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Antonin Kinsky: De la caída en Madrid al héroe del Tottenham

Durante 17 minutos en el Metropolitano, la carrera de Antonin Kinsky pareció desmoronarse en directo. Dos errores groseros, dos goles encajados ante el Atlético de Madrid, cambio fulminante por Igor Tudor y una sensación brutal: el joven portero del Tottenham Hotspur no solo perdía su sitio, quizá perdía también su lugar en la élite.

Peter Schmeichel, voz autorizada como pocas para hablar del oficio, lo sentenció en directo en la retransmisión estadounidense de la Champions League: aquel cambio temprano, con el Tottenham 2-0 abajo en la ida de octavos, sería “un momento que todo el mundo en el fútbol recordará cada vez que vea o escuche su nombre”. El eco era evidente. Loris Karius, la final de Kiev, una noche que marcó una carrera.

Tudor, sin embargo, se negó a enterrar a su portero. Aseguró que Kinsky volvería a jugar con el Tottenham, incluso esta misma temporada. Sonaba a consuelo de vestuario, a mensaje para dentro. Pocos en la grada lo creían de verdad. Menos aún imaginaban que el checo de 23 años acabaría reescribiendo su propia historia con tanta rapidez.

El camino de vuelta empezó lejos de los focos de la Champions, con la lesión de Guglielmo Vicario abriéndole una puerta inesperada ante el Sunderland el mes pasado. Desde entonces, Kinsky ha ido sumando actuaciones sólidas, intervenciones de mérito, una presencia cada vez más serena. La estirada al tiro libre en el descuento ante Wolverhampton Wanderers, en el 1-0, ya dejó una pista de lo que podía ofrecer.

Pero borrar una pesadilla como la de Madrid exige algo más que “buenas paradas”. Hace falta una noche que cambie la conversación. Esa noche llegó en el 1-1 frente al Leeds United. Y Kinsky la agarró con las dos manos. Dos veces.

Una mano baja que lo cambió todo

El foco se irá, con razón, a su intervención final sobre Sean Longstaff. Sin embargo, la primera parada decisiva del encuentro explica igual de bien la transformación del portero.

Las dudas sobre su dominio del área venían de lejos. Su actuación en la derrota por 2-0 ante el Newcastle United en la Carabao Cup, con dos goles encajados en centros laterales que pudo gestionar mejor, había alimentado el escepticismo sobre su manejo de centros y balones aéreos. En un equipo que sufre a balón parado, eso pesa.

Por eso su reacción en el minuto 21 ante Joe Rodon tuvo un valor doble. Centro tenso de Brenden Aaronson desde la derecha, cabezazo abajo en el segundo palo del exjugador del Tottenham, dirección a la base del poste izquierdo. Era la típica acción que suele desnudar a un portero inseguro.

Kinsky se lanzó con decisión, rápido y bajo, metió la mano, desvió el balón, lo alejó del peligro y terminó atrapándolo. Nada de segundas jugadas, nada de dudas. Una parada de nivel mundial. Y, aun así, solo la segunda mejor de su propia noche.

La parada de la temporada

El momento que puede cambiar una temporada llegó en el minuto 98, con el Tottenham aferrado a un 1-1 que vale oro en la lucha por la permanencia con el West Ham United. Cada punto cuenta. Cada error se paga.

Balón filtrado, defensa descolocada, Sean Longstaff aparece en el área, ocho metros de distancia, disparo potente arriba. Gol cantado. O eso parecía.

Kinsky, no.

Matt Pyzdrowski, exguardameta profesional y analista especializado en porteros de The Athletic, desmenuza la acción con precisión quirúrgica. Lo que más le impresionó no fue la foto para el póster, sino la cabeza fría en pleno caos.

Cuando el balón se juega a la espalda de la zaga, la tentación natural del portero es lanzarse hacia delante, achicar, reducir el ángulo como sea. Kinsky hizo lo contrario. Se mantuvo pegado al césped, avanzó con pasos cortos y controlados, se deslizó ligeramente hacia su primer palo y se alineó una y otra vez con la trayectoria del balón. Con Micky van de Ven llegando a la cobertura, entendió que su responsabilidad no era lanzarse a lo loco, sino conservar el equilibrio y prepararse para el disparo.

La técnica acompañó a la lectura. Su posición de base fue impecable: pies a la anchura de los hombros, pecho ligeramente inclinado hacia delante, manos a la altura de la cintura. Una postura neutra, sin rigideces, que le permitía reaccionar tanto arriba como abajo. Ese detalle colocó sus manos justo en la zona ideal para proteger la mitad superior de la portería, dejando las piernas libres para sellar la parte baja. Un patrón que recordó al mejor David de Gea en el Manchester United.

Si hubiera bajado más el centro de gravedad o abierto demasiado la base, habría perdido la explosividad necesaria para impulsarse hacia el balón. Y, al mismo tiempo, habría bloqueado la trayectoria de sus propias manos. En lugar de eso, mantuvo un cuerpo compacto, vertical, reduciendo al mínimo la distancia que sus manos debían recorrer. El resto lo pusieron sus reflejos.

El resultado fue una imagen impactante: mano derecha que vuela hacia arriba, contacto limpio con el balón, desvío violento contra el larguero. Una acción que no está al alcance de todos los porteros. Una parada que sostiene una ventaja de dos puntos sobre el West Ham y que, vista en perspectiva, puede valer una permanencia.

Kinsky ya no es “uno más”. No, desde luego, “cualquier portero”.

Más que un buen pie

El checo siempre había destacado por algo que enamora a entrenadores como Roberto De Zerbi: su juego con los pies. Tiene el perfil perfecto para un equipo que quiere construir desde atrás, atraer presión y salir limpio. Pase tenso, buena lectura de líneas, valentía en corto.

Ahora, a esa faceta se le ha sumado algo que pesa todavía más en la Premier League: una mentalidad de primer nivel. Lo que ha hecho tras la noche de Madrid no es solo una cuestión de forma. Es carácter.

Muchos pensaron que aquel 2-0 y el cambio en el minuto 17 serían una losa definitiva. Un antes y un después negativo. Sin embargo, un mes después, Kinsky se marchó del césped ante el Leeds recibiendo aplausos de los aficionados del Tottenham, convertido en uno de los jugadores más fiables del equipo en el tramo más delicado del curso.

Tel, del éxtasis al golpe

El partido ante el Leeds también dejó otra historia cruzada: la de Mathys Tel. El atacante vivió las dos caras del fútbol en 90 minutos.

Primero, el golpe de talento. Un gran disparo con rosca para adelantar al Tottenham, definición propia de un futbolista que no se esconde. Más tarde, el error que cambió el guion. Intentó una chilena para despejar dentro del área, una decisión tan espectacular como innecesaria. Falló el despeje, cometió penalti y Dominic Calvert-Lewin no perdonó desde los once metros.

De Zerbi, consciente del impacto que puede tener una acción así en un jugador joven, se mostró protector en la sala de prensa. Dijo que le daría “un gran abrazo y un gran beso” para ayudarle a reaccionar como lo ha hecho Kinsky. El mensaje es claro: en este Tottenham, los errores no son sentencia, son punto de partida.

La clasificación, sin embargo, no entiende de abrazos. El empate deja al Tottenham apenas dos puntos por encima del West Ham, que visita al Newcastle United el domingo con la permanencia como premio o castigo.

Kinsky ya ha completado su arco de redención. Pero a este equipo todavía le queda escribir el final de su historia. Y en los duelos que vienen, ante Chelsea y Everton, nadie en el Tottenham se quejará si su portero decide añadir un par de capítulos más a esta resurrección inesperada.