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Diego Forlán: de tenista a héroe en Anfield

Diego Forlán no nació soñando con Old Trafford ni con los Mundiales de su padre, Pablo, presente en 1966 y 1974 con Uruguay. De niño miraba más la raqueta que la pelota. El plan era el tenis. Hasta que la tragedia golpeó a la familia y lo cambió todo.

Su hermana Alejandra sufrió un gravísimo accidente de coche: murió su novio, ella quedó paralizada. Las facturas médicas se acumularon. Y ahí apareció Diego Maradona, que puso dinero de su bolsillo para ayudar. Forlán nunca olvidó ese gesto. Cambió la raqueta por el balón con 12 años, decidido a ser él quien sostuviera a los suyos.

De Peñarol a Independiente, con una escala frustrada en Francia

Forlán se curtió en las academias de dos gigantes uruguayos, Peñarol y Danubio. En 1995 cruzó el Atlántico para probar suerte en Nancy. Siete meses de ensayo en Francia. Sin contrato al final. Sin promesas. Sin red.

Volvió a Sudamérica. Con el empujón de un contacto familiar y la mano del técnico José Omar Pastoriza, entró en las inferiores de Independiente, uno de los grandes de Argentina. Ahí sí encontró escenario.

Debutó en Primera con 18 años, en 1998. En Avellaneda dejó huella: 40 goles en 91 partidos. Un delantero dos perfiles, gol, movilidad, carácter. Europa volvió a llamar. En enero de 2002, Middlesbrough cerró un acuerdo de 6,9 millones de libras por el joven uruguayo. El salto parecía definido.

Hasta que sonó un teléfono.

La llamada que cambió de destino: Ferguson entra en escena

Forlán aterrizó en Inglaterra pensando en Middlesbrough. Pero Sir Alex Ferguson ya se había movido. Manchester United igualó la oferta, la puso en un solo pago y añadió un salario superior. Y, sobre todo, llamó él mismo.

Forlán lo contó años después en su columna en The National. Estaba en el baño cuando sonó el teléfono. Al otro lado, un inglés acelerado, acento durísimo. Costaba entender cada palabra, pero el mensaje quedó claro: “We want you. You will play for Manchester United”. El propio Ferguson le pedía que esperara. Que eligiera Old Trafford.

Forlán aceptó. United necesitaba un nuevo 9 tras las salidas de Teddy Sheringham y Andy Cole. El uruguayo aterrizó rodeado de expectativa. Debutó a la semana siguiente, 15 minutos en un 4-0 ante Bolton Wanderers. Se movió bien, trabajó, mostró velocidad. Ruud van Nistelrooy, dueño del área, lo avaló públicamente: talento, dos buenas piernas, futuro.

Pero el futuro en Manchester nunca fue sencillo.

Un inicio sin gol y un apodo cruel

Forlán no tuvo su primera titularidad hasta marzo, reemplazando al lesionado Ole Gunnar Solskjaer ante Tottenham en Old Trafford. Otro 4-0 para United, otra actuación llena de desmarques y peligro. Y otra noche sin gol. Ocasiones falladas, nervios evidentes en el área.

Cerró la temporada 2001-02 con 18 partidos y cero tantos. United también fracasó: tercero en la Premier League, eliminaciones tempranas en FA Cup y League Cup, y caída ante Bayer Leverkusen en semifinales de Champions League. El contexto no ayudaba.

Su esfuerzo, eso sí, lo salvó ante la grada. Old Trafford reconoció al delantero que corría como si el reloj no existiera. Uruguay lo llevó al Mundial 2002. La selección se fue en fase de grupos, pero Forlán dejó una postal inolvidable: una volea tremenda desde unos 20 metros ante Senegal, uno de los goles del torneo.

El regreso a Manchester no trajo un cambio inmediato. Empezó la 2002-03 otra vez desde el banquillo. Entró en los seis primeros partidos de Premier y en los dos de la previa de Champions ante Zalaegerszeg. Nada. Veintiséis apariciones sin marcar. La prensa inglesa lo rebautizó con un juego de palabras cruel: “Forlorn”, el desdichado.

La noche del penalti y el suspiro de Old Trafford

El desahogo llegó en su partido 27 con la camiseta del United. Primera jornada de la fase de grupos de la Champions, Maccabi Haifa en Old Trafford. Entró poco antes de la hora de juego, con el marcador 4-1. Corrió, se ofreció, generó. Y falló. Un mano a mano servido por Van Nistelrooy terminó en las nubes.

Parecía otra noche maldita. Hasta el minuto 88.

David Beckham, capitán esa noche, forzó un penalti. Tomó el balón. Forlán se acercó, casi suplicando. Beckham leyó la desesperación en la cara del uruguayo y cedió el lanzamiento. En la retransmisión, el comentarista Peter Drury pidió piedad para Diego mientras el estadio contenía la respiración.

Forlán caminó hacia el punto de penal, el cuerpo tenso, la ansiedad a la vista. Engañó al portero con un toque seco y cruzado. Gol. 5-2. Y un grito colectivo de alivio.

Beckham lo explicó después: si él hubiera lanzado y marcado, 67.000 personas lo habrían odiado. Sabía cuánto trabajaba Forlán y cuánto necesitaba ese gol. Ferguson también lo elogió: movimiento de primer nivel, esfuerzo incansable, gol merecido. El técnico estaba convencido de que aquel tanto lo liberaría.

Forlán, más frío, lo vio como un punto de partida. Admitió que debía adaptarse a la Premier League, a la cultura, a los pocos minutos. Que el control del balón, a veces, valía más que el gol. Que la presión era interna, pero los tantos llegarían.

Y llegaron.

El primer rugido en la Premier y la camiseta imposible

Siete partidos más sin marcar después de Haifa. Hasta el 26 de octubre. United recibía a Aston Villa. Forlán, titular por segunda vez en la liga. Villa ganaba 1-0 a falta de 13 minutos. Mikaël Silvestre recogió un balón en un costado del área, rodeado de defensores. Parecía una jugada sin futuro. Sacó un centro inesperado. En el corazón del área, solo, apareció Forlán. Testarazo perfecto a la escuadra de Peter Enckelman.

Nueve meses después, su primer gol en la Premier. Esta vez no hubo contención. Se arrancó la camiseta, en una celebración que se volvería marca registrada. Corrió, desorientado, hacia la grada visitante de Villa en lugar de la local. Después de 23 partidos de liga sin un gol en jugada, se entendía el desborde.

Una semana más tarde, Southampton visitó Old Trafford. Forlán volvió al banquillo. Y volvió a decidir.

Minuto 85, 1-1. Juan Sebastián Verón le dio el balón a unos 25 metros del arco. Dos toques para perfilarse. Latigazo seco. La pelota pasó junto a Antti Niemi como un relámpago. Golazo. Otra vez, torso desnudo. Y esta vez, escena cómica: con las camisetas de doble capa de Nike, no lograba ponérsela de nuevo. El juego se reanudó y Forlán tuvo que ir al choque sujetando la prenda en la mano.

Él mismo lo resumió después: cuando uno se apura, todo sale peor. No sabía si repetiría la celebración. La respuesta estaba escrita en su carácter. Emocional, instintivo. No tardaría en volver a perder el control.

El día que se ganó una canción eterna en Anfield

Forlán se consolidó como titular en un frenético 5-3 ante Newcastle, con dos asistencias a Van Nistelrooy. Ferguson lo mantuvo en el once para visitar Anfield ocho días después. Lo que ocurrió ese sábado lo inmortalizó para siempre en la memoria del United.

El partido fue áspero, trabado. Durante una hora, nadie encontraba el resquicio. Hacía falta un error grosero o una genialidad. Llegó lo primero.

Jamie Carragher cabeceó hacia atrás un balón sencillo para Jerzy Dudek. Un trámite. El portero lo dejó pasar bajo sus piernas. Forlán reaccionó antes que nadie y empujó el balón a la red vacía. Salió disparado a celebrarlo, manos a la camiseta, a punto de quitársela. Se frenó en seco. Esta vez, se contuvo.

Apenas tres minutos después, llegó la obra maestra. Ryan Giggs esquivó dos entradas y filtró un pase al borde del área. Forlán controló y soltó un disparo brutal al primer palo de Dudek. El guardameta polaco pudo hacer más, sí, pero la ejecución del uruguayo fue impecable.

Sami Hyypiä recortó distancias, Fabian Barthez voló para negar el empate a Dietmar Hamann, y United se llevó una victoria enorme. El héroe, sin discusión, fue Forlán.

Años después, en el canal oficial del club, el uruguayo recordó las palabras de Gary Neville al terminar el encuentro: “No sabes lo que hiciste. Te van a recordar por años”. Tenía razón.

La hinchada del United le dedicó un cántico a ritmo de “Volare” de Dean Martin: “Diego, whoooah, Diego, whoooah, He came from Uruguay, and made the Scousers cry”. La melodía siguió sonando en las gradas durante décadas, incluso en un partido ante Sunderland en 2017, para desconcierto de José Mourinho.

Forlán confesó a GQ en 2019 que aún se le eriza la piel al oírlo. No se considera una leyenda al nivel de Ryan Giggs o Paul Scholes, ni el único que marcó en Anfield. Justamente por eso lo vive como un privilegio. Aseguró que, hasta aquel partido, con tan pocos minutos, ni siquiera se sentía un futbolista pleno en el United.

Diciembre de goles decisivos y un grito en el 93'

El final de 2002 trajo más momentos clave. Forlán anotó en la victoria 2-0 ante Burnley en la cuarta ronda de la League Cup. En cuartos, frente a Chelsea, definió entre las piernas de Carlo Cudicini el único tanto del encuentro.

Cerró el año firmando el 1-0 en un 2-0 ante Birmingham City en Old Trafford, cazando de volea un balón peinado por Beckham. Aun así, solo fue titular en un partido más de Premier esa temporada. Le bastó para dejar otra imagen imborrable.

El 18 de enero, Chelsea visitó Manchester en un duelo directo por la parte alta. Arsenal había ganado a West Ham y se había escapado cinco puntos en la cima. Chelsea llegaba tres por detrás del United. Los londinenses dominaron la primera parte y se adelantaron con un gol de Eidur Gudjohnsen. Cudicini, sólido hasta entonces, resbaló antes del descanso, regaló un pase a Beckham y el centro del inglés terminó en el 1-1 de Paul Scholes.

En la reanudación, United apretó y Cudicini se redimió con una parada increíble a un cabezazo de Van Nistelrooy. Chelsea resistió hasta el minuto 93. Entonces apareció, otra vez, Diego Forlán.

Entrado por Van Nistelrooy, el uruguayo atacó el espacio entre los centrales para recibir un pase milimétrico de Verón. Control, zurdazo perfecto, gol. 2-1. Old Trafford explotó. Forlán se quitó la camiseta sin pensarlo y corrió hacia la grada, devorado por el rugido del estadio.

Ferguson lo explicó con simpleza: por eso lo ponía siempre para los últimos 20 minutos. Se había convertido en un jugador importante por sus goles en momentos clave. Cuatro meses más tarde, el United levantó la Premier League. Forlán cerró el curso con seis goles y dos asistencias en 25 partidos. Solo siete como titular. Números modestos, impacto enorme.

Los límites de un rol y el principio del adiós

El destino de Forlán nunca fue ser el gran astro de Old Trafford. En la pretemporada 2003-04, falló una ocasión insólita ante Juventus, mandando al lateral de la red un disparo a puerta vacía desde dentro del área pequeña. Aquella imagen, injusta pero poderosa, marcó el tono de su último año.

Ferguson viró hacia un sistema con un solo delantero centro. Van Nistelrooy, todavía más dominante, le tapó el horizonte. Forlán dejó destellos de su calidad: una volea preciosa en un 3-0 ante Rangers en Champions, el gol de la clasificación en Panathinaikos, un doblete saliendo desde el banquillo en un 4-0 a Aston Villa en liga. También sumó una FA Cup a su palmarés, anotando en el 3-0 ante Northampton en cuarta ronda.

Sin embargo, los fallos pesaron más que los aciertos. Erró muchas más ocasiones de las que convirtió, incluido un penalti precisamente ante Northampton. Cuando tuvo la oportunidad de ser titular, no logró adueñarse de los partidos. Ante Leicester, en abril, fue sustituido en el minuto 57 tras una actuación gris y se marchó directo al túnel, furioso.

La competencia se volvió feroz con la llegada de Louis Saha en enero de 2004 y, meses después, el fichaje de Wayne Rooney desde Everton. Forlán jugó 17 minutos en el debut liguero 2004-05 en Stamford Bridge. Ferguson le había pedido que usara tapones largos para el césped húmedo. Él se sentía mejor con los cortos. Dijo que sí. No los cambió. Resbaló en una ocasión clara y desaprovechó la oportunidad.

Tras el partido, corrió al vestuario para cambiarse las botas. El técnico lo sorprendió, agarró el calzado y lo lanzó. Forlán lo contó sin dramatismo: aquel fue su último encuentro con el United.

Se fue pocos días después, etiquetado como fichaje fallido, rumbo a Villarreal por solo 2 millones de libras. Pero el vínculo con Ferguson no terminó roto. En su autobiografía, el escocés reconoció que la “singularidad” de Van Nistelrooy había jugado en contra del uruguayo: Ruud quería ser el único gran finalizador, y con los dos juntos no había química. Forlán, dijo, rendía mejor con un socio.

Aun así, el técnico subrayó sus goles decisivos y su profesionalidad. “Era un buen jugador y un gran profesional”, resumió.

El delantero que necesitaba escenario propio

En Villarreal, Forlán floreció como protagonista. El rol que nunca tuvo en Manchester. No estaba hecho para ser suplente eterno, como lo fue tantas veces Solskjaer. Lo confirmó después en Atlético de Madrid, formando una sociedad letal con Sergio Agüero. Y lo demostró en la selección uruguaya, conectando de manera casi telepática con Luis Suárez y Edinson Cavani.

Old Trafford nunca vio su versión más devastadora. Pero sí conoció algo igual de valioso: su carácter. Roy Keane lo recordó en 2023. Contó cómo, cuando un jugador lo intentaba de verdad, el vestuario lo protegía, lo empujaba. Y que Forlán siempre lo intentó.

Hizo llorar a los “Scousers” en Anfield. Se enredó con una camiseta rebelde. Falló goles imposibles y marcó otros que cambiaron títulos. No fue el 9 perfecto. Fue algo distinto: un símbolo de esfuerzo obstinado, de devoción sin cálculo.

En un club que, tras Ferguson, ha buscado identidad entre fichajes rutilantes y proyectos inacabados, la figura de Diego Forlán recuerda una verdad sencilla: el romance en el fútbol no se mide solo en números. Se mide en cuánto estás dispuesto a dejar por el escudo. Y en eso, el uruguayo nunca se quedó corto.