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Cristiano Ronaldo: un adiós sin medalla en el Mundial

Cristiano Ronaldo se marchó del Mundial como nunca quiso irse: caminando despacio, solo, con la mirada perdida y las lágrimas a punto de romperse. Portugal cayó 1-0 ante España en Texas, en los octavos de final, y con esa derrota se apagó definitivamente el sueño que le faltaba al delantero de Madeira: levantar una Copa del Mundo.

A sus 41 años, el capitán portugués, uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos, se quedó sin el trofeo que siempre se le resistió. Lo ha ganado casi todo en una carrera descomunal por Europa, también tocó la gloria continental con su selección, pero el Mundial se le escapó para siempre.

“Eso es el fútbol, es la vida del futbolista”, alcanzó a decir, con la voz baja, aplastada por la decepción. “A veces se gana, a veces se pierde, y hay que seguir”.

Un último partido sin magia

Su último baile mundialista no tuvo brillo. Ronaldo fue una figura periférica en un Portugal plano, sin filo, que apenas inquietó a España. Se movió por el centro del ataque, lejos del vértigo de antaño, sin la zancada que partía defensas en dos.

Tuvo tres remates a puerta. Nada más. Ninguno cambió el guion.

En varios tramos del partido, su lenguaje corporal habló más que sus botas: brazos al aire tras un pase mal dado, gestos de frustración, carreras cada vez más cortas. El ídolo que acostumbró a vivir en el centro de la escena se fue difuminando entre camisetas rojas y el paso del reloj.

Al final, el pitido sonó en el estadio de los Dallas Cowboys y Ronaldo abandonó el césped en soledad. Sin vuelta olímpica, sin medalla, sin foto icónica. Solo el silencio y una eliminación que sabe a punto final.

“Me voy con la conciencia tranquila”, aseguró después. Recordó que el mayor título que conquistó con Portugal fue la Eurocopa de 2016. “Para mí es tan significativo como un Mundial, honestamente”, subrayó. Ahí, en esa noche de París, quedó clavado el techo de su historia con la selección.

Veinte años de Mundial, sin la copa

Su mejor recorrido mundialista se quedará para siempre en las semifinales de 2026, dos décadas después de su debut en la gran cita. Desde entonces, el torneo que define legados se convirtió en una deuda imposible de saldar.

En este Mundial en Norteamérica, su despedida dejó números discretos: tres goles, dos en la goleada 5-0 a Uzbekistán y uno de penalti ante Croacia en los dieciseisavos de final. Ninguna asistencia. Ninguna noche de esas que obligaban a reescribir récords.

El contraste con el jugador que fue es inevitable. Durante años, cada balón que caía a sus pies llevaba una amenaza. Hoy, su figura en el área es la de un rematador puro, un ‘9’ clásico, lejos del extremo devastador que rompía por fuera y destrozaba por dentro.

De Madeira al mundo, sin final feliz

La historia de Ronaldo no se entiende sin su origen. De una infancia humilde en Madeira, con un padre alcohólico, a convertirse en un fenómeno global, el primer futbolista multimillonario, un icono que trasciende el deporte. Su hambre de récords, su obsesión por el detalle, el entrenamiento, la dieta, el cuerpo convertido en laboratorio de alto rendimiento, lo sostuvieron hasta los 40 y más allá.

Fuera del campo, su impacto es abrumador: 671 millones de seguidores en Instagram, un grito –ese “Siuuu!” que repiten niños en todos los rincones del planeta– convertido en marca registrada. Dentro, una colección de títulos que pocos pueden igualar: Champions con Manchester United y Real Madrid, más conquistas con Juventus, un regreso a Old Trafford y, ahora, el papel de estandarte del proyecto saudí en Al Nassr. Cinco Balones de Oro coronan ese currículum.

Pero el Mundial nunca entendió de currículos. No hubo guion de cine, ni redención tardía, ni gol en el descuento para cerrar el círculo. No hubo Hollywood, solo realidad.

Un ídolo en discusión

En los últimos años, el relato alrededor de Ronaldo cambió de tono. Con la velocidad mermada y la chispa reducida, se fue alejando de la banda para instalarse en el área. El depredador seguía ahí, pero ya no podía vivir del desborde constante.

Esa transición alimentó el debate: ¿hasta cuándo? Tanto él como Roberto Martínez, seleccionador de Portugal, han sido acusados de estirar su carrera internacional más allá de la fecha de caducidad. Ante España, el técnico movió el banquillo con dos dobles cambios en la recta final, buscando una reacción desesperada. Ronaldo no fue uno de los sacrificados. Se quedó en el césped hasta el último segundo, símbolo de una jerarquía que nadie se atrevió a tocar.

En la previa, el capitán había dejado una frase que hoy resuena con otro peso: “No voy a ser más Cristiano Ronaldo o menos porque gane el Mundial”. Lo dijo con la serenidad de quien sabe lo que ha construido. Lo repite ahora el fútbol, implacable, con el marcador en contra.

Lo ha ganado casi todo. Ha marcado más goles que nadie en la historia del fútbol de selecciones. Ha dejado huella en los clubes más grandes del continente. Pero su vitrina, por rebosante que esté, tendrá siempre un hueco vacío, imposible de rellenar.

La pregunta ya no es qué más puede ganar. La pregunta es cuánto tiempo más querrá, y podrá, seguir desafiando al reloj.