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La recuperación de Luke Brooke-Smith tras su lesión

La primera fractura de Luke Brooke-Smith llegó cuando tenía 9 años, en una pista de BMX, sin rivales alrededor, sin adrenalina de carrera. Solo un truco, un pedal, un movimiento brusco y el hueso cediendo. Diez años después, la escena se repite, pero el contexto es otro: ahora es futbolista profesional de Portsmouth, con un cuerpo médico a su lado y un futuro en el Championship en juego.

Su madre, Clare Brooke-Smith, lo ha visto pasar por esto antes. Por eso habla con calma, casi con certeza, de que volverá pronto a los terrenos de juego.

“Tuvo casi exactamente la misma rotura durante un entrenamiento de BMX cuando tenía 9 años… y no estaba compitiendo contra nadie”, recuerda. Entonces, como ahora, todo fue repentino. “Estaba clipado a la bici, hizo una maniobra y la bici se fue hacia un lado, él hacia el otro, y simplemente crujió, le giró el tobillo y ya está”.

Esta vez, al menos, el golpe no le pilló solo. En Portsmouth, el cuerpo médico reaccionó al instante. Nada de viajes improvisados al hospital con su padre al volante, como en aquella pista de BMX. Ahora, el chico que soñaba con Juegos Olímpicos y que cambió el casco por las botas tiene un club entero pendiente de su recuperación.

Luke, tumbado en el césped, apenas entendía lo que pasaba. “Estaba en el suelo y de repente había gente a mi alrededor diciéndome que moviese los dedos de los pies, pero estaba con el ‘green whistle’ [analgésico] y miraba alrededor pensando: espera, ¿los he movido?”.

No sentía nada. Solo confusión. Clare admite que su hijo estaba desorientado, pero no escatima elogios hacia Portsmouth por cómo lo han tratado. El entrenador lo llamó personalmente. El médico del club se quedó con Luke y su padre, Phil, en el hospital todo el tiempo. No los dejaron solos. Cuando hace falta moverlo, el club manda un coche. Saben que no puede conducir.

El momento no podía ser más irónico para la familia. Clare y Casey, la hermana de Luke, llevaban unas tres semanas de vuelta en casa, listas para que Phil regresara también. “Luke estaba asentado, todo bien, así que reservamos el billete. Ayer se compraron los pasajes para que viniera mañana”, cuenta. Y entonces, la lesión. “Dije: cancela el vuelo. Va a ser una de esas cosas en las que tendremos que esperar. Por suerte es británico, así que puede quedarse todo lo que quiera, sin problemas”.

Clare no habla como una madre que se aferra a la esperanza, sino como alguien que ya ha visto a su hijo salir de un túnel muy parecido. La última vez que Luke se rompió la pierna, tardó 68 días en volver a competir… y lo hizo nada menos que en el Mundial de BMX. Ese es el estándar que se ha marcado siempre.

Desde pequeño, Luke se ha movido por metas claras. En su séptimo cumpleaños anunció en casa que iría a los Juegos Olímpicos de BMX en diez años. No lo decía como un niño que sueña; lo decía como alguien que se traza un plan. Pero la vida le cambió el rumbo. A los 14, entre lágrimas, les confesó a sus padres que quería dejar el BMX y apostar por el fútbol. No por capricho. Por responsabilidad.

“Quería entrar en el fútbol porque es una carrera y quería comprarnos una casa”, cuenta Clare. Le dolía ver cuánto había tenido que sacrificar la familia para que él compitiera al máximo nivel. Cada año viajaban al Mundial de BMX, sin ser una familia con grandes recursos. Él lo sabía. Y le pesaba.

Antes de colgar definitivamente la bici, Luke lo ganó casi todo. Varios títulos nacionales, número 2 del mundo en categoría júnior, campeón del USA BMX Grand Nationals. Tenía ofertas para seguir, incluso con dinero de por medio, pero decidió cambiar de deporte. El salto al fútbol lo dio guiado por el ex All White Ricki Herbert, que le ayudó a trazar el camino.

Las oportunidades no tardaron en aparecer. Un club español le ofreció entrar en su academia. Sonaba tentador, pero la familia decidió que no. Demasiado lejos de Cambridge. “Nos reunimos con Auckland FC y con Wellington Phoenix, y Phoenix estaba más establecido en cuanto a dónde viviría. Creo que eso fue lo más importante porque acababa de cumplir 16 años”, explica Clare.

Con Wellington Phoenix explotó rápido, pero la segunda temporada fue más dura. Menos minutos, menos protagonismo. Aun así, lo interpretó como un ensayo general para lo que podría encontrarse en Inglaterra: competencia feroz, banquillo, lucha diaria por un puesto.

Cuando apareció Portsmouth, la decisión fue casi inmediata. Una llamada, un proyecto claro y un mensaje que encajaba con la forma de ser de Luke y de su familia. “Era muy familiar y realmente iban a cuidarlo. No iba a irse cedido ni iba a estar en un equipo sub-20. Parecía un movimiento muy bueno. Así que nos fuimos el 21 de julio y se adaptó muy bien”.

Ahora tiene un contrato de cuatro años con el club del sur de Inglaterra. Cuatro años para crecer, consolidarse y, sobre todo, perseguir otro objetivo que ya tiene grabado: jugar el próximo Mundial con los All Whites. La lesión no cambia ese plan. Solo lo retrasa.

Clare lo resume con una frase que suena a lema de vestuario, pero que en su casa es casi una forma de vida. “Somos una familia cristiana y la gente siempre dice que pasan cosas malas. Yo digo: sí, pasan, pero he tenido muchas cosas malas en mi vida y Luke también, y él tiene muy metido en la cabeza que lo que no te mata te hace más fuerte”.

Navidad la imagina en Inglaterra. Su plan es viajar para estar con él. Y si el calendario se parece al de aquella recuperación de 68 días, no solo lo verá abrir regalos. Lo verá volver a correr con la camiseta de Portsmouth, con otra cicatriz en la pierna y la misma obsesión de siempre: convertir cada golpe en un paso más hacia la élite.