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Luca Zidane: El legado familiar en el Mundial de Argelia

El apellido Zidane vuelve a un Mundial… bajo los palos de Argelia

Cuando el apellido Zidane apareció en la espalda del portero de Argelia en el debut mundialista ante Argentina, el estadio contuvo la respiración un segundo. El recuerdo viajó solo: París 1998, Berlín 2006, la silueta inconfundible de Zinedine Zidane levantando una Copa del Mundo con Francia. Esta vez, sin embargo, el Zidane que ocupaba el foco no dirigía el juego. Lo protegía. Era Luca Zidane, el hijo, plantado bajo el larguero argelino con una máscara negra que le cubría el rostro.

Un Zidane de blanco… y verde

Nacido en Francia, criado en gran parte en España a la sombra de los años dorados de su padre en el Real Madrid, Luca Zidane tenía ante sí varias rutas posibles. Eligió la de la sangre. Sus raíces paternas le abrieron la puerta de Argelia, el país de sus abuelos, y él no dudó. En más de una ocasión ha explicado el peso de esa herencia en su vida cotidiana, en su casa, en su mesa.

“Hemos vivido en una cultura argelina desde que éramos pequeños. Es un honor jugar para Argelia”, dijo en una entrevista anterior. No era una frase de compromiso. Su decisión le ha llevado al escenario que todo futbolista sueña: un Mundial, un himno, una bandera.

Un estreno brutal ante el campeón

El guion, sin embargo, no le regaló un estreno amable. Su primera aparición mundialista llegó frente al campeón vigente, Argentina, con Lionel Messi al mando. El resultado fue duro: 3-0 para la Albiceleste, con un hat-trick del capitán argentino. Argelia sufrió, y Luca, como cualquier portero debutante ante una delantera de ese calibre, también.

Aun así, cada intervención, cada saque, cada salida por alto llevaba un peso simbólico añadido. No solo defendía la portería de Argelia. Cargaba con un apellido que ha marcado la historia de los Mundiales.

La máscara y el regreso

La imagen de Luca Zidane bajo el arco, con una máscara negra ajustada al rostro, añadió otra capa a la historia. No era un simple accesorio. Era la huella visible de un golpe que casi lo deja fuera del torneo.

En abril, en un partido de la liga española con el Granada, el guardameta sufrió una fractura de mandíbula, lesiones en la barbilla y una fuerte conmoción tras un choque brutal. Su presencia en la Copa del Mundo quedó inmediatamente en el aire. Durante semanas, la incógnita fue si llegaría a tiempo, si el Mundial sería un sueño aplazado.

Llegó. Y no solo llegó: se adueñó del dorsal número uno de Argelia en su regreso al mayor escaparate del fútbol. La máscara, lejos de ocultarlo, lo convirtió en una figura inconfundible. Un Zidane enmascarado defendiendo el arco argelino ante Messi y compañía: el fútbol no podía haber escrito una metáfora más potente.

El peso del nombre, el valor de la elección

Para miles de aficionados, ver el apellido Zidane en un Mundial fue un viaje directo al pasado. A la noche en la que Zinedine levantó la Copa del Mundo con Francia en 1998. A la final de 2006, a los goles, al carisma, al icono. Veintitantos años después, el apellido ha vuelto al torneo. No para dirigir a Les Bleus, sino para proteger la portería de Argelia.

Luca Zidane no intenta imitar a su padre. Ha elegido otro camino, otro rol, otra camiseta. Pero cada vez que la cámara se detiene en su espalda y aparece ese “Zidane” sobre el número, el recuerdo se activa. Y la historia, inevitablemente, se reescribe desde otro ángulo.

El legado cambió de área. Ahora, el apellido que un día deslumbró en la mediapunta se aferra al césped dentro del área pequeña, con guantes, máscara y una nueva bandera sobre el pecho.

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