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Ronaldinho regresa a Ravenna: un sueño hecho realidad

En una tarde abrasadora de verano en Ravenna, donde las colas suelen formarse ante los mosaicos bizantinos del siglo V y la tumba de Dante, no frente a un estadio de fútbol, todo el mundo busca a la misma persona. No es un turista más, ni un político de visita. Es Ronaldo de Assis Moreira. Ronaldinho.

En las mesas de un café del centro histórico, cuatro aficionados hojean La Gazzetta dello Sport con una mezcla de sorna y escepticismo. “Todavía no lo hemos visto”, sueltan con ironía seca, sin apartar la vista del famoso diario rosa. No se fían del todo. Ven la operación como un golpe comercial de manual. Pero bajo esa coraza de desconfianza late algo imposible de disimular: el sueño infantil de ver al ganador del Balón de Oro 2005 y campeón del mundo en 2002 con la camiseta amarilla y roja de su ciudad.

Lo que ocurre en este rincón tranquilo de Emilia-Romaña roza lo surrealista. Y tiene nombre propio: Ignazio Cipriani. Heredero de la dinastía veneciana de hostelería que levantó el mítico Harry’s Bar, este empresario, nacido en Ravenna y nieto del magnate químico y navegante Raul Gardini —el hombre que llevó a Il Moro di Venezia a la final de la America’s Cup de 1992—, compró el club en 2024 cuando vagaba por la Serie D, cuarta categoría del fútbol italiano.

Su primer curso como presidente fue un aviso: título de la Copa de la Serie D y ascenso inmediato a la profesional Serie C. Pero Cipriani no habla en diminutivo. Nunca lo ha hecho. “No es una provocación. La Serie A es el objetivo que declaré desde el primer día porque pretendo alcanzarlo. Y la Champions League sigue siendo el horizonte último hacia el que queremos caminar, paso a paso”, ha repetido. Le gusta vivir “contra la pared”, sin salidas fáciles. Sin coartadas. “Prefiero eliminar cualquier alibi desde el principio”, explica.

Este verano decidió ir un paso más allá. Un paso tan exagerado que muchos, al leer los titulares, pensaron en una broma: traer de vuelta a Ronaldinho… como jugador, con 46 años.

Cipriani cuenta que el contacto nació a través de Lorenzo Tonetti y Ariedo Braida, dos hombres que trabajaron más de dos décadas en AC Milan y que conocieron de cerca al brasileño. “La idea de involucrarlo era un sueño que cultivé en cuanto compré el club. Gracias a Lorenzo y Ariedo nos conocimos, empezamos a hablar y nació una amistad auténtica. De esa relación surgieron muchas ideas para el crecimiento del club. Y a la pregunta que todos se hacen, respondo feliz: Ronaldinho llevará la camiseta del Ravenna como jugador e intentará… quizá marcar el último gol de su carrera con nosotros”.

La maquinaria se puso en marcha al instante. Una web dedicada lanzó una camiseta especial con el logo “R10”, la marca personal del brasileño. Se agotó en cuestión de horas. El choque es llamativo: una leyenda global del marketing deportivo aterrizando en el fútbol de provincia, una operación que mezcla intuición empresarial, romanticismo futbolero y una ejecución mediática impecable.

“Si hace tres años alguien me dice que Ronaldinho viene a Ravenna, lo mando directo al psiquiátrico”, se ríe Fabio, hincha de toda la vida. “La noche que saltó la noticia, en todos los titulares internacionales se leía ‘Ronaldinho to Ravenna’. Fue una operación extraordinaria”.

Extraordinaria, sobre todo, para un club que nunca ha jugado en la élite. Ravenna arrastra dos quiebras recientes, en 2001 y 2012, y una historia de idas y venidas por las categorías inferiores. Su techo, siete temporadas en Serie B. En una ciudad donde el voleibol ha mandado durante décadas, el fútbol se acostumbró a presupuestos ajustados y derbis regionales.

Ahí entra en juego la figura de Ronaldinho. “Es un icono único”, insiste Cipriani. “Su manera de jugar hizo que mi generación se enamorara del fútbol. Hoy lo queremos para que la próxima generación de aficionados, en Italia y en el mundo, se enamore de Ravenna. No es solo un golpe de visibilidad; se trata de tender un puente entre distintas épocas del fútbol y construir alrededor de él una afición verdaderamente global”.

El plan no se queda en el césped. El club trabaja con el municipio en la renovación del Stadio Bruno Benelli, con la idea de superar los 6.300 asientos actuales. Pero el presidente mira más alto: sueña con un nuevo recinto multifuncional, abierto los siete días de la semana, con espacios comerciales, zona de conciertos y un Hotel Cipriani integrado, conectado con la apuesta de la ciudad por reforzar su turismo internacional.

Para el alcalde, Alessandro Barattoni, la llegada de una figura mundial encaja a la perfección en la estrategia de internacionalización. Ravenna lleva años intentando ir más allá del turismo de playa y de sus puertos comerciales. Ha reactivado lazos con el mundo anglosajón, como demuestra la reciente visita de la familia real británica y la apertura del Lord Byron Museum. En ese tablero, Ronaldinho es un altavoz planetario.

“Ronaldinho aporta un nivel de fama global completamente nuevo”, admite Barattoni. “Cuando salió la noticia, mi teléfono explotó con mensajes de antiguos compañeros de escuela. Para los chavales de hoy quizá sea alguien a descubrir en YouTube, pero el encanto sigue intacto”.

El alcalde, entre sonrisas, ya se ve guiando al brasileño por los tesoros artísticos de la ciudad, si la agenda lo permite.

Barattoni, eso sí, marca distancias en cuanto al papel institucional. “Nuestro punto de encuentro con el club es la internacionalización: llevar la imagen de Ravenna al mundo. Ronaldinho ha sido embajador global de incontables marcas. Hay un proyecto de fondo que puede dar una enorme visibilidad al equipo y permitir que la ciudad muestre sus iniciativas más allá de los circuitos habituales”. Y subraya algo que en el consistorio no pasa desapercibido: “Incluso antes de la llegada de Ronaldinho, el club hizo un trabajo fantástico con las nuevas generaciones. La edad media en la grada es más baja, más vibrante, más implicada que nunca. Se está formando un auténtico sentido de comunidad”.

No todo es entusiasmo. En la Curva Mero, el corazón más caliente y tradicional de la hinchada, estos movimientos se observan con cautela. “Hay cierta reticencia en algunos sectores”, reconoce Fabio. “El fútbol moderno empuja valores que muchos no comparten: subida de precios, pérdida de accesibilidad para familias con menos recursos. Como consecuencia, las operaciones de visibilidad y los golpes de marketing corren el riesgo de verse de reojo”.

Cipriani conoce bien esa tensión. “Sin raíces, ningún proyecto global tiene sentido”, sostiene. “Ravenna no es una marca que estemos creando desde cero; es una historia y una identidad que existían antes que nosotros. La tradición no es un freno a la ambición: es el cimiento. Un club sin su gente no vale nada”.

En la grada, ese mensaje cala. Giovanni, 50 años, abonado desde sus días de colegio, lo resume sin rodeos: “Estoy redescubriendo la ilusión de antes. Si hace falta un icono como Ronaldinho y un empresario local para hacernos soñar con la Serie A, pues adelante. Lo importante es no olvidarse nunca de la gente en las gradas”.

El llamado “efecto Ronaldinho” ya tiene su primera traducción numérica: la campaña de abonos acaba de arrancar con un objetivo claro, vender 2.800 carnés. Los precios han subido de media alrededor de un 12%, con diferencias según la zona del estadio. Un peaje asumible para algunos, una señal de alerta para otros.

Mientras tanto, la ciudad vive en una especie de vértigo ilusionado. En los despachos, el club arma una plantilla con una consigna simple: pelear por el título. En las calles, se mira el calendario. El 20 de agosto está marcado en rojo. Ese día se espera la aparición de Ronaldinho en un festival de verano de tres días en Marina di Ravenna, organizado con el sello Cipriani.

Será entonces cuando Ravenna descubra si este sueño que mezcla mosaicos bizantinos, ambición empresarial y la sonrisa eterna del “10” brasileño es solo un golpe de efecto… o el primer paso real hacia un futuro que, hasta hace nada, nadie se habría atrevido ni a imaginar.