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Kai Havertz: De la Resaca de Budapest al Mundial

Kai Havertz aún siente en la piel lo que pasó en Budapest hace apenas tres semanas y media. El cabezal de emociones sigue girando: el gol temprano ante Paris Saint‑Germain, la final de Champions encaminada durante casi una hora, el golpe brutal del desenlace. Y, al día siguiente, la obligación de subirse a un autobús descapotable por Islington para celebrar la Premier League con Arsenal.

“Para ser sincero, fue duro”, admite. Su instinto tras la derrota fue claro: cancelar el desfile. No era precisamente el escenario ideal para dejarse bañar por la adoración de un millón de aficionados. Pero la noche dio paso a la mañana, y la perspectiva cambió.

El mar de gente, de color y de puro desahogo emocional en el norte de Londres terminó por justificar el tour. “Teníamos una temporada enorme detrás”, recuerda Havertz. “El club llevaba 22 años sin ganar la liga, eso había que celebrarlo bien con los aficionados. Nunca había vivido nada parecido. Tanta gente en las calles, tanto apoyo. Está entre mis tres mejores experiencias como profesional”. Ahora persigue añadir una cuarta a esa lista.

De la resaca de Budapest al impulso de un Mundial

Havertz habla desde la base de Alemania para el Mundial, en Winston, Carolina del Norte. El ambiente es distinto. Se nota un impulso, una ligereza que no existía en los últimos grandes torneos. Las eliminaciones en la fase de grupos de 2018 y 2022 pesaban como una losa; esta vez, el equipo ya se ha asegurado el primer puesto del Grupo E.

En una de aquellas salidas traumáticas, en Qatar, él marcó dos goles a Costa Rica y aun así Alemania hizo las maletas. “Qatar fue cualquier cosa menos un éxito para nosotros como equipo y para mí personalmente”, admite. Ahora percibe otra energía. Otra responsabilidad, también. “Sabíamos que teníamos el deber de no fallar pronto otra vez. Somos Alemania. Pero ahora el torneo realmente acaba de empezar”.

En el Graylyn Estate, la mansión de aire señorial donde se aloja el grupo de Julian Nagelsmann, no hay euforia desatada. Una goleada a la modesta Curaçao y una victoria agónica ante Côte d’Ivoire no dan para fuegos artificiales, pero sí para una certeza: Alemania volvió a divertirse. El dato es elocuente: 42 remates en esos dos partidos.

“Transmitimos una verdadera alegría por jugar”, dice Havertz. “Nos movemos mucho, jugamos ofensivo y creamos ocasiones. Y sabemos reaccionar cuando encajamos”.

Un ‘fantasma’ en el área

Ante Curaçao, Havertz firmó un doblete: penalti y definición sutil, picando el balón en los minutos finales. Suma ya 24 goles en 60 partidos con la selección y se ha asentado como delantero centro titular para Nagelsmann. Incluso si fue el suplente Deniz Undav quien cambió el partido ante Côte d’Ivoire con otro doblete y ha alimentado el debate sobre quién debe arrancar frente a Ecuador.

El ruido no le sorprende. Forma parte de su carrera. En Alemania, sus virtudes a menudo parecen pasar de puntillas. “Probablemente porque no juego en la Bundesliga”, apunta. Recuerda que algo parecido vivieron Toni Kroos e Ilkay Gündogan, años lejos de casa. “Se suele decir de mí: ‘Havertz no ha marcado otra vez, no sirve para nada’. Y cuando marco, dicen: ‘Bueno, es lo que tiene que hacer, ya era hora’. No se lo reprocho a nadie; es totalmente normal”.

Tal vez el propio Havertz contribuya a esa percepción. Es un futbolista singular: mezcla de movimiento, lectura táctica y un sentido del tiempo que no necesita estridencias. Su instinto no es rugir, sino desaparecer. “Los defensas no deben saber nunca dónde estoy, adónde voy, qué planeo o dónde voy a estar en cada momento”, explica en una entrevista organizada con Die Zeit. “Eso es lo peor para ellos. Intento ser como un fantasma para los defensas”.

Esa forma de entender el juego le convierte en el sueño de muchos entrenadores. Mikel Arteta, sin ir más lejos, rara vez pierde la ocasión de elogiarle. Havertz lo resume con naturalidad: “No puedo quedarme esperando en el área, necesito participar. También hago desmarques que sé que a veces parecen inútiles, pero estoy creando espacios para los que vienen detrás”.

Su carrera lo demuestra. Empezó como extremo, jugó mucho tiempo en el centro del campo hasta que Peter Bosz lo adelantó como referencia en el Bayer Leverkusen. Incluso Nagelsmann lo llegó a colocar de lateral izquierdo en un amistoso ante Turquía en 2023. Marcó a los cinco minutos. El experimento lo dice todo. “Si me lo pidiera otra vez, lo haría”, asegura.

Críticas, nervios y una calma engañosa

Su manera de caminar por los partidos, sin aspavientos, se confunde a menudo con desgana. Havertz convive con ese juicio desde hace años. “Soy consciente de los debates sobre que soy demasiado tranquilo o que mi lenguaje corporal es malo”, reconoce. “Eso siempre sale cuando no estoy jugando bien. Pero no soy de los que le dan demasiadas vueltas. Antes era distinto. Ya no me quedo rumiando las cosas”.

Eso no significa que no sienta la presión. Al contrario. “Sé que desde fuera no se ve, pero lo noto”, dice. “Antes de una final de Champions, o en un Mundial. O antes de tirar un penalti. Necesito esa tensión para mantenerme concentrado”.

Esa mezcla de instinto y frialdad puede ser clave para que Alemania aspire a su primer título mundial desde 2014, por más que el camino se haya llenado de dudas en la preparación y asome un posible cruce de octavos ante Francia. Havertz llega sano, algo que no siempre fue garantía en los últimos tiempos. La primera parte de su última temporada se torció con una operación de rodilla; en 2024‑25 también arrastró una lesión muscular. De ahí que sus aportaciones con Arsenal tengan un valor añadido. “El último año y medio me ha ido mal”, admite. Justamente por eso, el deseo de dejar atrás la frustración arde con más fuerza.

Havertz formó parte de la Alemania que, en plena ola de entusiasmo local, cayó por poco ante España en los cuartos de final de la Eurocopa 2024. En Norteamérica percibe algo aún más intenso. “El ambiente es increíble. Antes de la Euro en Alemania también estaba muy ilusionado. Un Mundial es todavía más grande. Hay una energía increíble en los estadios”.

Contra las pausas, a favor del impulso

El calor, por ahora, no le ha pasado factura. Alemania jugó en Toronto y en un recinto climatizado en Houston; lejos de los infiernos de otros Mundiales. Havertz no ha sentido esa sed desesperada que justificaría las pausas de hidratación que impulsa la FIFA. No es precisamente un fan. “Suelen ser molestas, sobre todo cuando acabas de tener dos o tres buenas situaciones y sientes que te cortan el ritmo”, sostiene. “Pero eso lo deciden otros”.

Lo que sí depende de él es el rumbo de esta Alemania. A los 17 años, cuando despuntaba en Leverkusen, quiso dejar los estudios y renunciar al Abitur, el examen que abre la puerta a la universidad. Un empleado del club le frenó en seco. Lo consideraba una prueba esencial de carácter. “A los 17 piensas que ya no necesitas el colegio”, recuerda. “A esa edad tampoco piensas en las lesiones ni en cómo las cosas pueden cambiar de repente. Fue una lección de vida: terminar lo que empiezas en lugar de abandonar”.

Quizá ahí esté también el molde de este Mundial para Havertz: un torneo que se gana como se completan los estudios que uno quiere dejar a medias, paso a paso, sin escapar cuando el camino se vuelve incómodo. Y, si todo sale bien, con un desfile final que ya no duela por dentro.

Kai Havertz: De la Resaca de Budapest al Mundial