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Cómo la Copa del Mundo se convirtió en la fiesta veraniega que Estados Unidos necesitaba

Un torneo que parecía destinado al desastre se transformó en alegría

Antes de que comenzara esta Copa del Mundo, la preocupación era constante: "Esto podría ser un desastre". La incertidumbre rodeaba la organización debido a un cierre prolongado del gobierno estadounidense, dejando a muchas ciudades sin fondos para prepararse ante la llegada masiva de visitantes.

Además, el clima político tenso en EE.UU. desalentaba a algunos turistas internacionales, mientras que los precios excesivos para los partidos hacían pensar en asientos vacíos. La guerra en Irán también empañaba la imagen del país tanto dentro como fuera de sus fronteras.

Pero todo fue diferente. Desde el primer balón en Ciudad de México hasta el último silbato en New Jersey Meadowlands, Norteamérica fue escenario de una celebración inolvidable. Fue un cambio de ambiente que hacía falta.

Una convivencia inesperada entre fanáticos de todo el mundo

En la apertura en México, vimos cómo surcoreanos y mexicanos se unieron con entusiasmo. En Estados Unidos, los escoceses vaciaron bares en Boston; noruegos realizaron ‘filas vikingas’ en cualquier superficie; brasileños, argentinos y colombianos tomaron el control de varias ciudades, y turistas curiosos descubrieron lugares típicos como Buc-ee’s y Waffle House.

Por unas semanas, los estadounidenses creyeron, aunque parecía improbable, que su selección había dado un salto y podía pelear por el título tras dos victorias iniciales inspiradoras.

El país recordó lo grandioso que puede ser

A pesar del caos político que suele irradiar desde Washington, las noticias de otras ciudades mostraban algo cierto: Estados Unidos es un lugar sorprendente. Lawrence, Kansas, se ganó el cariño de los argelinos; Boston disfrutó junto a escoceses y luego con Miami; Seattle vibró con una atmósfera única; y Atlanta vio cómo su centro se llenaba de gente gracias a su popular festival de fans.

Los desafíos políticos no desaparecieron

No todo fue fútbol sin interrupciones. La selección iraní enfrentó dificultades por decisiones de FIFA y el gobierno estadounidense, que afectaron su preparación. El caso de Folarin Balogun, con intervención del expresidente Donald Trump, generó dudas sobre la integridad del torneo, al igual que problemas de visas que involucraron a árbitros y selecciones africanas, atribuidos a políticas migratorias de la administración Trump.

A pesar de eso, el torneo logró mantenerse centrado en el deporte, superando esas distracciones. Tras el episodio con Balogun, el propio fútbol volvió a acaparar la atención cuando Lionel Messi lideró una remontada épica de Argentina contra Egipto, un partido inolvidable que recordó a todos el poder del juego.

Un impacto que va más allá de lo económico

Después del triunfo de España y la celebración final, se analizarán las cifras económicas y si valió la pena para las ciudades anfitrionas. Pero hay un efecto imposible de medir con números: Estados Unidos mostró al mundo que no es solo política.

La hospitalidad y amabilidad de su gente, quienes no preguntan inmediatamente "¿a qué te dedicas?", resultaron su mayor fortaleza. Visitantes repetían que la realidad era muy distinta a lo que habían visto en las noticias.

Claro, el país aún tiene problemas por resolver. Pero durante esos 39 días disfrutamos con amigos de todo el planeta. Diversas nacionalidades apoyaron a sus equipos en el evento deportivo más grande del mundo. Los estadios estuvieron llenos y se crearon recuerdos inolvidables. Por un momento, el mayor dilema fue decidir qué ver cuando no había partidos.

Celebraciones y emociones compartidas

Bailamos con los congoleños tras su clasificación; nos emocionamos cuando Cabo Verde casi venció a los actuales y anteriores campeones mundiales; compartimos comidas, bebidas e historias con personas de lugares que quizá nunca visitaremos o ni siquiera habíamos considerado.

La Copa terminó, pero esperamos que haya cambiado algo: la forma en que el mundo ve a Estados Unidos y cómo los estadounidenses se ven a sí mismos.