Últimos días de Maradona: resignación y negligencias médicas
Diego Maradona pasó sus últimos días postrado, hinchado por la acumulación de líquidos y, según el testimonio de quien lo atendía a diario, casi rendido ante lo inevitable. La imagen la trazó este jueves en el juicio su masajista, Nicolás Taffarel, y golpeó fuerte en la sala: el ídolo que había desafiado al mundo ya no quería levantarse de la cama.
“Diego no se levantaba, no quería comer, no quería bañarse, no quería ocuparse de su higiene personal”, declaró Taffarel, visiblemente quebrado, ante el tribunal que investiga las circunstancias de la muerte del campeón del mundo de 1986.
El masajista aseguró que, en ese contexto, pidió con insistencia una presencia más constante del equipo médico. Lo hizo, según se escuchó en un audio reproducido en la audiencia, reclamando visitas “todos los días” para controlar al paciente más famoso del país. Siete profesionales de la salud están sentados en el banquillo desde mediados de abril, acusados de una posible negligencia que podría haber contribuido al desenlace fatal de 2020.
Taffarel explicó que no se quedó callado. Que vio cosas y las reportó. “Informé los problemas que observaba en él, pero no vi acciones concretas ni una resolución rápida”, señaló, al borde de las lágrimas al recordar esos días. Habló de un Maradona “hinchado”, con las piernas claramente edematizadas. Una alarma encendida a simple vista.
Según su relato, la respuesta que recibía era siempre tranquilizadora. “Los médicos me decían que me calmara, que esos síntomas iban a pasar. Cuando estás ansioso, confiás en ellos; te decís que va a pasar, que todo se va a acomodar. Pero no pasó”, resumió, con una frase que resonó como reproche y lamento a la vez.
La escena del 24 de noviembre, la víspera de la muerte, quedó grabada en su memoria. Taffarel contó que intentó sacarlo de la cama con un gesto cotidiano, casi íntimo: invitarlo a tomar mate. Un ritual que, en la vida de Maradona, siempre había sido sinónimo de charla, de compañía, de rutina.
La respuesta lo descolocó. “Me dijo: ‘No quiero nada, Taffita, ya está’. Le pregunté: ‘¿Cómo que ya está?’ y me respondió: ‘Nada, ya está’”, relató el masajista, citando palabra por palabra ese “ya está” que en la jerga argentina puede significar tanto “está todo bien” como “se terminó”. En la boca de Maradona, ese matiz sonó a despedida.
Al día siguiente, el 25 de noviembre, Diego Armando Maradona murió solo, en la cama, a los 60 años, por una insuficiencia cardíaca y un edema agudo de pulmón, un cuadro en el que el líquido se acumula en los pulmones y compromete gravemente la respiración. Apenas habían pasado dos semanas desde la operación a la que se había sometido.
En el banquillo, los siete imputados —médicos de distintas especialidades y personal sanitario— se enfrentan a posibles penas de hasta 25 años de prisión. Todos niegan cualquier responsabilidad penal en la muerte del ex capitán de la selección argentina. La mayoría se ampara en un argumento común: su rol era acotado, específico, sin relación directa —sostienen— con las causas clínicas que terminaron con la vida de Maradona.
El proceso judicial, seguido con atención en Argentina y fuera de ella, avanza lento. Entre pericias, testimonios y cruces entre las defensas, el juicio amenaza con extenderse más allá de este mes. Mientras tanto, la figura de Maradona vuelve a quedar expuesta, no ya en la cancha, sino en una cama, rodeado de dudas, silencios y decisiones médicas que ahora se juzgan con lupa.






