Tielemans lidera remontada épica de Bélgica en el Mundial
Youri Tielemans caminó hacia el punto de penalti como si el reloj no marcara el minuto 125, como si el peso de una generación no le colgara de las botas. A su alrededor, protestas, gestos, intentos de distracción de los jugadores de Senegal. Silbidos. Gritos. Un estadio en Seattle en plena ebullición.
Un golpe seco, ajustado, implacable. Gol. 3-2. Bélgica, a octavos del Mundial. Y una noche que parecía escrita como epílogo se convirtió, de repente, en un nuevo capítulo.
De la despedida anunciada a la rebelión
Durante casi toda la tarde, el guion fue otro. Senegal mandó, golpeó primero y después reforzó la ventaja. A cinco minutos del final, el 2-0 parecía una sentencia. El billete a la siguiente ronda, en manos africanas. El futuro, oscuro para los últimos representantes de la llamada “generación dorada” belga.
Romelu Lukaku, Kevin De Bruyne, quizá Thibaut Courtois: nombres que marcaron una era y que parecían acercarse a la última función mundialista. El escenario invitaba a la nostalgia, no a la esperanza.
Pero Bélgica se negó a bajar el telón.
Lukaku apareció cuando el partido agonizaba para recortar distancias y encender una chispa que ya parecía apagada. Ese gol cambió la atmósfera. Senegal, que hasta entonces había controlado el ritmo, empezó a mirar el reloj. Bélgica, sin nada que perder, se lanzó a por todo.
La presión terminó por romper la resistencia. Tielemans, capitán y faro, encontró el 2-2 en los últimos compases del tiempo reglamentario y arrastró el partido a la prórroga. De estar eliminados a respirar de nuevo en cuestión de minutos.
Un penalti con peso de generación
En el tiempo extra, el cansancio se notó en las piernas, en los gestos, en cada carrera. El ritmo bajó, pero no la tensión. Y cuando el choque parecía condenado a los penaltis, llegó la jugada que lo cambió todo: pena máxima para Bélgica ya en el 125’.
Senegal rodeó el punto de penalti, intentó alargar la espera, enfriar la cabeza del lanzador. El estadio contuvo el aliento. Tielemans, exhausto, asumió la responsabilidad.
Rudi Garcia, seleccionador belga, no escatimó elogios después del encuentro. Subrayó la “compostura y la calidad” de su capitán en ese instante límite, recordando lo que significa ejecutar un penalti así cuando el cuerpo ya no responde igual y el reloj roza el final.
El centrocampista de Aston Villa no tembló. Ajustó el disparo, batió al guardameta y completó una de las remontadas más llamativas de este Mundial. Con ese gol, Bélgica selló su pase a los octavos de final y evitó una eliminación que habría marcado el final simbólico de una era.
Un vestuario que se aferra al viaje
Garcia habló también del impacto emocional de un partido así. Remontar un 2-0 en los últimos minutos, forzar la prórroga y acabar ganando con un penalti casi en el último suspiro no solo suma una clasificación; construye algo dentro del grupo.
El técnico destacó cómo un escenario tan extremo puede unir todavía más a un vestuario y recordar a los jugadores que, mientras el árbitro no pite el final, todo sigue siendo posible. Bélgica lo demostró con hechos.
Lejos de derrumbarse, el equipo utilizó el abismo como punto de apoyo. De la frustración a la euforia en un giro brusco, casi cruel para Senegal, que tuvo el pase en la mano hasta el tramo final.
Seattle, siguiente parada: a por los cuartos
La recompensa a esta rebelión es clara: Bélgica seguirá en Seattle, donde se jugará el billete a cuartos de final ante los coanfitriones United States o Bosnia and Herzegovina. Un cruce que llega con la selección belga reforzada anímicamente, consciente de sus errores pero también de su capacidad para levantarse cuando el partido parece perdido.
La sensación es nítida: la vieja guardia no está lista para despedirse todavía. Mientras Tielemans siga clavando penaltis imposibles y Lukaku continúe encontrando el gol en medio del caos, Bélgica se reserva el derecho a soñar un poco más.





