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Billy Gilmour: De la lesión al renacer en el fútbol

Billy Gilmour se sienta en Lesser Hampden con una sonrisa que casi le desborda la cara. No parece el rostro de alguien que se perdió un Mundial. Podría ser la historia de un verano marcado por la amargura y el “qué habría pasado si…”. Pero el centrocampista de Napoli ha decidido escribir otro guion.

El tema, curiosamente, no es un partido de fútbol, sino una noche de béisbol en Miami. Allí, el escocés, todavía cojeando por la lesión de rodilla que le dejó fuera de la cita mundialista, fue invitado a lanzar el primer lanzamiento ceremonial en un duelo de los Miami Marlins contra los Texas Rangers.

“Estaba nervioso”, cuenta a BBC Scotland, recordando ese momento bajo los focos. “Solo estaba tan feliz de que no fuera un lanzamiento de mierda, o que botara antes. Fue toda una experiencia”.

La naturalidad con la que lo dice choca con el contexto. Tiene 25 años, pero habla con la serenidad de alguien que ya ha visto de todo.

Del sueño mundialista al golpe más duro

Días antes de volar a Estados Unidos para el primer Mundial masculino de Escocia desde antes de que él naciera, llegó el mazazo. En el partido de despedida en Hampden frente a Curazao, una acción en la que los compañeros caen encima de él acaba con su rodilla dañada. Adiós Mundial.

“Los chicos cayeron encima de mí y escuché algo de inmediato”, recuerda. Lo típico: intentar correr un poco, probar, negar lo evidente. Pero no había escapatoria. El diagnóstico lo dejó fuera del torneo. Un golpe para Steve Clarke, para el vestuario, para un país entero. Y, sobre todo, para un futbolista que tenía el escenario perfecto a sus pies.

Los primeros días fueron duros. Lo admite sin rodeos. La realidad tardó poco en imponerse y Gilmour necesitó alejarse de todo.

“Tienes que apartarte un par de días, y eso hice”, explica. “Pude irme un tiempo, desconectar un poco, y pasó lo que pasó, así que tuve que afrontarlo”.

Lo hizo a su manera: cambiando el rol de protagonista por el de aficionado. Boston, Miami, familia alrededor, fútbol por la tele y la vida girando, aunque él no estuviera en el césped.

“Cuando estás ahí cerca de la selección, intentas ser lo mejor que puedas, lo más positivo posible”, añade. “Cuando lo piensas, ves lo afortunado que sigues siendo de poder ir, ver los partidos, estar con la familia y que también sea unas vacaciones familiares”.

Clarke, el adiós del técnico que le abrió la puerta

En plena recuperación, aún en Miami, Gilmour recibe otra noticia que marca un final de etapa: Steve Clarke deja el cargo de seleccionador. El técnico que le dio la alternativa en 2001 —un lapsus en la fecha en boca del propio jugador, pero no en el peso simbólico— ya no estará en el banquillo.

Gilmour no lo oculta: le debe mucho. Clarke confió en él, le hizo sitio en el centro del campo y lo convirtió en pieza importante de una Escocia que volvió a competir en grandes escenarios.

Ahora el mando pasa a Sebastien Pocognoli. Nuevo ciclo, nuevas ideas, pero un punto en común: el ex de Rangers, Chelsea y Brighton & Hove Albion parece destinado a ser uno de los pilares de esta etapa.

En el 0-0 en Eslovenia del sábado, en una segunda parte en la que Escocia se soltó por fin, fue Gilmour quien acaparó miradas. No solo por su habitual claridad en la base, sino por una versión algo distinta.

Un mediocentro que se anima a mirar más arriba

Sin Scott McTominay, ausente mientras se recupera de un procedimiento cardíaco, el dibujo del centro del campo cambió. Y con él, la zona de influencia de Gilmour. Menos anclado, más libre para aparecer unos metros más arriba.

“Cuando era más joven, me gustaba mucho jugar más adelantado, intentar estar metido en todo”, admite. Para él, la cuestión es sencilla: “Siempre que me pidan jugar en el campo, mientras esté en el campo, soy feliz. Solo quiero jugar al fútbol y disfrutarlo”.

El martes, en Hampden y ante Suiza, con el partido en directo en la BBC, volverá a ser protagonista. Otra oportunidad para seguir sumando capítulos a una carrera internacional que, pese al tropiezo del Mundial, apenas empieza a escribir sus grandes noches.

De promesa a referencia silenciosa

Con 25 años, Gilmour ya no es el chaval que irrumpe sin presión. Con la llegada de nuevas caras al vestuario, el de Ayrshire se ha deslizado casi sin darse cuenta hacia el grupo de los “mayores”. No lo dice a gritos, pero lo asume.

Habla de liderazgo sin grandilocuencia, con la misma calma con la que rompe líneas con un pase. Y cuando surge el tema del brazalete, responde con respeto y algo de pudor.

“Para mí, es el sueño de todos ser capitán de un club o de un país”, reconoce. “Por supuesto que estaría muy orgulloso, pero Robbo es mi capitán y también es un muy buen capitán”.

La admiración por Andy Robertson es evidente. No solo por lo que representa en el campo, sino por el peso de su legado.

“Lo que ha hecho por Escocia es increíble y está muy cerca del récord”, dice, en referencia a las internacionalidades de Kenny Dalglish. “Estoy seguro de que lo va a conseguir”.

Gilmour mira al futuro sin rencor por lo perdido. El Mundial se le escapó, sí. Pero el poso que deja es otro: un jugador que supo levantarse, que convirtió una lesión en una pausa, no en un final. Y que ahora, con la pelota de nuevo en los pies y Hampden esperándole, parece decidido a que la próxima gran cita no lo vea desde la grada, sino desde el corazón del juego.