Derek McInnes: De Hearts a Rangers, el desafío de ser campeón
Cuando Derek McInnes fue nombrado entrenador de Hearts el pasado mayo, no se molestó en disimular: este era el trabajo que, según él, debía haber tenido años atrás. “Todo lo que quería”, dijo entonces. Sonaba a declaración de amor. Trece meses después, ha hecho las maletas rumbo a Rangers.
En el fútbol, las promesas duran lo que tarda en sonar el teléfono adecuado.
De “trabajo soñado” a estación de paso
En cuanto Rangers dejó entrever que quería llevarlo a Ibrox, el desenlace quedó prácticamente escrito. No se trataba de si ocurriría, sino de cuándo. En Tynecastle pueden sentirse traicionados, pero el clima no es de incendio generalizado. Más bien de resignación. Casi de indiferencia.
McInnes fue, es y será un hombre de Rangers. Incluso tras una temporada extraordinaria con Hearts, rozando un título de liga que se escapó a tres minutos del final, cuesta imaginar a una mayoría de aficionados llorando su marcha. Estuvo a punto de regalarles el mayor día de sus vidas, sí, pero nunca terminó de ser “uno de los suyos”. No tenía pinta de técnico de legado, no con el banquillo de Ibrox apareciendo cíclicamente en su horizonte.
Tarde o temprano, McInnes iba a acabar en Rangers. Y casi todo el mundo lo sabía.
Su año en Edimburgo fue de adaptación constante. Encajó en la estructura moderna de Hearts, pero nunca pareció del todo cómodo. Es un entrenador que necesita control, mando real sobre el proyecto. En el nuevo ecosistema del club, con Jamestown Analytics marcando buena parte del rumbo, ese poder estaba necesariamente acotado. Nada que ver con la autoridad que disfrutó en Kilmarnock y, sobre todo, en Aberdeen.
En Ibrox, el tablero será distinto. Ahí sí tendrá un grado de control mucho más cercano a lo que entiende como su hábitat natural. Y, sobre todo, tendrá algo que jamás tuvo en estas cantidades: dinero.
El gran caramelo de Ibrox
Acusar a McInnes de deslealtad resulta sencillo. Pero en la lógica cruda del fútbol, la decisión se explica sola. Los propietarios de Rangers han invertido auténticas fortunas en poco más de un año y están listos para volver a apretar el gatillo este verano, probablemente con más fuerza. Para un técnico que casi gana la liga manejando “calderilla”, el atractivo es obvio.
Llega a un club herido, pero poderoso. Con margen para moldear el departamento de fútbol a su manera. Sin analistas imponiendo minutos para “sus” jugadores, sin fichajes descartados porque el algoritmo no los bendice, sin tener que dar cabida en el once a futbolistas que solo existen en los números de Jamestown.
Rangers será, en gran medida, el “tren eléctrico” de McInnes. Pero cada pieza de poder lleva pegada una etiqueta: presión y responsabilidad. La ecuación es brutal en su simplicidad: la próxima temporada solo vale el título de Premiership. Nada más.
Danny Rohl lo intentó y fracasó. Tercer puesto en liga y ningún lamento en la grada. Philippe Clement los dejó segundos y la afición no tardó en desearle buen viaje. El margen de tolerancia en Ibrox se ha evaporado.
McInnes sabe perfectamente dónde se mete. En Rangers, las palabras se han devaluado. Lo único que cotiza es el trofeo.
Hay un hartazgo profundo por vivir a rebufo del éxito. Una impaciencia casi furiosa. El club exige volver a ganar la liga, y ningún argumento, por razonable que sea, blindará al nuevo técnico si no lo consigue.
El perfil perfecto… con cuentas pendientes
En muchos sentidos, McInnes era la elección obvia. Conoce el club, domina la liga, se expresa con claridad. Sabe competir en Escocia y, lo que es igual de importante, sabe cómo plantarle cara a Rangers… como ya comprobaron sus nuevos jefes cuando se cruzaron con su Hearts la temporada pasada.
Es un buen táctico. Duro. Seguro de sí mismo hasta rozar la obstinación. Durante la casi temporada perfecta de Hearts, mientras los récords caían uno tras otro, su discurso fue impecable: controlado, ambicioso, siempre en sintonía con el vestuario y la grada.
Rangers necesita un personaje grande. McInnes lo es.
Su Aberdeen convirtió Hampden en una especie de segunda casa. Finales de League Cup en 2013-14, 2016-17 y 2018-19, final de Scottish Cup en 2016-17. Un equipo recurrente en las grandes citas. El problema tuvo nombre propio: Celtic. Su némesis. Nadie puede reprocharle aquellas derrotas ante un gigante en pleno dominio del país.
Lo que sí queda en el debe es el resto. También perdió eliminatorias de copa contra Dundee United, Hibs, St Johnstone, Dundee, Hearts, Motherwell, otra vez Hearts, St Mirren, de nuevo Motherwell y otra vez United. Mientras él se quedaba a las puertas, otros levantaban trofeos.
Desde su último título con un club de Premiership, han ganado la Scottish Cup St Johnstone, Inverness, Hibs, otra vez St Johnstone y Aberdeen. En la League Cup se han coronado Ross County, St Johnstone y St Mirren. Una larga lista de técnicos fuera del duopolio Old Firm han tocado plata: Tommy Wright, John Hughes, Alan Stubbs, Callum Davidson (por partida doble), Jimmy Thelin, Jim McIntyre, Stephen Robinson.
El rótulo de “casi” le persigue. Siempre cerca. Casi campeón. Casi héroe. Casi histórico.
Del casi al todo o nada
Ese es el peso que lleva ahora a Ibrox. Ya no se trata solo de medirse con el Celtic de turno, ni con el próximo ocupante del banquillo de Tynecastle. Es su propia etiqueta la que está en juego.
Hearts, al final, fue una estación intermedia. El trabajo que deseaba entonces, no el que llevaba toda la vida esperando. Ahora sí ha llegado ese momento. El banquillo que siempre pareció escrito en su destino.
La pregunta ya no es si Derek McInnes merecía esta oportunidad. Es si, en un club donde el “casi” no existe, será capaz de convertir por fin sus casi títulos en algo que en Glasgow solo se acepta con una palabra: campeón.





