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Bounou frustra a Países Bajos en penaltis históricos

La noche en la que Países Bajos soñaba con dar un paso más hacia su primer título mundial terminó con un silencio pesado y un héroe vestido de rojo. Yassine Bounou, gigante en la portería de Marruecos, detuvo el penalti decisivo y dejó a los neerlandeses fuera en un Round of 32 que tuvo de todo: sufrimiento, madera, paradas imposibles y una tanda de penaltis digna de archivo.

Un golpe tardío que cambió el guion

Jorrel Hato entró en escena cuando el reloj marcaba el minuto 86, sustituyendo a Micky van de Ven en el carril izquierdo. Era un cambio para cerrar el partido, para asegurar un 1-0 que parecía suficiente. El gol de Cody Gakpo en el 72’, frío y clínico, había dado ventaja a una selección neerlandesa que hasta entonces había sobrevivido más que dominado.

Porque Marruecos no se rindió en ningún momento. Al contrario, fue creciendo a base de llegadas y de fe. Bart Verbruggen sostuvo a los suyos con varias intervenciones de mucho nivel, y cuando Achraf Hakimi estampó un disparo en el larguero, el aviso quedó claro: el empate estaba al caer.

La resistencia, sin embargo, se rompió cuando el tiempo añadido apenas arrancaba. En el primer minuto de descuento, Issa Diop, central de Fulham, se elevó con autoridad y conectó un cabezazo brutal. El balón entró como un misil. 1-1. Justo premio para el conjunto africano, castigo para una Oranje que había confundido ventaja con control.

Verbruggen y Rahimi, un duelo de foto

El empate empujó el partido a la prórroga y, con ella, a un ejercicio de nervios. Países Bajos acusó el golpe; Marruecos, en cambio, olió la sangre. El equipo norteafricano se lanzó con decisión y rozó el gol que habría evitado la ruleta de los once metros.

El momento más salvaje llegó con Soufiane Rahimi ya sobre el césped. El marroquí, recién salido desde el banquillo, se plantó con opción clara, pero se topó con una mano que bien podría entrar en cualquier recopilación del torneo. Verbruggen se estiró, enorme, y firmó una de las paradas del Mundial. Fue un grito de resistencia, una declaración: si Países Bajos caía, no sería por su portero.

El 1-1, sin embargo, se volvió inamovible. Y el partido, inevitablemente, se entregó a los penaltis. Otra vez. Como en la eliminación de Alemania ante Paraguay, la suerte de un candidato en la sombra se decidiría desde los once metros.

Una tanda de penaltis irreconocible

Lo que siguió no fue una exhibición de precisión, sino un catálogo de errores. En los primeros cuatro lanzamientos de cada equipo, hubo dos fallos por bando y un dato demoledor: ninguno de esos penaltis ni siquiera encontró portería. Ni colocación, ni potencia, ni calma. Solo nervios.

La tensión se palpaba en cada carrera hacia el balón. Países Bajos, con su historial de tandas dolorosas en grandes torneos, parecía cargar con un peso extra. Marruecos, liberado, jugaba con la energía de quien siente que el partido ya es suyo.

Entonces llegó el momento clave. Crysencio Summerville tomó la responsabilidad con la eliminatoria en el alambre. Bounou, especialista en estas citas, leyó el gesto, se lanzó a su derecha y sacó una mano firme, poderosa, que desvió el balón. No fue un penalti mal tirado; fue un portero que decidió el destino del cruce.

Con el fallo neerlandés, el camino quedó despejado. Ismail Saibari se acercó al punto de cal con una oportunidad que cualquier niño imagina en el patio del colegio: marcar y clasificar a su selección. No tembló. Disparo seco, gol. Marruecos adentro. Países Bajos afuera. El sueño de un primer título mundial, otra vez, pospuesto.

Mientras los marroquíes celebraban un triunfo trabajado, maduro y valiente, la Oranje abandonaba el césped con la sensación de haber dejado escapar algo más que un partido. En un Mundial lleno de sorpresas y candidatos inesperados, la pregunta ya no es si Marruecos puede competir con cualquiera. La cuestión es hasta dónde está dispuesto a llegar este equipo que se niega a aceptar su papel de simple tapado.