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Barcelona celebra LaLiga con Hansi Flick emocionado

En el Camp Nou, la fiesta tuvo un nudo en la garganta. Barcelona abrochó matemáticamente LaLiga ante su rival eterno, pero en la banda Hansi Flick vivió una de las noches más contradictorias de su vida: campeón de España horas después de enterarse de la muerte de su padre.

El estadio rugía, la grada cantaba, los jugadores saltaban abrazados sobre el césped. Y, sin embargo, cada plano de Flick mostraba algo más que alivio deportivo. Había orgullo, sí. Había satisfacción profesional. Pero también una tristeza evidente que atravesaba el traje del entrenador alemán.

Un título con dedicatoria íntima

Cuando apareció ante los micrófonos, la voz le temblaba. No por el cansancio del partido, sino por el peso del día.

«Ha sido un partido duro y nunca olvidaré este día. Quiero dar las gracias a la plantilla, al presidente, al vicepresidente, a Deco y a todos los que nos han apoyado», dijo, visiblemente emocionado. «Al final, lo más importante es que estoy muy orgulloso de tener un equipo tan bueno. Gracias por esa determinación para luchar los 90 minutos. Tenemos que celebrarlo. Visca Barça y Visca Catalunya».

El título, sellado en un Clásico y ante un Real Madrid competitivo hasta el último tramo, devuelve a Barcelona la corona liguera con un mensaje claro desde el banquillo: este es solo el primer peldaño.

Ambición sin disimulo

Flick no se refugió en tópicos. Ni siquiera en una noche así. En plena euforia, lanzó un reto mayúsculo al vestuario y al club.

«Es fantástico haber ganado LaLiga en El Clásico contra Madrid. No fue fácil; son un gran equipo. Estoy muy orgulloso de mis jugadores», subrayó. «Y ahora queremos llegar a los 100 puntos. Dicho esto, los jugadores se merecen una celebración ahora. Y el año que viene vamos a intentar ganar la Champions League».

Nada de paños calientes. La meta está marcada: mantener el nivel en España y volver a discutirle a Europa su trono.

El muro que sostuvo el título

La conquista del campeonato se ha levantado desde atrás. Una defensa fiable, solidaria, que volvió a dejar su sello con la portería a cero frente a un ataque de élite como el de los blancos. Flick no dejó pasar la ocasión para señalar a los suyos.

«Las lesiones no nos lo han puesto fácil, pero aun así hemos estado fantásticos», explicó el técnico. «Hemos jugado muy bien en este tramo final de la liga. Hemos estado bien en defensa. [Pau] Cubarsí, Gerard Martín, Eric [García]… han estado fantásticos. Y he podido utilizar el banquillo porque había muchos jugadores disponibles».

Los nombres propios ilustran la mezcla que ha impulsado al Barça: jóvenes que irrumpen sin miedo, secundarios que responden cuando el físico castiga a los titulares, un bloque que se ha ido endureciendo con el paso de las jornadas.

«Puede que lleve unas semanas… pero estamos contentos», añadió, aludiendo al desgaste acumulado. «Hemos jugado y defendido muy bien contra un gran equipo. Estoy orgulloso, ¿qué puedo decir? El ambiente en este vestuario es fabuloso. Soy feliz en Barcelona».

El día más duro, el grupo más fuerte

Detrás del plan táctico, Flick ha trabajado algo menos visible pero igual de decisivo: la cabeza del vestuario. La gestión de egos, la construcción de una cultura competitiva y, sobre todo, de pertenencia.

«No es fácil. Tienes que gestionar cosas», recordó. «Al principio de la temporada hablé de los egos, pero luego lo que vi en los entrenamientos me dio muy buenas sensaciones».

La prueba más cruda llegó justo antes del partido. Una llamada de su madre. La noticia que nadie quiere recibir en un día así.

«Mi madre me llamó para decirme que mi padre había fallecido. Tengo una buena relación con los jugadores y quise decírselo», relató. «No es fácil hablar en un día como hoy. Pero la reacción de los jugadores ha sido espectacular. Estoy muy orgulloso porque todos se sienten parte de esto y están conectados. Es difícil para mí hablar de esto hoy, pero estoy feliz. Gracias».

La escena lo resume todo: un entrenador roto por dentro, sostenido por un grupo que se abraza sobre el césped con un título en la mano. Un equipo que celebra, pero que ya escucha la siguiente consigna de su técnico: 100 puntos, Champions League, y la exigencia de demostrar que esta noche en el Camp Nou no fue un final, sino el comienzo de algo mucho más grande.