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La crisis de la selección alemana: ¿El fin del ciclo de Nagelsmann?

La selección alemana vuelve a estar en una encrucijada. Otra vez. Desde que levantó la Copa del Mundo en 2014, cada gran torneo ha ido añadiendo capas de frustración, malas decisiones y entrenadores a los que se les concedió más tiempo del que pedían los resultados. El ciclo se repite, y ahora el nombre en el centro del huracán es Julian Nagelsmann.

Del crédito eterno a la factura pendiente

Tras el desastre de Rusia 2018, cuando Alemania se convirtió en la tercera campeona consecutiva en caer en la fase de grupos, todo apuntaba a un final lógico: el adiós de Joachim Löw. La derrota ante México, el hundimiento frente a Corea del Sur, el desplome de una era. Doce años en el cargo parecían suficientes.

No lo fueron. La Federación (DFB) decidió que el hombre que había llevado al país a la cima merecía una segunda oportunidad. Löw siguió hasta la Eurocopa 2021, retrasada por la pandemia. Tres años de supuesta reconstrucción que no llevaron a ninguna parte. Alemania cayó en octavos ante Inglaterra y, entonces sí, el seleccionador presentó su dimisión.

Entró Hansi Flick, impulsado por la ola de éxito reciente con Bayern. Clasificación cómoda para Qatar 2022, discurso optimista, sensación de que el gigante despertaba. El golpe fue el mismo: eliminación en la fase de grupos, penalizada por la derrota ante Japón tras ir ganando. Otra vez fuera a las primeras de cambio. Se esperaba un despido inmediato, pero Flick aguantó hasta otoño de 2023, cuando la acumulación de malos resultados obligó por fin a la DFB a reaccionar.

Ahí apareció Nagelsmann, el técnico joven, brillante, ex de Bayern y RB Leipzig, llamado a modernizarlo todo.

El verano que lo cambió todo… y lo que vino después

Nagelsmann tomó el mando en septiembre de 2023 y, al principio, encarnó justo lo que Alemania necesitaba: ideas frescas, convocatorias valientes, una comunicación que sonaba distinta. La Eurocopa 2024 en casa se convirtió en el gran escaparate. El equipo respondió. Alemania alcanzó los cuartos de final, cayó ante la futura campeona, España, y, por primera vez en ocho años, el país sintió que tenía de nuevo una selección competitiva, conectada con la grada.

La eliminación dolió, pero el ambiente era de esperanza. Nagelsmann, ambicioso, marcó inmediatamente el siguiente objetivo: ganar el Mundial 2026. En ese momento, su popularidad rozaba los picos que había tenido Löw en sus mejores años. Parecía intocable.

Dos años después, esa imagen se ha desmoronado a una velocidad sorprendente. El crédito acumulado se ha evaporado. Y el punto más bajo llegó en Foxborough, con la eliminación ante Paraguay en un Mundial que ha expuesto todas las costuras del proyecto.

Un seleccionador que habla demasiado… y acierta demasiado poco

El derrumbe de Nagelsmann no se explica solo por los resultados. Sus palabras han tenido un peso enorme. Cada pocas semanas, el seleccionador utilizó ruedas de prensa y entrevistas para lanzar críticas individuales muy detalladas a sus propios jugadores. Señalamientos públicos que, en un vestuario de élite, dejan cicatriz.

Buscando foco mediático, dejó frases desafortunadas, otras directamente inexactas, y quebró promesas sobre los roles que algunos futbolistas iban a tener en la selección. Cuando se le planteaban preguntas incómodas, a menudo perdía la calma y respondía con un tono condescendiente. Esa imagen se repitió durante el Mundial, en el peor escaparate posible.

A eso se suman decisiones de fondo difíciles de justificar. Tras el exitoso regreso de Toni Kroos en la Eurocopa, Nagelsmann decidió rescatar también a Manuel Neuer, de 40 años, pese a haber negado reiteradamente que pensara hacerlo. El movimiento fue un golpe duro para Oliver Baumann, impecable durante la fase de clasificación. La gestión fue torpe y, sobre todo, innecesaria: Neuer no ofreció en este Mundial nada que Baumann no pudiera haber aportado.

Igualmente desconcertante ha sido el vaivén constante con Joshua Kimmich, obligado a alternar entre el lateral derecho y el centro del campo, incluso dentro del mismo partido, como en la derrota ante Paraguay. Un capitán desubicado es un síntoma claro de un plan que no termina de cuajar.

Un Mundial sin ideas ni colmillo

La actuación de Alemania en este Mundial fue un fracaso completo, y no por sorpresa. El equipo no mostró evolución alguna respecto a la Eurocopa. Salvo un breve arreón en la segunda parte ante la modesta Curazao, la selección se movió siempre por debajo de lo que se espera de su talento.

Faltó creatividad en ataque. Sobró fragilidad atrás. Frente a rivales de nivel medio como Costa de Marfil, Ecuador y Paraguay, Alemania se vio plana, previsible, vulnerable. En términos estrictamente deportivos, el torneo resultó incluso más decepcionante que Qatar 2022, donde al menos se rescató un empate ante España.

Los jugadores, conscientes del ruido exterior, asumieron la culpa de forma colectiva tras la eliminación y eximieron a Nagelsmann. Un gesto de grupo. Pero el cargo de seleccionador exige algo más que respaldo interno: exige un plan reconocible, una estructura que multiplique el talento disponible. Alemania tiene futbolistas de primer nivel. No tuvo una idea de juego a su altura.

Las decisiones durante los partidos tampoco ayudaron. Los cambios ante Ecuador dejaron más dudas que soluciones, y la apuesta por alinear de inicio a Undav, un revulsivo por naturaleza, en el duelo decisivo frente a Paraguay rompió el equilibrio del equipo desde el primer minuto.

Klopp, el analista que todos miran como futuro seleccionador

Mientras Nagelsmann se hundía en el banquillo, cada error quedaba diseccionado en directo por un hombre que muchos ya ven como su relevo natural: Jürgen Klopp.

Desde el plató de Magenta TV, el exentrenador de Liverpool y Borussia Dortmund analizó sin rodeos lo que le faltó a Alemania. “Hay que atacar por las bandas. No hay alternativa”, apuntó tras la eliminación. Recordó que todos saben de lo que son capaces Florian Wirtz y Jamal Musiala, pero que no lo mostraron en el torneo. Y subrayó una diferencia clave: Paraguay jugó con la oportunidad de hacer historia; Alemania, con la obligación de responder a la presión… y no lo hizo.

“Todos en el estadio pensaron: ahora lo van a remontar. Pero no. Les dejamos escapar”, resumió. Su conclusión fue directa: hay que cambiar cosas en la DFB.

En la calle, el debate ya está instalado. Muchos aficionados sueñan con ver a Klopp dejar su rol actual como responsable del fútbol de Red Bull para tomar las riendas de la selección y liderar el proyecto hacia la Eurocopa 2028 y el Mundial 2030. Su llegada desataría una euforia masiva en el fútbol alemán.

Preguntado en Boston por la posibilidad, Klopp evitó comprometerse. Admitió que entiende que su nombre aparezca cada vez que se habla del puesto de seleccionador, pero dejó claro que, por ahora, disfruta de su trabajo actual y que no lo considera un empleo a tiempo parcial. No cerró la puerta, tampoco la abrió.

La decisión que la DFB ya no puede retrasar

La DFB se encuentra ante un espejo incómodo. Ya esperó demasiado con Löw. Ya esperó demasiado con Flick. No puede permitirse repetir el mismo error con Nagelsmann.

Por mucho que el vestuario y el director deportivo Rudi Völler hayan salido en su defensa, el ciclo parece agotado. El equipo no progresa, el discurso del entrenador se desgasta, la confianza pública se ha desplomado. Mantenerlo sería apostar por la inercia.

Y hay un factor añadido: el tiempo de Klopp. Si de verdad la federación ve en él la pieza central de un nuevo proyecto, no puede permitirse dejarlo en pausa indefinidamente. Las oportunidades, en el fútbol de élite, no esperan a quien duda.