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Egipto hace historia en el Mundial: clasificación a octavos tras vencer a Australia

Hossam Abdelmaguid no tembló. Caminó hacia el punto de penalti con el peso de un país entero sobre los hombros y, con un golpe seco y preciso, escribió la noche más grande de la historia de Egipto en un Mundial. 4-2 en la tanda ante Australia, clasificación para los octavos de final y una frontera histórica derribada en Texas.

El partido había terminado 1-1 tras 120 minutos espesos, tensos, llenos de errores y nervios. Un duelo donde ni siquiera Mohamed Salah, capitán apagado y todavía lastrado por su lesión, supo aprovechar las ocasiones más claras. Pero cuando el cruce se convirtió en un examen de nervios desde los once metros, Egipto fue el que tuvo más pulso.

Una noche para la historia

El premio es mayúsculo: un billete a octavos de final por primera vez en la historia del país y, salvo terremoto mayúsculo, un choque en Atlanta contra la Argentina de Lionel Messi, siempre que los campeones del mundo no se desplomen ante la debutante Cabo Verde.

Daba igual el futuro en ese instante. En el presente, los egipcios celebraban como nunca. En el aire acondicionado del imponente estadio de los Dallas Cowboys, ante 70.000 espectadores, los siete veces campeones de África por fin se sentían grandes también en el escenario más grande.

Tony Popovic, técnico de Australia, buscó su propio golpe de efecto en el último suspiro: retiró a su portero titular y lanzó a la batalla a Mathew Ryan para la tanda de penaltis. Era su apuesta final.

El plan se vino abajo enseguida.

Con la portería situada frente a una marea de aficionados egipcios y un silbido ensordecedor cayendo desde la grada, Harry Souttar abrió la serie para los Socceroos y mandó el balón por encima del larguero. Un error brutal. Un regalo. Australia empezó la tanda cuesta abajo.

Los siguientes cinco lanzadores marcaron. Salah, que había vagado por el partido, se plantó en el punto de penalti y ejecutó el suyo con una frialdad insultante. Parecía otra persona. Otro futbolista. El líder que Egipto llevaba toda la noche esperando.

Hasta que le llegó el turno al joven Lucas Herrington. Apenas 18 años, defensor, responsabilidad gigantesca. Su disparo se estrelló en el travesaño. El silencio australiano fue tan fuerte como el rugido egipcio.

Abdelmaguid, entonces, cerró el círculo. Gol. Egipto a octavos. Salah, de rodillas, llorando de alegría. Australia, rota.

Gol tempranero, miedo y un héroe inesperado… en propia puerta

El camino hasta ese desenlace fue todo menos sencillo. Egipto entró al partido con dudas atrás y nervios a flor de piel. Cristian Volpato, que cambió Italia por Australia justo antes del torneo, avisó pronto: a los cinco minutos sacudió el larguero con un disparo que heló la sangre de los africanos.

La respuesta, curiosamente, llegó cuando menos lo merecían. Con Australia empujando, Hossam Hassan vio un resquicio. Karim Hafez colgó un centro preciso al segundo palo y Emam Ashour, completamente libre, cabeceó a la red. Minuto 13, 1-0, segundo gol del torneo para él. Y un giro en el guion.

Ese tanto obligó a una Australia poco goleadora —solo dos tantos en la fase de grupos— a asumir riesgos. Les costaba. Les faltaba filo. Su primer disparo entre palos no llegó hasta diez minutos antes del descanso, cuando Aziz Behich probó desde fuera del área con un tiro manso a las manos de Mostafa Shobeir.

En la portería egipcia, la historia también tenía apellido: su padre, Ahmed, defendió el arco de Egipto en el Mundial de 1990. Ahora era Mostafa quien sostenía el sueño familiar y nacional.

Mientras tanto, Salah apenas aparecía. A sus 34 años, recién salido de una lesión muscular, se le notó falto de chispa. No ganó duelos, no encontró espacios, no marcó diferencias. El primer tiempo se le fue entre choques, protestas y frustración.

El cierre de la primera parte dejó otra mala noticia para Australia. Jordan Bos, uno de los futbolistas más veloces del torneo, cayó al suelo tras una dura entrada aérea de Rabia. Intentó seguir, pero no pudo: se marchó ayudado por los médicos y dejó su sitio a Kai Trewin al descanso. Un golpe duro para el plan de Popovic.

Australia se agarra, Egipto perdona

Nada más arrancar la segunda parte, Egipto tuvo la jugada que pudo matar el partido. Omar Marmoush, atacante del Manchester City, se encontró con un balón franco en el área pequeña. Solo, perfilado, con el tiempo suficiente para elegir. Lo mandó fuera. Un fallo enorme.

La factura llegó poco después.

En una acción a balón parado, con el área llena de empujones y camisetas agarradas, Mohamed Hany intentó despejar un centro cerrado de los Socceroos. Presionado, desorientado, cabeceó hacia su propia portería. Gol en propia meta. 1-1. Segundo autogol del torneo para él. Un mazazo.

Egipto, que había sufrido tanto para adelantarse, se encontró de repente de nuevo en la casilla de salida. Y el partido entró en una fase de tensión pura. Ninguno de los dos equipos sabía muy bien si lanzarse a por el triunfo o protegerse del error fatal.

El técnico egipcio había avisado antes del choque de la dureza física de Australia. No exageraba. Cada balón dividido era un choque, cada centro lateral una batalla. Salah seguía sin aparecer como estrella, pero participó en la jugada que casi evita la prórroga: en el descuento, Patrick Beach voló para sacar un remate de Ramy que llevaba sello de gol. Esa mano, espectacular, empujó el partido a la prórroga.

Prórroga, miedo y penaltis

Con el tiempo extra, el cansancio se hizo visible. Egipto, sin embargo, terminó el tiempo reglamentario con más piernas y más fe. En los primeros compases de la prórroga, Salah probó con su pierna derecha desde la frontal, pero el disparo se marchó muy por encima. Era la imagen de su noche: intención, sí; precisión, no.

Los minutos cayeron uno tras otro, como si ambos equipos supieran que el destino estaba escrito desde los once metros. Nadie quiso desprotegerse. Nadie se atrevió a un riesgo extremo. La historia, para los dos, era demasiado grande como para perderla por una imprudencia.

Cuando llegó la tanda, el escenario cambió de manos. El ruido de la grada egipcia creció. Los nervios australianos también.

Souttar lanzó alto. Salah marcó. Herrington dio al larguero. Abdelmaguid cerró el partido.

Egipto, por fin, tiene su noche de Mundial. Ahora le espera una cita con el campeón del mundo —si Argentina cumple la lógica ante Cabo Verde— y una pregunta que ya no suena descabellada: ¿hasta dónde puede llegar un equipo que acaba de descubrir que también sabe ganar cuando más duele?