El susto de Hany en el Mundial
En el AT&T Stadium de Arlington, en pleno arranque del segundo tiempo, el silencio cayó como un telón pesado. Mohamed Hany se desplomó sobre el césped en el minuto 48 del Australia–Egipto, duelo de octavos de final del Mundial, y durante unos segundos nadie respiró.
El lateral egipcio quedó tendido, inmóvil, mientras los compañeros pedían asistencia a gritos y los australianos se alejaban con gesto serio. No fue una de esas caídas teatrales que el fútbol conoce de memoria: esta vez la preocupación fue real, inmediata.
Hany recibió atención médica sobre el campo y, tras unos instantes de tensión, logró incorporarse por su propio pie. Caminó hacia la banda, escoltado por los doctores, para una evaluación más detallada. La grada, mitad curiosa, mitad aliviada, lo despidió con un aplauso que sonó a agradecimiento por algo tan básico como verlo de nuevo de pie.
Un minuto fuera. Nada más. El defensor regresó al partido, decidido a seguir compitiendo en el escenario más grande del fútbol. Y ahí, justo ahí, el juego le devolvió la peor de las ironías.
Poco después de su regreso, en una acción aérea en su propia área, Hany conectó un cabezazo que terminó en el lugar equivocado: dentro de la portería de Egipto. Autogol. Otro más. Era el segundo que firmaba en este mismo Mundial, una estadística durísima para cualquier jugador, mucho más en una fase de eliminación directa.
La pelota cruzó la línea y el rugido fue australiano. Para Hany, en cambio, el momento fue devastador: de la angustia por su estado físico al golpe psicológico de ver su nombre asociado otra vez a un tanto en propia puerta, todo en cuestión de minutos.
Mientras Australia y Egipto se jugaban el pase en este nuevo formato de fase de 32, el caso de Hany resumía la brutalidad del torneo: el Mundial no espera a nadie. Ni a los que acaban de asustar al estadio entero, ni a los que regresan al césped intentando rehacerse.
En un campeonato que ha crecido hasta reunir a 48 selecciones y que se reparte por 16 sedes en tres países, cada detalle pesa. Un despeje fallido, un salto mal calculado, un segundo de descoordinación. En noches como esta, pueden cambiar un partido. O marcar para siempre el recuerdo de un jugador.





