamericana. Había una convicción clara y un acercamiento directo a sus agentes. Lo que no había era dinero suficiente.

En ese vacío irrumpió Lyon, empujado por una figura que para Bruno no era cualquiera: Juninho Pernambucano. El mito brasileño se sentó frente al mediocentro de 22 años y le lanzó una promesa sencilla, pero demoledora: si firmaba por Lyon, podía convertirse en uno de los mejores mediocentros del mundo.

Juninho sabía de lo que hablaba. Había ganado títulos con Vasco da Gama antes de hacer historia en Francia. Para Guimarães, que lo tenía como ídolo, su palabra pesaba tanto como un contrato. El brasileño, vascaíno confeso, seguía de cerca a su club del alma hasta el punto de acudir, el pasado 26 de julio, a un 1-1 de Vasco contra Mirassol. Ese vínculo con sus raíces no se negocia.

Lyon cerró el acuerdo por 17,1 millones de libras. En su presentación, ya como internacional sub-23 de Brasil, Guimarães no se mordió la lengua al mirar atrás hacia el Atlético de Madrid: “Nadie me llamó”, disparó. El club que un día lideró la carrera por su fichaje terminó lamentando haber levantado el pie del acelerador.

De Lyon a Newcastle, con Arsenal mirando de reojo

Dos años después, el siguiente gran giro de guion se escribió lejos de Europa. El reconocimiento médico de Guimarães con Newcastle tuvo lugar en su propia tierra, mientras estaba concentrado con la selección brasileña. Otro símbolo de su crecimiento: ya no era una promesa de Curitiba, sino un internacional consolidado.

Arsenal, de nuevo, rondaba la operación. Pero esta vez tampoco pudo competir. Tras haber invertido el verano anterior en dos centrocampistas, Martin Ødegaard y Albert Sambi Lokonga, el músculo financiero de los Magpies resultó inalcanzable.

El coste de esa renuncia llegó pronto y dolió. En mayo, Guimarães marcó y brilló en el 2-0 de Newcastle ante Arsenal, una derrota que dejó a los de Mikel Arteta sin Champions con solo una jornada por jugarse. Desde entonces, el brasileño convirtió cada duelo contra los londinenses en un desafío personal. No solo les ha hecho daño con balón: ha ganado más duelos ante su nuevo club (71) que frente a cualquier otro rival de la Premier League. Un tormento recurrente… que ahora cambia de bando.

Un carácter forjado a base de “no”

Detrás del fichaje de 75 millones de libras hay una historia de orgullo y cicatrices. Guimarães solo ha ido, a lo largo de su carrera, donde se ha sentido verdaderamente deseado. Esa convicción nace de una infancia a base de portazos en Río de Janeiro.

Se enamoró del fútbol sala, pero no superó las pruebas en Fluminense ni en Botafogo. Cada rechazo dolía. Su padre, Dick, pieza clave aún hoy en su representación, se tragaba 269 millas de carretera cada fin de semana para verlo jugar con Audax en Osasco, en el estado de São Paulo. El sacrificio venía acompañado de una disciplina muy particular. Si Bruno perdía, el menú era un sándwich de jamón y queso con zumo. Si ganaba, podía elegir lo que quisiera comer. El mensaje era directo: el esfuerzo y la victoria tenían recompensa.

Aquellos viajes, aquellas comidas condicionadas por el resultado, siguen tatuados en su memoria. Literalmente, los lleva grabados en la espalda. Y no es el único símbolo que arrastra desde casa.

El número 39, el dorsal que está a punto de lucir en Arsenal, era el número del taxi de su padre en Río. Ese mismo coche que hacía de transporte familiar hacia los partidos de un niño que soñaba con vivir del balón. El número se convirtió en una firma, en una marca, en una promesa.

El dorsal, el destino y la tercera oportunidad

En Londres, la historia del 39 también tuvo su propio capítulo previo. Louie Copley, joven talento de la academia gunner, había llevado ese dorsal en entrenamientos y partidos en las últimas semanas. Sufrió una grave lesión de rodilla en el amistoso de mitad de semana ante Real Betis y, en la web del club, ya figura ahora como número 38. Un simple cambio en una lista oficial, pero que abre paso a algo mucho más cargado de significado para el brasileño.

Arsenal ya había dejado escapar a Guimarães dos veces. Primero cuando apareció Lyon, después cuando Newcastle impuso su chequera. Arteta, esta vez, no estaba dispuesto a contemplar un tercer fallo. El técnico español llevaba años imaginando a ese mediocentro en el corazón de su equipo.

Las negociaciones se alargaron, el culebrón amenazó con cansar a todos, pero la dirección era única. Arsenal había decidido que, por fin, era el momento de ir hasta el final.

El club que un día dudó ahora paga 75 millones de libras por el mediocentro que tantas noches le ha amargado. El jugador que solo ficha por quien le demuestra cariño encuentra en el norte de Londres un proyecto que le ha perseguido durante media década.

Tercera ocasión. Esta vez, Arsenal no mira el teléfono. Firma a Bruno Guimarães y le entrega el 39 que un día recorrió las calles de Río en el techo de un taxi. Ahora, ese número empezará a escribir su propia ruta por la Premier League.