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Inglaterra y su segundo mejor Mundial masculino

Las malas noticias para Inglaterra son sencillas de digerir, aunque duelan: lo más probable es que el trofeo no vaya a casa. De hecho, es bastante más plausible que esta selección acabe cuarta tras caer ante Argentina y Francia, que verla levantar la Copa del Mundo después de superar a Argentina y España.

Y, sin embargo, pase lo que pase esta noche en Atlanta frente a la Albiceleste, este ya es el segundo mejor Mundial masculino de Inglaterra en toda su historia. Ese dato, frío y contundente, no parece estar recibiendo el reconocimiento que merece.

Porque este equipo olía, desde lejos, al Mundial típico de Inglaterra: cuartos de final, sensación de decepción tibia y la búsqueda de un culpable único que cargue con todas las penas de la patria futbolera. Esa vieja liturgia de los Brave Lions. Esta vez han roto el guion.

No ha sido un camino brillante de principio a fin. No siempre han jugado bien. A ratos, incluso, han jugado mal. Pero eso le ha pasado a todos. La diferencia es que, cuando se trata de Inglaterra, cada minuto discreto se amplifica. Se ve más, se recuerda más. Sobre todo si se vive en Inglaterra. O en Escocia. O, para los más castigados, si se es escocés viviendo en Inglaterra.

Conviene ponerlo en contexto: Inglaterra no ha sido en ningún momento tan mala como lo fue España ante Cabo Verde. Solo en contadas fases ha caído al nivel de Francia durante esa hora interminable frente a Senegal o en la totalidad de su semifinal. Argentina, por su parte, ha disfrutado de un cuadro de eliminatorias bastante más benigno para plantarse donde está que el que ha tenido que sortear Inglaterra.

A estas alturas, solo una derrota realmente sonrojante ante Lionel Messi y compañía podría cambiar el balance global del torneo para los ingleses. Y no es precisamente el tipo de caída que acostumbra a protagonizar Inglaterra en grandes citas. No parece que vaya a empezar ahora.

Sí, hay tropiezos vergonzosos, eliminaciones humillantes ante rivales a los que, sobre el papel, deberían superar. Pero casi nunca un auténtico destrozo, una goleada de esas que se recuerdan por décadas.

Si se hace lo que hacen las mentes sensatas y se borra del mapa el partido por el tercer puesto —ese simulacro que no existe y no puede hacer daño—, Inglaterra solo ha perdido un partido de gran torneo por más de un gol desde 1988. Uno.

Y aun en esa ocasión, cuando Alemania la pasó por encima en octavos con una superioridad evidente, el marcador habría sido un 2-2 al descanso de no ser por un error arbitral tan grotesco que se convirtió en una de las razones por las que el fútbol emprendió el camino, todavía hoy discutido, hacia la tecnología.

Es un registro llamativo. Desde 1990 solo se han quedado fuera de dos grandes torneos. No han ganado ninguno de esos 17 campeonatos, es ya casi un mantra nacional. Y, pese a todo, solo una vez han sido eliminados de manera contundente, con el resultado decidido mucho antes del pitido final que pone fin al suplicio.

Y aun así, no termina de sentirse como el segundo mejor Mundial de la historia de Inglaterra, ¿verdad? Casi nadie lo menciona. Pero lo es. Por pura lógica competitiva. Llegar a semifinales fuera de tu confederación es, objetivamente, un logro mayor que hacerlo en casa o en territorio conocido. Este ya es, de hecho, el mayor recorrido de Inglaterra en una Copa del Mundo fuera de Europa.

En medio de todo esto, se cuela también el eco del último grito de frustración escocesa. No se trata de cargar contra Escocia: cuatro eliminaciones en el mismo torneo dejan cicatriz. Es comprensible que escueza.

El problema es cuando se fuerza el relato hasta el absurdo. Cuando se afirma que Escocia tuvo que enfrentarse a dos grandes selecciones en la fase de grupos y que Inglaterra, en cambio, ha paseado. El sorteo, dicen. La suerte, dicen.

Sí, Escocia tuvo mala fortuna al cruzarse con Brasil y Marruecos en la fase de grupos. Eso es cierto. Pero esa es la condena de los equipos que parten desde los bombos bajos: es más probable que te toquen varios rivales fuertes. Esa es la mecánica de los cabezas de serie.

Los realmente desafortunados entre los cabezas de serie son los que se topan con otro top-10 en la fase de grupos, como le ocurrió a Brasil. Lo normal es que no haya otro gigante en tu grupo. Y aquí entra otro dato incómodo: en el momento del sorteo, el equipo que ocupaba el décimo lugar del ranking FIFA era Croacia. Y Panamá, por esas mismas clasificaciones que ahora se utilizan como arma arrojadiza para rebajar el mérito de Inglaterra, era el rival más duro posible del bombo tres. Solo estaba por delante Noruega, que por cuestiones de distribución geográfica no podía coincidir con Inglaterra y Croacia en el mismo grupo.

Que Inglaterra no se haya cruzado aún con una selección oficialmente situada en el top-10 FIFA es, sobre todo, una casualidad estadística. Croacia se mueve siempre en ese entorno competitivo. México en el Azteca es, sin discusión, una prueba de nivel top-10. Y nadie puede decir con absoluta convicción que, en este momento exacto, haya diez selecciones claramente mejores que Noruega.

En resumen: por mucho que Escocia intente aliviar su dolor rebajando el camino inglés, no hay un argumento sólido para presentar la ruta de Inglaterra como un paseo militar. Han tenido el recorrido lógico de un cabeza de serie. Nada más, pero tampoco nada menos.

Ganaron su grupo y eso les dio un tercero de grupo en dieciseisavos. En octavos les esperaba México, tal y como marcaba el cuadro. Y es significativo que, en un torneo cuyo cuadro ha llevado a los cuatro cabezas de serie hasta semifinales, uno de los mayores “sustos” haya sido que Noruega eliminara a Brasil por el sencillo recurso de ser, hoy, un equipo más trabajado, más organizado, más coherente.

Pueda que todo acabe, una vez más, en una derrota heroica. Lo más razonable es pensar que superar consecutivamente la dureza competitiva de Argentina, esa selección que vive en modo torneo permanente, y la maquinaria perfectamente engrasada de España sea demasiado incluso para esta Inglaterra.

Pero aunque caigan, será una caída distinta. Más grande. Más digna. La más gloriosa de todas las derrotas inglesas en estos 60 años de heridas abiertas.

Ahí tienen su consuelo. O, según se mire, su nueva vara de medir.