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Gianni Infantino enfrenta crisis tras fracaso de venta en FIFA

El giro llegó de madrugada, casi a escondidas, pero con estruendo político. Gianni Infantino, acorralado como nunca desde que llegó al poder en 2016, se vio obligado a frenar en seco su ambicioso plan de vender una participación en el negocio comercial y de eventos de FIFA tras una oleada de rechazo sin precedentes.

“Este proyecto ha creado divisiones… esta propuesta no seguirá adelante”, admitió el presidente en un comunicado publicado tarde el viernes. Un reconocimiento explícito de que la presión le desbordó.

De “nadie está vendiendo el fútbol” al frenazo total

El cambio de rumbo resulta aún más llamativo si se observa la secuencia de las últimas 24 horas. A primera hora del viernes, FIFA defendía el plan con firmeza. En un comunicado, aseguraba que “nadie está vendiendo el fútbol” y que, pese a las críticas, seguiría adelante con la propuesta, reivindicando un proceso “abierto y democrático”.

Pero la realidad política le golpeó con fuerza.

UEFA ya había advertido que sus 55 federaciones estaban dispuestas a boicotear las competiciones de FIFA —incluidos los Mundiales— si el proyecto seguía sobre la mesa. Concacaf se alineó con esa postura. Poco después, la AFC, la confederación asiática, se sumó públicamente a la posición de europeos y norteamericanos.

El bloque opositor era demoledor: esas tres confederaciones representan a 137 de las 211 asociaciones miembro de FIFA. Con ese mapa, la aritmética dejaba a Infantino expuesto a una derrota histórica en su propio congreso y en el Consejo de 37 miembros, donde él y los ocho vicepresidentes también necesitaban dar su visto bueno.

La presión terminó por reventar el plan.

Un proyecto millonario… y explosivo

La propuesta no era menor. FIFA había anunciado el martes la creación de una nueva entidad privada, FIFA Forward Enterprises (FFE), destinada a gestionar sus grandes eventos: Mundiales, Mundiales de Clubes y otros torneos clave. El organismo pretendía vender un 21% de FFE a inversores externos.

El objetivo: recaudar 4.200 millones de dólares, una inyección inmediata que, según FIFA, se destinaría a las 211 federaciones a través de un nuevo mecanismo de financiación bautizado como FIFA Fast-Forward Programme (FFFP).

Sobre el papel, el paquete de desarrollo superaría los 10.000 millones de dólares en los próximos cuatro años. El dinero, como casi siempre en el fútbol, lo condicionaba todo.

El diseño incluía un sistema de incentivos que tensó aún más el debate. FIFA dejó claro que, incluso si una federación votaba en contra del plan de FFE pero este salía adelante, recibiría igualmente 20 millones de dólares en el ciclo 2027-30 (22 millones en 2031-34 y 24 millones en 2035-38), independientemente de si se vendía o no una participación a inversores privados.

Sin embargo, si esa federación apoyaba la propuesta, el pago para 2027-30 se duplicaría hasta los 40 millones, manteniéndose las mismas cantidades posteriores. Una estructura que muchos interpretaron como una forma de comprar apoyos políticos en un momento clave.

Cordeiro y Lamour, dos puñaladas internas

La revuelta no solo llegó desde las confederaciones. El terremoto mayor se produjo dentro de la propia estructura de FIFA.

Primero, Carlos Cordeiro, asesor de Infantino, presentó su dimisión. En un comunicado demoledor, calificó el proyecto como “un mal negocio para las asociaciones miembro de FIFA, un mal negocio para el fútbol y un mal negocio para el futuro a largo plazo del juego”. Un mensaje que golpeaba directamente el relato oficial de que el plan era una oportunidad histórica para el desarrollo global.

Acto seguido, el director de operaciones de FIFA, Kevin Lamour, fue aún más lejos en declaraciones a The Associated Press. Aseguró que el personal había sido “engañado” por Infantino y que dormiría mejor después de hablar, aunque eso le costara el puesto.

“Es el proyecto de una sola persona”, sentenció Lamour. Y remató: “No solo este proyecto no debe seguir adelante… ha llegado el momento de que los líderes políticos del fútbol se hagan las preguntas correctas y tomen las decisiones correctas”.

Cuando tus propios altos cargos describen tu gran plan como una aventura personal, el relato del liderazgo se resquebraja. Eso fue exactamente lo que ocurrió.

Thrive sigue, pero ya no importa

Mientras el fuego político se extendía, Joshua Kushner y su firma de capital riesgo Thrive seguían oficialmente en el acuerdo. No habían retirado su interés hasta la noche del viernes.

Pero el contexto cambió tanto que su posición dejó de tener relevancia. La operación murió por decisión de la cúpula de FIFA antes de que los inversores tuvieran que moverse. El enchufe se desconectó desde dentro, no desde los mercados.

CONMEBOL, por su parte, emitió un comunicado más matizado. No rechazó de forma frontal el proyecto, aunque marcó una línea clara: las decisiones financieras y comerciales “deben servir siempre a los intereses del fútbol y nunca anteponerse a su esencia”. Una advertencia sutil, pero significativa, desde Sudamérica.

Unas horas más tarde, el comunicado definitivo de FIFA retiraba todo del tablero. Sin matices. Sin plan B público.

El golpe a la autoridad de Infantino

El contexto hace el desenlace aún más duro para el presidente. Infantino llegaba a esta semana reforzado por las cifras del último Mundial masculino, con 15.000 millones de dólares de ingresos bajo su mandato, y con la sensación extendida en el ecosistema del fútbol de que su reelección en marzo de 2027 era poco menos que un trámite. Varias federaciones ya habían remitido cartas de apoyo para otro mandato.

En cuestión de días, el escenario dio un vuelco.

Reuniones internas de UEFA y Concacaf el jueves, según reveló The Athletic, pusieron sobre la mesa algo que hasta hace poco parecía impensable: la continuidad de Infantino al frente de FIFA. No se trataba solo de discutir un modelo de negocio, sino de revisar la confianza en el hombre que lo impulsaba.

Lise Klaveness, presidenta de la Federación Noruega, lo resumió con frialdad en declaraciones a VG: “Mi impresión clara en este momento es que ha perdido una gran parte de la confianza. No votamos por él la última vez, y hemos sido escépticos con esto. Hay muchas cosas buenas en FIFA, pero si adoptas un enfoque laxo con los principios de gobernanza y las reglas, pierdes la confianza rápidamente”.

El mensaje no venía de un opositor aislado, sino de una voz que refleja un malestar más amplio en el norte de Europa y más allá.

De la batalla de ideas a la lucha por sobrevivir

Lo que empezó como una discusión sobre el modelo de explotación comercial del fútbol mundial terminó convertido en una batalla por la supervivencia política del presidente.

Infantino, que había empujado el proyecto de FFE como una pieza central de su legado, se vio forzado a elegir. O insistir y arriesgarse a una derrota histórica, o recular para tratar de conservar el poder. Eligió lo segundo.

La humillación es evidente. Un presidente que se presentaba como el arquitecto de la expansión global del fútbol, respaldado por cifras récord y por una mayoría de federaciones, ha tenido que retirar su gran proyecto tras ser desautorizado por confederaciones clave y por miembros de su propio círculo.

El daño, sin embargo, no se mide solo en un plan frustrado. Se mide en algo mucho más delicado en política deportiva: la percepción de autoridad.

Las “aves de rapiña”, como describen algunos en los pasillos del poder, ya sobrevuelan. La fecha límite para presentar candidaturas a la presidencia de FIFA vence en noviembre. Hasta hace nada, nadie parecía dispuesto a desafiar a Infantino.

Ahora, la pregunta ya no es si alguien se atreverá a presentarse. La pregunta es cuántos oponentes tendrá cuando llegue marzo de 2027.