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Canadá deja de ser el anfitrión olvidado

Canadá llegó a este Mundial etiquetado como el “anfitrión olvidado”. Se va convertido en recuerdo imborrable. Para la selección masculina y para una afición poco acostumbrada a noches grandes de fútbol, este torneo marca un antes y un después.

Bajo el mando del enérgico técnico estadounidense Jesse Marsch, el equipo derribó su propio techo histórico: alcanzó los octavos de final, la mejor actuación de su vida mundialista, antes de caer ante Marruecos. No fue un simple buen torneo. Fue una irrupción.

Punto a punto, victoria a victoria, Canadá fue tachando casillas que llevaba décadas persiguiendo: primer punto en un Mundial, primer triunfo, primer partido de eliminatorias ganado. Una escalera completa, subida a toda velocidad.

“Sorprendieron a todo el mundo”, resumía el aficionado Matt Lorincz en Calgary. No exageraba.

Un país de hockey que descubrió su Mundial

En Canadá se juega mucho al fútbol. Más que a ningún otro deporte. Pero el negocio, el brillo mediático y la tradición siempre han pertenecido al hockey sobre hielo, a la MLB y a la NBA. El fútbol, en comparación, vivía en un segundo plano.

Este verano cambió algo. No todo, pero sí lo suficiente como para que se note.

“Casi todo el mundo ve hockey u otros deportes. No hay tantos aficionados al fútbol en Canadá. Ojalá ahora haya unos cuantos más”, deseaba Lorincz.

Durante unas semanas de junio y julio, el país se miró en el espejo del mayor escaparate deportivo del planeta. Como coanfitrión junto a Estados Unidos y México, Canadá tuvo su cuota de foco. No siempre grande, no siempre central, pero la tuvo. Y la aprovechó.

El último acto como sede llegó en Vancouver, con un duelo de octavos en el que Suiza eliminó a Colombia y cerró el telón canadiense del torneo.

Antes, Toronto se había convertido en una caja de resonancia: el sonido de los partidos escapando de los bares, columnas de aficionados avanzando en marchas festivas hacia Toronto Stadium, camisetas de selecciones de medio mundo mezcladas con el tráfico del centro.

En la costa oeste, Canadá firmó uno de sus grandes golpes: un 6-0 a Qatar en Vancouver. Una goleada que encendió al país, pero dejó una imagen dolorosa: la lesión de Ismaël Koné, estrella del mediocampo, evacuado en camilla con una pierna rota tras una dura entrada. La fiesta tuvo precio.

Carney, política en la grada y en el vestuario

El primer ministro Mark Carney, declarado fanático del deporte y coleccionista de camisetas, se convirtió en rostro político del Mundial en suelo canadiense. De los tres mandatarios de los países anfitriones, fue el único que se dejó ver en los estadios.

No se limitó a la tribuna de honor. Tras el 6-0 a Qatar, bajó al vestuario de Vancouver para hablarle directamente a los jugadores.

“Mostraron un nivel de carácter que algunas personas nunca alcanzan en su vida”, les dijo. “Y lo hicieron cuando buena parte del país y del mundo los estaba mirando”.

El mensaje no era solo deportivo. El ministro de Deportes, Adam van Koeverden, lo resumía en términos de madurez nacional: Canadá, decía, “ha ido creciendo como potencia intermedia”, y la oportunidad de recibir al mundo para el mayor evento del año ha sido “un privilegio sincero” que el país no ha tomado a la ligera.

La candidatura original se vendió con un lema claro: “un continente, tres países”, recuerda John Kristick, ejecutivo de marketing deportivo en Playfly Sports Consulting y exdirector de la United Bid Committee. Para él, el torneo ha funcionado, pero por el camino se diluyó parte de esa esencia de unidad.

Ha sido más difícil para Canadá y México “abrirse paso como anfitriones”, reconoce. Estados Unidos, con más partidos y un contexto político más ruidoso, acaparó el foco.

Aun así, Kristick subraya algo que en Canadá se ha sentido con fuerza: “Cada canadiense sabe que Canadá es sede, y eso ha generado un enorme orgullo nacional”.

Toronto y Vancouver albergaron 13 de los 104 encuentros del torneo. Pocos, si se comparan con el total. Suficientes para dejar huella.

Negocio, cuentas y una factura incómoda

En las calles, la fiesta se midió en ruido y colores. En los despachos, en cifras.

Ian Tostenson, presidente de la British Columbia Restaurant and Foodservices Association, definió estar en una ciudad sede como un curso acelerado sobre “la enormidad del Mundial”. Los partidos arrastraron a la gente a los bares y restaurantes, y el negocio lo notó. El propio Tostenson cifra en torno a un 5% el aumento de las ventas de alcohol respecto al año anterior.

“Elevó el ánimo de toda la provincia. Creo que la conversación de las últimas cuatro semanas ha sido el fútbol”, explicaba.

Canadá atraviesa un periodo económico complicado. Pero, como apunta Tostenson, cuando se le da a la gente un motivo claro para gastar y se le ofrece valor, el dinero vuelve a circular.

No todos ven la balanza tan clara. La decisión de coorganizar el Mundial ha recibido críticas, sobre todo por los costes. Los contribuyentes canadienses han aportado unos 1.100 millones de dólares canadienses para preparar el país, con Toronto asumiendo alrededor de 380 millones.

El concejal Josh Matlow no ve justificación en esa factura con unas finanzas municipales ya tensionadas. “No creo que albergar los partidos haya mejorado la situación de la ciudad”, sentencia.

Van Koeverden responde desde el gobierno federal: el gasto, asegura, fue “prudente” y el dinero regresó a la economía. “Estadios llenos, parques llenos, restaurantes llenos y hoteles llenos es un buen problema para tener en 2026”, lanza, pensando ya en lo que viene.

Mientras tanto, los visitantes se van con una imagen cálida de ese supuesto “anfitrión olvidado”.

El seleccionador de Portugal, Roberto Martínez, elogió el estadio de Toronto —el más pequeño del torneo, ampliado con gradas temporales— porque le recordó a los “viejos estadios de la Premier League”. Tras la victoria ante Croacia, definió el ambiente general como “un espectáculo increíble para el fútbol”.

Gudmund Agotnes, aficionado noruego que se desplazó a Toronto para ver tres encuentros, se declaraba “afortunado con el sorteo” y describía la experiencia en el estadio como “muy buena”, con una vista “a vista de pájaro” tanto del juego como del horizonte de la ciudad.

La audiencia se rinde a Les Rouges

En las gradas, el Mundial funcionó. Más de un millón de aficionados asistieron a los 16 primeros partidos repartidos entre los tres países anfitriones, según datos de Fifa. El torneo apunta a superar el récord histórico de 3,5 millones de asistentes de 1994 al término de la fase de grupos, algo lógico con el nuevo formato ampliado.

En Canadá, el gran termómetro fue el televisor.

El duelo de octavos ante Marruecos, el 4 de julio, alcanzó un pico de 11,7 millones de espectadores únicos, la mayor audiencia canadiense registrada para un partido de Mundial que no fuera una final, de acuerdo con la cadena Bell Media, emisora anfitriona.

La comparación con el deporte rey del país es elocuente: el estreno de la última temporada de la NHL reunió a 9,8 millones de canadienses. Los encuentros de dieciseisavos del Mundial promediaron 1,9 millones de espectadores en Canadá, por encima del histórico Hockey Night in Canada, que ronda los 1,2 millones por emisión.

El hockey sigue mandando. Pero el fútbol ya no susurra: habla en voz alta.

Una cultura futbolera que pide dar el siguiente paso

Canadá no parte de cero. Es su primer Mundial como anfitrión, pero el país tiene una base futbolera reconocible.

Cuenta con dos clubes en la MLS: Vancouver Whitecaps, fundado en 1973, y Toronto FC, nacido 32 años después. Hay tradición de grada, hay ligas recreativas llenas. Lo que ha faltado, durante décadas, es traducir esa pasión en resultados constantes al máximo nivel, sobre todo con la selección masculina.

En el fútbol femenino, el panorama es distinto: la selección ocupa el noveno puesto del ranking mundial de Fifa y se ha instalado desde hace años en la élite.

Este Mundial ha sacudido también las estructuras. Canada Soccer, el organismo rector del deporte en el país, lanzó una campaña de recaudación antes del torneo. El objetivo: 25 millones de dólares canadienses. Lo alcanzó meses antes de lo previsto, impulsado por el efecto Mundial.

Mientras tanto, los seguidores de la selección masculina, Les Rouges, se aferran a la sensación de haber vivido algo grande.

“Ha unido a mucha gente en un mundo bastante segregado”, contaba Zeileen Reardon, viendo el partido ante Marruecos en un bar de Calgary. “Creo que mostró al mundo que podemos juntarnos, incluso por un partido”, añadía.

Canadá deja el torneo con más preguntas que respuestas cerradas, pero con una certeza nueva: ya sabe cómo se siente un Mundial en casa, cómo suena un país entero girando la cabeza hacia un balón. La cuestión, ahora, es si el impulso se quedará en verano inolvidable o se convertirá en punto de partida para que el fútbol deje, por fin, de vivir a la sombra del hielo.