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Oli McBurnie y su regreso a la selección de Escocia

Cuando Oli McBurnie se sienta a hablar, no es él quien primero llama la atención. Es Al Pacino. O, mejor dicho, Tony Montana, tatuado a lo grande en su brazo izquierdo, congelado para siempre en modo Scarface. “Say hello to my little friend” y todo eso.

“Es mi película favorita”, dice el delantero, en el primer día de su regreso a la selección de Escocia tras cinco años largos, polémicos y, durante mucho tiempo, sin billete de vuelta.

“Me gustaban ciertas cosas de su personalidad”, cuenta sobre el personaje de Pacino. “Me gustaba que sabía exactamente lo que quería. Está loco. No apruebo muchos de sus métodos, pero sabía lo que quería y hacía cualquier cosa para conseguirlo. Algo se puede decir de eso”.

Entre bromas y cine de culto, McBurnie va desgranando una historia que no tiene nada de ficción. Llega la Nations League, con dos partidos ante Eslovenia, uno contra Suiza y otro frente a Macedonia del Norte. Y él vuelve al escaparate con varias cuentas pendientes: con su propia imagen, con sus 16 partidos sin gol con Escocia y con un pasado reciente que le dejó fuera del radar.

De la cuneta al escaparate

“Ha sido un camino largo de vuelta”, admite el delantero de 30 años, concentrado con la selección en La Manga, en declaraciones a BBC Sport Scotland. Y no exagera.

“Hubo momentos en los que parecía que nunca iba a volver. Cuanto más mayor y más maduro te haces, más aprecias estos momentos. Cuando estuve en la selección por última vez, era prácticamente un crío. Piensas que siempre va a ser así. Probablemente lo di un poco por hecho”.

No se esconde. “No jugué lo suficientemente bien cuando me puse la camiseta de Escocia. Puedo reconocerlo. No di la mejor versión de mí ni como jugador ni como persona, y eso es algo que vengo a cambiar. Estoy muy agradecido por tener la oportunidad de hacerlo. Estaré eternamente agradecido al seleccionador por darme esta opción. Estoy más decidido que nunca a salir ahí y demostrar por qué pertenezco a este grupo”.

Está de vuelta porque cambió el hombre en el banquillo. Con Steve Clarke, la puerta se fue cerrando hasta quedar sellada. Con Sebastien Pocognoli se ha vuelto a abrir.

Clarke pudo permitirse ignorar su rendimiento. Pocognoli, no. La temporada pasada, con Hull, McBurnie marcó 19 goles. El más ruidoso, un tanto en el minuto 95 del play-off ante Middlesbrough que devolvió al club a la Premier League. Ese tipo de goles que cambian trayectorias.

Esta campaña todavía no ha marcado, pero Hull funciona y él rinde. Sus actuaciones sostienen su candidatura. Hoy es el favorito para liderar el ataque ante Eslovenia. A pesar del pasado. O quizá precisamente por él.

Clarke, la llamada y la herida

El capítulo Steve Clarke es inevitable. McBurnie no entra en modo Pacino para hablar del exseleccionador, pero tampoco maquilla la historia. Se limita a describirla.

Clarke anunció la lista para el Mundial sin su nombre. Antes de eso, el delantero había cogido el teléfono.

“Le llamé y le dije: ‘Siento que estoy jugando bien’ y solo quería saber sus razones para dejarme fuera y si había algo que quisiera que hiciera para mejorar. La conversación fue como fue”, recuerda.

Sin bronca. Sin portazos. “No hubo notas amargas. Me explicó sus razones y eso es totalmente respetable. Le dije que seguiría rindiendo, que intentaría trabajar para entrar en sus planes. Nunca lo conseguí”.

El golpe fue duro. “Estaba destrozado. Sentía que podía aportar algo al equipo de Escocia. El techo del fútbol para mí es representar a tu país, y hacerlo en un Mundial es lo máximo. Así que sí, estaba completamente hundido”.

El vacío no solo lo marcaban las convocatorias. También la etiqueta. Durante años, en determinados círculos, se dibujó a McBurnie como una influencia negativa en el vestuario. El típico “elemento problemático”. Sin pruebas. Sin voces internas que lo confirmaran.

Desde dentro, la versión es otra: un tipo con chispa, personalidad fuerte, energía constante. “Un buen chico”, como se escucha a menudo en los pasillos del fútbol.

“Eran personas de fuera sumando dos y dos sin ninguna base”, responde él. “Si preguntas a cualquiera con quien haya trabajado en la selección o en mis clubes, me gustaría pensar que te dirían que lo único que intento ser es un muy buen compañero, juegue o no juegue”.

El vídeo, la inmadurez y la factura

La imagen pública de McBurnie no se torció solo por los 16 partidos sin gol. Hubo un momento concreto que quedó pegado a su nombre: un vídeo de 2019, cuando jugaba en Sheffield United.

En esas imágenes, hablando con su compatriota John Fleck, McBurnie decía que esperaba no ser convocado por Escocia porque las cosas allí no iban precisamente bien. El clip se hizo viral. Y la interpretación fue inmediata.

Hoy, el delantero baja el volumen de aquel episodio y lo coloca en su contexto. “Era de un ‘behind the scenes’”, explica. “Yo, siendo como soy, digo muchas cosas para provocar reacciones, cosas que no piensas de verdad, cosas graciosas. Digo cosas casi para protegerme de mis inseguridades”.

Le preguntan si va a ir con Escocia y responde “espero que no”. Una coraza. “Es casi como protegerme si luego no me llaman, ¿me entiendes? Es algo que no debería haber dicho. No esperaba que saliera al mundo”.

La reacción fue rápida. “Llamé a Steve Clarke enseguida y le pedí disculpas. Él me dijo: ‘Lo entiendo, pero tendrás que disculparte con todos los chicos’. Y así fue. Quedó zanjado. Jugué varios partidos con Clarke después de eso, pero es algo que se sigue sacando. Entiendo por qué”.

El propio McBurnie se mira con distancia. “Tenía quizá 23 años, era un chaval inseguro. He madurado. Estoy mucho más seguro y en paz conmigo mismo. Tengo mucha menos necesidad de decir ese tipo de cosas y esconderme detrás de ellas o de cualquier otra cosa en la vida. Fue una tontería”.

Desde entonces, su vida ha cambiado de forma radical. “He tenido dos hijos desde mi última internacionalidad. Tengo una prometida. He vivido un año en España, en Las Palmas. He hecho un montón de cosas que me han abierto la mente y me han dado gratitud. Soy una persona diferente, 100%. Sigo teniendo ese filo, pero la frase que más escucho cuando me encuentro con aficionados por la calle es: ‘En realidad eres majo, pensaba que eras un tal y cual’”.

No le molesta del todo. De hecho, lo aprovecha. “No necesito que te guste cómo juego, sobre todo si eres aficionado rival. Quiero que no te guste. Significa que he sido un incordio en el partido”.

Sus prioridades, dice, han cambiado de raíz. “Cada decisión que tomo ahora tiene a mis hijos y a mi prometida en primer plano. Soy feliz donde estoy. Estoy mucho más en paz conmigo mismo como persona. Creo que esa es una de las razones por las que siento que estoy jugando mejor fútbol”.

El gol que falta

McBurnie sabe lo que es marcar un gol que te persigue toda la vida. Aquel tanto ganador en Wembley, en el descuento, lo describe como “uno de los mejores momentos” de su carrera, “como sacado de una película”.

Pero hay otro gol que no llega. El primero con Escocia.

“Me ha afectado en algunos momentos”, admite. “Ha sido difícil de llevar. Mi trabajo es marcar goles y no ha pasado, así que un remate a un metro de la línea o uno que me rebote en la espalda… cualquier cosa para estrenarme con mi país sería increíble”.

Lo dice medio en broma, medio en serio. Porque detrás hay una losa de 16 partidos sin celebrar un solo tanto con la camiseta que más respeta. Y esa estadística, por mucho que se disfrace, pesa.

Ahora, con Pocognoli, vuelve a tener el escenario delante. La Nations League, el balón, el himno. Y esa vieja deuda personal.

Ha esperado mucho tiempo por estos días. El seleccionador ya le ha abierto la puerta. El resto, desde este fin de semana, solo depende de él.