Corea del Sur y Sudáfrica: Un Gol que Marca la Diferencia
En Monterrey, el contraste fue brutal. Mientras los surcoreanos abandonaban el campo cabizbajos tras la derrota 1-0 ante Sudáfrica, sus rivales desfilaban a pocos metros, cantando, riendo, celebrando una noche histórica. Dos mundos separados por un solo gol.
En medio de ese pasillo de euforia sudafricana, el ambiente se tensó. Un miembro del cuerpo técnico de Sudáfrica chocó con Hwang In-beom. El centrocampista, hirviendo por dentro, explotó: le exigió que “muestre un p**** respeto”. Durante unos segundos, pareció que el partido estaba a punto de continuar, pero fuera del césped y a puñetazos.
Ojalá esa misma combatividad hubiera aparecido durante los 90 minutos.
Mientras la afición surcoreana trataba de digerir el golpe en las gradas y en las zonas mixtas, el gran referente del equipo, Son Heung-min, tardó más de dos horas en aparecer. Había sido elegido para el control antidopaje y solo después de cumplir con el protocolo se presentó ante los periodistas de su país.
Son llegó con gesto serio, pero con un mensaje claro. “No hay ningún problema con el ambiente en nuestro vestuario”, aseguró. Lo repitió, subrayando la idea: “Puedo decir honestamente que no hemos tenido ningún problema con el ambiente del equipo”. El capitán quiso cerrar cualquier debate sobre fracturas internas, filtraciones o tensiones en un grupo que, al menos de puertas afuera, intenta mantenerse unido pese al golpe.
El problema, sin embargo, está en el césped y en la fría aritmética del torneo. Corea del Sur cierra la fase de grupos con solo tres puntos y una diferencia de goles negativa (-1). Y aun así, el formato ampliado de este Mundial abre una rendija: la clasificación para las rondas eliminatorias sigue siendo posible.
Es una paradoja incómoda. Un equipo que no ha logrado imponer su carácter en el campo, que se marcha de Monterrey con más frustración que certezas, puede seguir vivo gracias a un sistema que estira al máximo las opciones de los que fallan. La crítica al diseño de este Mundial se cuela sola en la conversación: que un conjunto tan plano en el marcador todavía aspire a octavos es, en sí mismo, un retrato de la competición.
Mientras Sudáfrica canta y celebra su triunfo, Corea del Sur se mira al espejo. El vestuario, según Son, no está roto. La atmósfera, insiste, es buena. La pregunta ya no es esa. La cuestión es si esa unión será suficiente cuando el margen de error se reduzca a cero y la realidad del torneo deje de regalar segundas oportunidades.





