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Cierre de era en Anfield: Reflexiones tras la temporada de Liverpool

En Anfield sonó Bob Marley. “Every little thing is gonna be alright…”. Pero nadie se lo creía del todo. No esta vez. No después de una temporada que Liverpool cerró con un 1-1 gris ante Brentford, clasificación para la Champions asegurada… y una sensación inequívoca de final de ciclo.

Un cierre de era en Anfield

Las despedidas pesaron más que el resultado. Se fueron dos futbolistas que habían sido pilares en la transformación del club durante los últimos nueve años, parte esencial del equipo que lo ganó prácticamente todo. Medio vestuario que heredó Arne Slot hace apenas dos temporadas ya no está. Y no serán los últimos: Mo Salah y Andy Robertson encabezan una lista de salidas que amenaza con alargarse este verano.

Para los aficionados que vivieron los años 90, el déjà vu es inquietante. La comparación con la etapa de Graeme Souness sobrevuela Anfield: una reconstrucción acelerada, la ruptura con la vieja guardia campeona de Kenny Dalglish, el técnico despedido y una década de mediocridad como consecuencia. Esta vez, el miedo no viene solo desde la grada. Salah, en el adiós a sus nueve años de rojo, no ocultó públicamente su preocupación por el rumbo del club.

El 1-1 ante Brentford selló el billete a la próxima Champions, pero no calmó a nadie. Liverpool cerró el curso sin ganar en sus últimos cuatro partidos de liga. En los últimos 14 choques oficiales, solo cuatro victorias. Los números no admiten maquillaje: 60 puntos, quinto puesto, 17 triunfos ligueros. En cualquier otra temporada reciente, esa cifra ni siquiera habría dado para Europa. Esta vez, por contexto de la Premier, alcanza para la Champions. Pero sigue siendo, sin matices, una campaña fallida.

Es la puntuación más baja para entrar en la máxima competición europea desde el curso 2003/04, el último de Gérard Houllier, aquel adiós casi ceremonial sobre el césped de Anfield. El paralelismo no pasa desapercibido.

Un técnico distante en el momento equivocado

Slot insiste en que recuperará el apoyo de la afición la próxima temporada. El problema es que, incluso en el día del cierre, la conversación en los alrededores del estadio no iba tanto sobre el futuro, sino sobre su actitud inmediata. Mientras los jugadores daban la vuelta de agradecimiento, el entrenador permaneció sentado en el banquillo, gesto serio, apartado del ritual que une a equipo y grada al final de cada curso.

Quizá fuera un momento de reflexión, nada más. Pero el impacto visual fue demoledor: el técnico, solo, en un día de despedidas y dudas. El contraste con Salah fue evidente. El egipcio, ante las cámaras de Sky Sports, resumió mejor que nadie el código de Anfield: “Ellos [los aficionados] no se preocupan tanto por el resultado mientras sudes y des tu sangre aquí, te amarán para siempre”.

Eso es lo que la grada exige: presencia, entrega, la voluntad de atravesar la tormenta juntos. Y tormenta ha habido, desde el mazazo emocional que supuso la muerte de Diogo Jota en pretemporada hasta la irregularidad deportiva constante. Precisamente por eso, la imagen de Slot apartado en el banquillo dolió más de lo que debería.

Lesiones, plantilla corta… y decisiones que pesan

En la sala de prensa, Slot fue directo al buscar una palabra para definir la temporada: “lesión”. El argumento tiene peso. Liverpool ha sufrido físicamente. Pero el propio técnico se ha dejado poco margen para la excusa. En octubre, cuando todo parecía más controlado, defendió con firmeza la idea de trabajar con un grupo reducido: “Esta es una decisión que hemos tomado juntos, creo completamente en esto, porque si tienes 25 jugadores es muy difícil gestionar la plantilla”.

No se puede jugar en los dos bandos. No puedes apostar por una plantilla corta y pasar después buena parte del año lamentando lesiones, cansancio por jugar entre semana y en fin de semana, falta de recursos desde el banquillo y goles encajados en los tramos finales.

Con una Champions ampliada y una Premier cada vez más exigente, el tamaño de la plantilla deja de ser un detalle y se convierte en una decisión estratégica. Más aún si entras en la temporada sabiendo que varios fichajes no están preparados para encadenar 90 minutos dos veces por semana. La pregunta es obvia: ¿por qué se decidió dejar al equipo tan justo?

Las cifras de minutos subrayan el problema. Trey Nyoni, mediocentro de 18 años, debutante con Jürgen Klopp a los 16, terminó con apenas 21 minutos de liga. Federico Chiesa, marginado de nuevo, jugó 318. Wataru Endo, solo 170. Kieran Morrison, capitán del Sub-21 y jugador del año en esa categoría, fue suplente en 13 partidos… y solo pisó el césped en cinco minutos de una eliminatoria de FA Cup en Wolves.

En la práctica, Liverpool tuvo una plantilla aún más corta de lo que marcaba la lista oficial. Parte por desconfianza del entrenador. Parte por decisiones difícilmente explicables, como el caso de Harvey Elliott: sin acuerdo para traerlo de vuelta en enero, cuando el equipo clamaba por calidad desde el banquillo durante toda la segunda mitad del curso.

Goleadas en las copas y un listón que no baja

Slot ha recordado que las dos grandes eliminaciones del año, en FA Cup y Champions, llegaron con sendos 4-0 ante el futuro campeón del torneo: Man City en Inglaterra, PSG en Europa, un equipo que no pierde una eliminatoria continental a doble partido desde hace dos temporadas.

El dato es cierto. Pero no consuela. No a una afición que se ha acostumbrado a pelear por los títulos más grandes. No a un vestuario con voces como Virgil van Dijk, Robertson, Salah o Curtis Jones, que han repetido que el nivel mostrado está por debajo de lo que exige el escudo.

Salah lo dejó claro en su último mensaje en el AXA Training Centre: “Estar en Liverpool, ganar algo para Liverpool y ganar partidos es lo mejor que te puede pasar a todos”. El estándar está ahí. No se negocia.

Slot, por su parte, describió la clasificación para la Champions como “nuestra base más baja”, recordando que clubes como Chelsea y Tottenham ni siquiera estarán en Europa el próximo curso. Para algunos aficionados, ese tipo de comparaciones suena a rebaja de ambición. Liverpool no mide su éxito por encima de quién queda, sino por los trofeos que levanta. Y si te vas de las copas con dos 4-0 y en medio de una racha de cuatro derrotas en cinco partidos, el discurso se queda corto.

Incluso la mejor racha del año, 13 partidos sin perder tras el 4-1 encajado en casa ante PSV, tuvo trampa. Entre esos encuentros aparecieron empates ante Leeds (dos veces), Burnley y Fulham, y victorias ante rivales como Barnsley en FA Cup o un West Ham que acabaría descendiendo. La serie maquilló, no solucionó.

Un verano cargado de dudas

El futuro inmediato del club está plagado de interrogantes. El propio Slot encara su último año de contrato. Lo mismo ocurre con dos figuras clave en la estructura deportiva, Richard Hughes y Michael Edwards, ambos con vínculo hasta el próximo verano.

En el vestuario, el escenario es aún más inestable. Hasta nueve jugadores del primer equipo podrían marcharse si llega la oferta adecuada: Salah, Robertson, Ibrahima Konaté, Chiesa, Endo, Curtis Jones —pretendido por Inter y con solo un año de contrato, muy cerca de la puerta de salida—, Alisson —en el radar de Juventus—, Joe Gomez y Alexis Mac Allister, todos ellos potencialmente transferibles.

El dato que queda sobre la mesa impresiona: la próxima temporada, si nada cambia, el máximo goleador del actual plantel será Cody Gakpo. El segundo, un central, Virgil van Dijk. Para un club que ha vivido de la pegada de Salah durante casi una década, es un giro radical.

Slot habla de “un poco de transición”, no tan “drástica” como la del verano pasado. Pero la lista de posibles salidas y la necesidad evidente de refuerzos de peso dibujan algo más cercano a una cirugía mayor que a un simple retoque.

Mientras el Kop entonaba que “no hay de qué preocuparse”, muchos miraban al césped, al banquillo y a la tabla clasificatoria pensando justo lo contrario. El verano será largo en Anfield. Y la verdadera pregunta no es si “todo va a ir bien”, sino quién se encargará de que eso ocurra.