La FIFA y la crisis de confianza bajo Gianni Infantino
La FIFA dice que la confianza está volviendo. ¿La prueba? Lo ha anunciado la propia FIFA. Y, según el organismo, su integridad es tan sagrada que cualquier “ataque” resulta intolerable.
Todo esto llega después de que, entre maniobra y maniobra para explorar la venta parcial del Mundial, la FIFA negara estar haciéndolo. Negación curiosa: muchos dentro de la casa madre del fútbol ni siquiera sabían con certeza qué se estaba cocinando, porque nadie se molestó en consultarlos.
En Rabat, Marruecos, el ente habló de una “reunión constructiva y positiva”. En teoría, un encuentro para calmar las aguas. En la práctica, un recordatorio de hasta qué punto el poder se ha concentrado en una sola figura: el único cargo elegido por las 211 asociaciones miembro es el presidente. Y ese presidente, Gianni Infantino, se enfrenta a un número creciente de federaciones que directamente piden su salida, mientras otras han expresado su rechazo frontal a lo que la casa llama el “Fifa Forward Enterprise proposal”.
Ese plan ya está fuera de la mesa. Lo dice la propia FIFA, en un comunicado que roza la neolengua orwelliana. Para el organismo, el problema ya no es el proyecto en sí, sino las “horribles” agresiones que, asegura, sufre su buen nombre.
Un deporte global ha sido empujado a la crisis por un solo hombre. Infantino tuvo una idea que no explicó bien a casi nadie —ni al director de operaciones Kevin Lamour, ni al responsable de desarrollo global Arsène Wenger, ni a las confederaciones, ni a los clubes, ni a las federaciones nacionales, ni a los jugadores, ni a los aficionados— o trató de imponer un golpe de mano sobre el fútbol en su conjunto. No hay muchas más opciones.
Tras la tormenta, llegó la carta. Infantino y el secretario general Mattias Grafstrom firmaron un mensaje conjunto que, lejos de apaciguar, exhibe la dimensión del autoengaño. “La alta dirección de la FIFA confía plenamente en que los resultados de la reunión de hoy ayudarán a restaurar la confianza en la organización”, escribieron. Diecinueve palabras para condensar una fe casi ciega en sí mismos.
¿Por qué no iban a creerlo? Infantino quiere seguir al mando. Y hoy es o bien el dirigente más divisivo del fútbol moderno, o bien el hombre que ha logrado unir a una multitud de actores con intereses opuestos… contra él. “Se reconocieron los errores cometidos”, añade la carta, salpicada por un optimismo que desafía la credibilidad.
El pasaje más cercano a una disculpa suena a guion de despacho: “Se acordó que no era la intención que el consejo de la FIFA y las asociaciones miembro se sintieran excluidos del proceso”. Si no era la intención, ¿por qué se les dejó fuera? El proyecto se manejó con tal secretismo que, según se filtró, solo un círculo minúsculo —incluidos miembros de la familia Kushner— fue informado. A las federaciones dispuestas a votar a favor se les prometía más fondos que a las reticentes, una estructura de incentivos que muchos vieron como un soborno encubierto. La palabra, por supuesto, no aparece en la carta de Infantino.
El presidente promete que no habrá repetición y que se abrirá una revisión interna. Pero todo apunta a que será el propio bloque de Infantino quien dirija ese examen, para después presentar las conclusiones que mejor encajen con su relato.
La susceptibilidad se ha instalado en Zúrich. La piel fina que Infantino exhibe en sus publicaciones en Instagram parece haberse contagiado a toda la organización. “Se acordó que la FIFA no tolerará más ataques a su integridad, buena gobernanza y debido proceso y tomará todas las medidas necesarias para proteger y salvaguardar su nombre y reputación”, reza una de las frases más desconectadas de la realidad. No es casualidad que el discurso recuerde al de Donald Trump, que se presenta de forma constante como víctima de ataques injustos. La FIFA ha optado por el mismo papel.
Llega tarde para blindar una reputación arrastrada por el barro durante este mandato. El historial reciente es contundente: la anulación de sanciones a Cristiano Ronaldo y Folarin Balogun, la reinterpretación de normas para colocar a Inter Miami de Lionel Messi en el Mundial de Clubes, la permisividad ante la decisión de Estados Unidos de vetar la entrada al árbitro somalí Omar Artan, la cercanía política con Trump, la creación de un premio de la paz para un dirigente que después inició una guerra ilegal. Cada episodio ha limado un poco más la credibilidad del organismo.
La FIFA se ha convertido en sinónimo de codicia. En Estados Unidos, muchos aficionados culparon directamente al ente por los precios desorbitados de las entradas. No vieron neutralidad, sino trato preferencial hacia la administración Trump y decisiones que parecían pasar por la Casa Blanca. No vieron a un organismo que representara al fútbol global, sino a una cúpula dispuesta a trocear el Mundial a espaldas de buena parte de ese mismo mundo.
Si en serio quiere recuperar su reputación, la FIFA necesita algo que no se compra con fondos de desarrollo ni se maquilla con comunicados: honestidad real y un liderazgo nuevo. El último mensaje desde el universo Infantino no ofrece ni lo uno ni lo otro. Y el reloj del fútbol mundial no se va a detener a esperarlos.






