Mundial 2026: El torneo más grande y sus favoritos
El Mundial de 2026 arranca en menos de 12 horas y, guste o no, llega para romper todos los moldes. Será el más grande, el más largo, quizá el más ambicioso… o el más hinchado. Pero ya no hay marcha atrás.
Esta noche, a las 20.00, México y Sudáfrica levantarán el telón con el primer partido de un maratón de 104 encuentros. Un calendario descomunal que mezcla ilusión y sospecha: ¿fiesta global o saturación histórica?
Un torneo gigante, un grupo de favoritos muy claro
Sobre el papel, el guion parece nítido. España aterriza como gran favorita y vigente campeona de Europa, con una plantilla profunda y un centro del campo que el resto solo puede envidiar. Francia llega con la inercia de dos finales consecutivas y una nómina ofensiva que asusta. Inglaterra, por fin, se mira al espejo sin complejos bajo el mando de Thomas Tuchel.
Y en medio de todo, el campeón. Argentina, guiada por un Lionel Messi de 38 años que busca convertirse en el primer capitán en levantar dos Mundiales seguidos desde aquel Brasil de 1962. El reto es mayúsculo: superar definitivamente la sombra de Diego Maradona con un segundo título mundial.
Brasil, ahora bajo la batuta de Carlo Ancelotti, conserva suficiente pólvora como para pensar en serio en el título. Vinicius, Raphinha, Marquinhos. Calidad hay. Lo que no hay es la sensación de equipo arrollador de otras épocas, con un camino de clasificación lleno de baches y un centro del campo todavía en discusión.
Para Cristiano Ronaldo, capitán de Portugal, el torneo tiene un tono de despedida. Es su última oportunidad de levantar el gran trofeo que siempre se le escapó. Su presencia garantiza ruido, atención, cámaras. Falta por ver si eso impulsa o distrae a una selección que, por talento, puede ir muy lejos.
Y, como dicta el tópico, nunca conviene dar por muerta a Alemania. Menos aún con Julian Nagelsmann al mando. A la vuelta de la esquina aparecen selecciones como Colombia, Senegal o Marruecos, cada vez más acostumbradas a incomodar a los gigantes y a colarse en las rondas decisivas.
Un Mundial inflado: 48 selecciones, 12 grupos y poco riesgo
El nuevo formato lo condiciona todo. Cuarenta y ocho equipos repartidos en 12 grupos. Demasiado espacio para los desequilibrios, demasiados partidos que solo interesarán a los países implicados.
Alemania contra Curazao el domingo. España frente a Cabo Verde el lunes. Dos choques que, si se cumplen los pronósticos, pueden acabar en goleadas sin historia. Otros duelos como Qatar–Suiza o Uzbekistán–Colombia difícilmente acelerarán el pulso de los neutrales.
La sensación es clara: se ha rebajado el riesgo. La tensión de las viejas fases de grupos, con gigantes al borde del abismo desde el segundo partido, se diluye con un sistema extremadamente generoso.
Los dos primeros de cada grupo avanzan de forma automática. A ellos se suman los ocho mejores terceros. Resultado: dos tercios de las selecciones llegarán a los cruces de dieciseisavos de final. Un diseño que parece hecho a medida para minimizar sustos y evitar que los grandes patrocinados hagan las maletas demasiado pronto.
Con este formato, una selección puede perder dos partidos y aun así colarse en la fase eliminatoria, aunque con un cruce más complicado. Y no es descabellado pensar que se repita una historia como la de Irlanda en Italia 90: avanzar sin ganar un solo encuentro.
El precio de este colchón competitivo es evidente: el arranque del torneo puede sentirse plano. Para muchos, la verdadera emoción no aparecerá hasta que empiecen los cruces directos. Para los grandes, en cambio, es un alivio. Les da margen para gestionar cargas, rotar y recuperar jugadores castigados por una temporada de clubes interminable.
Estrellas entre algodones y un clima que manda
En ese contexto, los grandes nombres se medirán con cuidado. Messi, Neymar, Lamine Yamal, Bukayo Saka, Nico Williams: todos apuntan a una gestión milimétrica en los primeros partidos. Nada de forzar, nada de riesgos innecesarios, con la vista puesta en un posible camino de ocho encuentros hasta la final.
El clima añade otra capa de dificultad. Ciudades como Miami, Houston, Guadalajara o Ciudad de México están acostumbradas a episodios de calor extremo en junio y julio. La FIFA ha impuesto pausas de hidratación en los minutos 22 y 67 de todos los partidos, sin excepción, y ha ajustado el calendario para que la mayoría de choques diurnos se disputen en estadios climatizados.
Ni siquiera eso bastará para neutralizar el impacto del calor y la humedad. Jugar a alta temperatura desgasta, altera ritmos, condiciona planteamientos. Sobre el papel, selecciones como España, Brasil, Argentina o México deberían sentirse más cómodas en estas condiciones, habituadas a competir bajo un sol que castiga.
España, señalada por las casas de apuestas como la gran candidata, busca sumar el Mundial a su corona europea. Tiene la plantilla más completa del torneo y un centro del campo que puede monopolizar la pelota y el tempo de casi cualquier partido. La gran incógnita es Lamine Yamal: una lesión en los isquiotibiales pone en duda su presencia en la fase de grupos. La buena noticia para los españoles es que el formato les concede tiempo para dosificarlo y reintroducirlo sin prisas.
Francia aparece como el rival más serio. Si ambas selecciones cumplen y ganan sus grupos, solo podrían cruzarse en semifinales. Un choque que ya se saborea. Kylian Mbappé, Ousmane Dembélé, Michael Olise, Désiré Doué… Les Bleus reúnen talento ofensivo como para destrozar a cualquiera. Es el último torneo de Didier Deschamps al mando, y el recuerdo de la final perdida en la edición anterior empuja a un grupo que siente que todavía tiene cuentas pendientes.
Inglaterra se reinventa, Brasil y Argentina generan dudas
Inglaterra llega con un aire distinto. Deja atrás la etapa de Gareth Southgate, criticada por su conservadurismo, y se entrega al plan de Tuchel, mucho más agresivo, fluido y de alta intensidad. El alemán no ha temblado a la hora de tomar decisiones impopulares: fuera de la lista nombres como Phil Foden, Cole Palmer o Trent Alexander-Arnold. No es una cuestión de jerarquías ni de cartel, sino de encaje en su idea. Un riesgo enorme. Si sale mal, esas ausencias se convertirán en munición diaria.
Brasil y Argentina, eternos candidatos, arrastran interrogantes. La Seleção de Ancelotti mezcla brillo individual y dudas estructurales, sobre todo en la sala de máquinas. La Albiceleste, pese a ser la campeona vigente, vive pendiente del reloj biológico de Messi. ¿Puede volver a sostener a un equipo entero en un torneo tan largo, tan exigente, tan pesado en piernas y cabeza?
Para Argentina, la historia es clara: ningún país gana dos Mundiales seguidos desde aquel Brasil del 62. Para Messi, el reto es todavía más personal: exprimir una última gran función al máximo nivel, sabiendo que cada partido puede ser el último en el gran escenario.
Un Mundial que exige al público tanto como a los jugadores
El reloj también aprieta fuera del campo. Los horarios castigan a buena parte de la audiencia mundial. Para los aficionados irlandeses, por ejemplo, las alarmas y el café serán tan protagonistas como las pizarras tácticas. Brasil debutará ante Marruecos a las 23.00 de un sábado; Argentina comenzará su defensa del título a las 2.00 de un miércoles. No son precisamente citas amables.
Este Mundial exige paciencia, resistencia y una fe ciega en que el tramo final compensará la travesía. Pide a los aficionados que soporten horarios incómodos, una fase de grupos alargada y un calendario que parece no terminar nunca. Pide a los jugadores que sobrevivan al calor, a los viajes y a un torneo de ocho partidos para el que casi nadie está diseñado.
La pregunta es inevitable: ¿puede el fútbol, incluso al máximo nivel, justificar 104 partidos? La respuesta no llegará en la ceremonia inaugural ni en la primera goleada de un gigante. Se conocerá el 19 de julio, cuando el campeón levante la copa y el mundo decida si este experimento mereció la pena.





