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Arsenal inicia defensa del título con un Ødegaard renacido

La Premier League vuelve a rugir y Arsenal ha decidido regresar sin dramas, sin suspense y casi sin despeinarse. 3-0 a Coventry en el estreno, una tarde que se pareció más a una prueba de sistema que a un examen serio. Como si el campeón hubiera salido al césped a actualizar el software, a comprobar que todo sigue en su sitio.

Retener un título siempre se vende como una tortura competitiva. Lo fue ganarlo. Lo será repetirlo. Pero el plan de Arsenal, a juzgar por este inicio, pasa por algo muy sencillo: ganar la liga, pero ganarla mejor. Que los partidos duelan menos. Que sean menos caóticos. Que el aficionado pueda ver 3.000 horas de fútbol sin que cada una de ellas le suba el pulso.

Un 3-0 sin sobresaltos

El duelo ante Coventry se resolvió con una comodidad que pocas veces se vio en las dos últimas temporadas. El rival se vio desbordado, enfrentado a una máquina más rápida, más precisa, mejor en cada giro del engranaje. Por momentos, el encuentro pareció un entrenamiento televisado.

El primer golpe llegó al cuarto de hora, una jugada de tres toques de alta gama. Christos Tzolis recuperó con una entrada limpia junto a la banda derecha y entregó a Riccardo Calafiori. El central lanzó un pase raso, duro, cruzando la frontal hacia Kai Havertz. La definición del alemán fue pura seda: volea de zurda, de primeras, con una calma insultante, como si estuviera en el salón de casa con zapatillas de piel hechas a medida.

Poco después llegó el 2-0. Coventry ya estaba hundido en su propio ritmo, siempre un segundo por detrás. Declan Rice rompió líneas con una conducción agresiva, el tipo de carrera que cambia la jugada. Y ahí apareció Martin Ødegaard, con lo que mejor sabe hacer: un toque corto, casi un susurro de pase, que abrió el ángulo hacia la banda y permitió el centro definitivo. El pase que habilita el pase. El lubricante del sistema.

Ødegaard, de vuelta a sí mismo

Sin un gran fichaje ofensivo que acaparara portadas, todas las miradas apuntaban a Ødegaard. La pregunta era sencilla: ¿podía volver a ser él mismo tras una temporada marcada por los problemas físicos?

Ante Coventry, la respuesta empezó a tomar forma. 75 minutos, 72 toques, 55 pases cortos, siempre disponibles, siempre cosiendo el juego. El noruego volvió a ser ese pequeño sabueso hiperactivo, un mecanismo de presión constante, un lector de espacios que ve la jugada un segundo antes que el resto.

Su gol, el tercero, llegó en el minuto 48. La construcción fue puro Ødegaard: conducción desde detrás de la línea de ataque, tirando del hilo, eligiendo el momento exacto. Pase retrasado y medido a Ben White, desmarque suave hacia la zona libre. Y entonces, el remate.

El disparo fue casi cómico. Ødegaard tiene una forma extraña de golpear a veces, acercándose al balón de lado, pegándole con un ángulo raro, como un puntapié potente y torcido. Esta vez falló el golpe limpio delante del portero, pero la pelota salió flotando, con una parábola extraña, hacia la izquierda de Carl Rushworth. El guardameta se estiró tarde, manoteando al aire como un gato que intenta atrapar una sombra en la pared.

Ødegaard se rió mientras celebraba, consciente de la estética discutible del gol. Pero la alegría era auténtica: era su primer tanto en el Emirates desde diciembre. Y lo que rodeó a ese momento importó tanto como el propio disparo.

La vieja sociedad con Saka despierta

Entre el gol y el resto de su actuación asomó otro detalle clave para el futuro inmediato de Arsenal: el reencuentro futbolístico con Bukayo Saka. Justo antes del descanso, ambos encadenaron una pared tras otra, seis o siete toques entre ellos, hasta liberar a Rice en la frontal para un disparo que se marchó rozando el palo.

Esa secuencia olió a tiempos mejores. A la versión más fluida del equipo. Ødegaard y Saka compartieron algo que escasea en la élite: un sentido del juego casi lúdico, la sensación de que disfrutan de la conexión, de inventar sobre la marcha dentro de un sistema perfectamente mecanizado.

En una tarde fresca en el norte de Londres, con ese aire de “Classic Barclays” en el ambiente, Arsenal encontró exactamente lo que necesitaba: tres puntos sin sobresaltos, piernas frescas y a su capitán volviendo a parecerse al jugador que sostenía el plan.

Si este fue solo el modo demo, ¿qué aspecto tendrá el equipo cuando apriete de verdad el acelerador?