Francia avanza a semifinales del Mundial 2026 tras vencer a Marruecos
Boston, Estados Unidos – A la salida del estadio, con el sol aún pegando fuerte sobre la costa este, varias bufandas rojas de Marruecos se mezclaban con camisetas azules. La herida era reciente, pero muchos aficionados marroquíes ya habían encontrado un consuelo inesperado: unirse, casi sin pudor, al club de admiradores de Kylian Mbappé.
El capitán francés firmó una noche de esas que definen torneos. Un golazo para abrir el marcador, una jugada desequilibrante seis minutos después para servir el segundo, y un 2-0 que lanzó a Francia a las semifinales del Mundial 2026 y dejó a Marruecos, otra vez, con la sensación de haberse estrellado contra una fuerza que no se puede frenar.
“Francia es una fuerza imparable”, admitía Yaseen Maroufi, aficionado marroquí, mientras abandonaba el estadio con paso cansado. No le temblaba la voz al reconocer lo que muchos pensaban. “No solo empiezan con 11 jugadores muy buenos, también tienen uno de los mejores banquillos del torneo. Son el equipo a batir, y ahora mismo es muy difícil ganarles”.
Sin embargo, el primer cuarto de final del Mundial no arrancó como un paseo triunfal francés. Bajo un calor abrasador, el partido se encendió con otro relato: el de la revancha. La semifinal de 2022 seguía fresca en la memoria marroquí. Esta vez, el sueño era ajustar cuentas.
Había cautela, pero también fe. Fe en una generación joven, en un nuevo seleccionador, en un plan que prometía competir de tú a tú. Y, sobre todo, en la posibilidad de que Mbappé tuviera por fin un mal día.
Durante casi media hora, pareció posible. En el minuto 29, el guion se inclinó hacia Marruecos: penalti para Francia, Mbappé frente a Yassine Bounou, héroe eterno para la afición marroquí. Una larga espera por movimientos en el área, recolocación del balón, tensión que se mascaba en cada grada. Mbappé dudó, golpeó sin convicción. Bounou blocó el disparo con una seguridad que desató un rugido rojo en todo el estadio.
Ese penalti fallado resumía la primera parte: fútbol tenso, contenido, casi desconfiado. Ninguna de las dos selecciones quiso exponerse demasiado. El miedo a quedar desprotegido atrás pesó más que el impulso de lanzarse a por el partido. Francia no encontraba fluidez. Marruecos, ordenado, se aferraba a su plan.
Segundo Tiempo
Tras el descanso, el partido cambió de tono.
Marruecos dio el primer paso hacia adelante. Se atrevió a pisar campo francés, encontró una ventana y probó a puerta. Fue su único disparo entre los tres palos, bien resuelto por el guardameta rival, pero el mensaje era claro: la selección norteafricana ya no se conformaba con resistir.
Ese atrevimiento tuvo un precio. Las líneas se estiraron, aparecieron huecos, y contra Francia eso es una invitación al castigo. Los espacios que otros equipos sueñan con cerrar se abrieron justo donde Mbappé más disfruta: en el costado izquierdo, con metros por delante y defensores obligados a recular.
El reloj marcaba el minuto 60 cuando la resistencia marroquí cedió. Mbappé recibió, encaró, se coló entre camisetas rojas y culminó una jugada que valió oro: gol para Francia, octavo tanto del capitán en este Mundial 2026. Un golpe seco al corazón de un equipo que había aguantado con entereza.
Seis minutos después, el mismo protagonista decidió cambiar de papel. Esta vez no remató, creó. Otra arrancada, otra defensa desbordada, y un servicio para que Ousmane Dembélé firmara el 2-0 y su quinto gol del torneo. Con esa diana, Francia se convirtió en la primera selección en la historia del Mundial en contar con dos jugadores con cinco o más goles en una misma edición. Un dato que explica por sí solo la dimensión ofensiva de este equipo.
Las vueltas que Mbappé dio alrededor de la zaga marroquí en la última media hora ya no aumentaron el marcador, pero sí la sensación de impotencia del rival. Cada vez que el francés aceleraba, el aire cambiaba. Cada vez que Marruecos intentaba salir, chocaba contra un muro azul cada vez más seguro de sí mismo.
La primera parte había alimentado la esperanza. La segunda la desmanteló sin contemplaciones.
Las gradas ofrecieron su propio relato. El “Dima Maghreb” tronó durante buena parte del encuentro, marcando territorio sonoro, imponiéndose incluso cuando Francia rondaba el área de Bounou. Pero con el segundo gol, el cántico se fue apagando. El silencio marroquí abrió espacio a un “Allez les Bleus” que hasta entonces se escuchaba a ráfagas, ahogado por la marea roja.
Entre los hinchas franceses, la sensación era de ilusión desbordada. Una afición que ve cómo una generación joven ya no solo compite, sino que domina. “Fue maravilloso ver todo este talento francés”, comentaba Claude Beyanoun, franco-estadounidense, mientras celebraba el pase junto a su hijo Zach. El futuro, para ellos, parece una serie de noches como esta.
Para Marruecos, el golpe tuvo un eco conocido. Otra eliminación ante Francia. Mismo marcador que en 2022. Otro intento de revancha que se queda a medio camino. Esta vez con un equipo menos experimentado, más verde, pero con la misma ambición de romper techos.
Los rostros a la salida del estadio lo decían todo: banderas al hombro, pasos lentos, miradas perdidas. Sin embargo, entre la decepción, asomaba una convicción que va más allá de un resultado.
“No ganamos este, pero vamos a ganar el próximo Mundial en casa”, decía Hamza, aficionado marroquí que prefería no dar su apellido, aludiendo al torneo de 2030 que Marruecos coorganizará. No sonaba a consuelo vacío, sino a objetivo.
Porque para Marruecos, esta derrota no cierra un ciclo. Lo empuja hacia adelante. Y la pregunta ya no es si pueden competir con gigantes como Francia, sino cuándo convertirán noches como esta en el punto de partida de algo mucho más grande.






