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El ciclo maldito del Manchester United: Michael Carrick la nueva víctima

El ciclo maldito que devora a cada entrenador de Manchester United desde la marcha de Sir Alex Ferguson ya tiene una nueva víctima entre ceja y ceja: Michael Carrick.

En Como, en la Champions League, se repitió la escena. El mismo gesto. Las mismas manos alzadas en disculpa. La misma humillación por 4-1 que le costó el puesto a Ole Gunnar Solskjaer en Watford en 2021, ahora calcada con Carrick pidiendo perdón a una grada atónita. Solo cambian los nombres. El desenlace parece escrito.

Carrick es el séptimo técnico a tiempo completo desde que Ferguson se bajó del trono en 2013, después de 26 años y 38 títulos. Siete intentos, siete fracasos. Días de gloria aislada con Louis van Gaal, José Mourinho y Erik ten Hag, destellos de esperanza con otros… siempre seguidos por la misma palabra en el comunicado del club: destituido.

Un vestuario en llamas, un club en entredicho

Para que Carrick cambie ese guion haría falta un milagro. Los resultados son pobres y el vestuario, un polvorín. Lisandro Martínez apuntó directamente al director de fútbol Jason Wilcox tras la derrota de Champions en el campo de Atletico Madrid. Bruno Fernandes cuestionó las tácticas en Como. No es solo ruido: es una señal de algo mucho más profundo.

Algo huele a podrido en Manchester United.

¿De verdad deben ser siempre los entrenadores quienes se planten, cabizbajos, ante la afición para asumir toda la culpa? ¿Es creíble que el problema, década tras década, esté solo en el banquillo? La lupa ya no puede evitar enfocarse hacia arriba: hacia quienes eligen a esos técnicos, marcan el rumbo y luego, una y otra vez, aprietan el botón de expulsión.

La pregunta ya no es quién será el próximo entrenador. Es si United se ha convertido, tras años de decadencia y decisiones desastrosas, en un club sencillamente ingobernable.

Desde David Moyes hasta Carrick, pasando por Van Gaal, Mourinho, Solskjaer, Ten Hag y Ruben Amorim, el desfile ha sido incesante. Entre medias, interinidades de Ryan Giggs, Ralf Rangnick, Ruud van Nistelrooy o Darren Fletcher, parches en un proyecto sin columna vertebral.

La cúpula —del ex vicepresidente ejecutivo Ed Woodward a la familia Glazer, y ahora Sir Jim Ratcliffe como copropietario— ha probado todos los modelos posibles para resucitar la era Ferguson. El resultado es incontestable: un fracaso tras otro.

El peso del trono de Ferguson

Moyes, señalado por el propio Ferguson como heredero, se vio desbordado por la magnitud del cargo tras dejar Everton. Van Gaal y Mourinho llegaban como ganadores contrastados en la élite europea. Solskjaer, el “anti-Mourinho”, aterrizó sin currículum que justificara su elección más allá de un interinato emotivo. Ten Hag venía de llevar a un joven Ajax a semifinales de Champions. Amorim era la joya emergente del banquillo europeo tras su etapa en Sporting.

Todos acabaron igual. Saliendo por la puerta de atrás. Todos se toparon con la misma bestia descontrolada: un United demasiado grande, demasiado desordenado, para ser domado.

Sí, hubo títulos. Van Gaal levantó la FA Cup en 2016. Mourinho sumó la League Cup y la Europa League en 2017. Ten Hag conquistó la FA Cup en 2024 con una victoria histórica ante Manchester City. Pero, frente al legado de Ferguson, son migajas.

Este derrumbe no llegó de un día para otro. United camina hacia este abismo desde el momento en que fracasó estrepitosamente el plan de sucesión del escocés. Era una tarea casi imposible, pero el club la gestionó de la peor manera.

Hubo un momento que lo retrató todo: diciembre de 2019. Carlo Ancelotti, Pep Guardiola y Jürgen Klopp trabajaban a menos de 60 kilómetros entre sí en el noroeste de Inglaterra. Ninguno estaba en Old Trafford. Ancelotti en Everton, Guardiola en Manchester City, Klopp en Liverpool. United, mientras tanto, se aferraba a Solskjaer, un nombramiento dictado por la nostalgia. Duró menos de tres años.

Con cada día que pasa, Carrick se parece más a una versión 2.0 de Solskjaer.

Ídolo del pasado, querido por la grada, buen interino… y un único antecedente serio en el banquillo: un despido en Middlesbrough, en Championship. Exactamente el mismo borrón que arrastraba Solskjaer tras su paso por Cardiff City.

¿Ha estado United alguna vez peor que ahora?

La cuestión ya no es si United vive una mala racha. Es si, desde 2013, ha habido un momento más oscuro que este. Si alguna vez la esperanza fue tan escasa. Si el estado de ánimo, en el vestuario y en la grada, estuvo tan por los suelos.

United siempre encontrará a alguien dispuesto a aceptar el cargo. El escudo sigue pesando. Pero ya no es el imán irresistible que fue. El próximo técnico no llegará con la sensación de tocar el cielo, sino con la sombra casi segura de un despido a medio plazo. Un aviso brutal para un club que se autoproclama “el más grande del mundo.”

Con la plantilla actual, ni siquiera un entrenador con pedigrí garantizado puede prometer una solución rápida. O alguna solución, sin una inversión masiva.

Carrick es ahora el rostro visible del desastre. Y todo apunta a que pagará el precio de errores que no son solo suyos. Su nombramiento fue una repetición de la apuesta por Solskjaer: elección cómoda tras clasificar al equipo para la Champions, guiño a la afición, un abrazo cálido al pasado. El embrujo se ha roto a golpes de goleadas y dudas.

Los responsables, sin embargo, están en los despachos. Empezando por Ratcliffe.

Ratcliffe, los Glazer y un club en guerra con su propia hinchada

La afición lleva años señalando a la familia Glazer desde su llegada en 2005, con una compra apalancada que cargó al club de deuda. Protestas constantes, pancartas, cánticos. Nada movió a los propietarios, que conservaron el control pese a la hostilidad permanente.

La entrada de Ratcliffe como copropietario no calmó las aguas. Al contrario. Su alianza con los Glazer le convirtió en blanco de una parte de la hinchada que ve en él la continuidad de un modelo que prioriza el negocio sobre el fútbol.

Ratcliffe, como tantos otros magnates, ha descubierto que dirigir un club de élite no se parece a nada de lo que conocía. Ha asegurado que delega las decisiones deportivas en figuras como Wilcox y el director ejecutivo Omar Berrada, pero el resultado es una cadena de inestabilidad y errores gruesos con él como figura de referencia.

La gestión de Ten Hag es el ejemplo más caro. United tenía decidido despedirle antes de la final de la FA Cup contra City. El título en Wembley le salvó in extremis. Después llegó una renovación de contrato y 200 millones de libras en fichajes. Seis meses más tarde, destituido. La indemnización para él y su cuerpo técnico superó los 10 millones.

Una decisión catastrófica en lo económico y en lo deportivo.

No fue el único episodio bochornoso. El caso de Dan Ashworth, fichado como director deportivo en 2024, retrata otro club. Ashworth aterrizó en julio con fama de gestor brillante, una pieza codiciada. Cinco meses después ya estaba fuera tras un desencuentro interno. Pasó tanto tiempo en “gardening leave” esperando salir de Newcastle United como en su despacho en Old Trafford.

Se apuntó a Ashworth como responsable de la continuidad de Ten Hag. Otra versión sostiene que su pecado fue querer apostar por entrenadores ingleses como Graham Potter o Gareth Southgate en lugar de Amorim. United, finalmente, se lanzó a por el portugués, cuya devoción por el 3-4-3 ya había hecho que Liverpool mirara hacia Arne Slot para el post-Klopp.

Esa rigidez táctica fue la grieta que hundió el proyecto de Amorim. Duró 14 meses. Se marchó dejando críticas duras a la cúpula y un choque directo con Wilcox.

Recortes, sospechas y una deuda que no desaparece

Incluso antes de la llegada de Carrick, el ambiente en Old Trafford era sombrío. Los recortes impulsados por Ratcliffe provocaron salidas masivas de empleados y una sensación de tijera permanente en los pasillos del club.

La tensión con la hinchada subió otro peldaño este verano, cuando United abrió una investigación por reventa de entradas. El club reconoció haber subestimado el número de aficionados que compartían sus datos de acceso y suavizó algunas de las amenazas de retirada de abonos de temporada. Pero defendió la iniciativa, lo que alimentó aún más el resentimiento de un público ya quemado por años de decepciones.

Sobre el césped, el equipo no convence. En los balances, la promesa de Ratcliffe de sanear el club sigue sin cuajar del todo. Las cifras publicadas en septiembre son una mezcla de alivio y alarma: la deuda total se mantiene en torno a los 1.000 millones de libras pese a los recortes. United presumió de ingresos récord de 678 millones y un beneficio operativo de 23 millones, incluso sin jugar en Europa por primera vez en una década. Un giro radical respecto a las pérdidas de 113 millones en 2023-24.

También se confirmó un gasto de 64 millones en la compra de terrenos para el nuevo estadio, el gran proyecto con el que Ratcliffe quiere dejar huella. Berrada aseguró en agosto que el club mantiene el plan de construir un recinto para 100.000 espectadores, con un coste estimado superior a los 2.000 millones.

Pero el problema no está solo en el cemento ni en las cifras. El veneno está en la combinación de decisiones deportivas fallidas, caos institucional y una identidad perdida. Ese cóctel ha dejado a United atrapado en un bucle de cambios constantes, siempre mirando hacia el banquillo, nunca al espejo.

Mientras los rivales que siempre consideró de su misma talla se le escapan en el horizonte, la cuestión ya no es quién será el próximo entrenador. Es si alguien, en estas condiciones, será capaz de domar de verdad al monstruo que se ha convertido Manchester United.

El ciclo maldito del Manchester United: Michael Carrick la nueva víctima